El señor Márquez en un recuerdo de la visita de una imagen del Santo Cristo a su tierra, Capacho, en abril de 2010.

POR Daniel Pabón


Depositarle un velón o mandarle a decir una misa le resultaba muy poco. Tenía que haber un sacrificio, pensó Luis Enrique Márquez. ¿Cómo pedirle al Santo Cristo que saliera bien de la importante cirugía que le esperaba? El 5 de agosto de 1988, a las 5:00 de la mañana, partió en peregrinación desde Capacho rumbo a La Grita.

Luis Enrique, entonces trabajador de Cementos Táchira, había sido diagnosticado a sus 35 años con hernia discal, columna desviada y aplastamiento de vértebras. En el recién inaugurado Hospital del Seguro Social, en Santa Teresa, le ordenaron una operación de la columna vertebral.

—No sabía si iba a quedar bien y me encomendé al Santo Cristo. Le pedí que saliera bien, y que yo iba a llegar a sus pies caminando hasta La Grita —ofreció, con fe.

Una o quizás dos veces había ido como pasajero al Valle de los Humogrías, fundado en 1576 por Francisco de Cáceres, antigua capital de provincia en tiempos de la independencia, uno de los cuatro cantones del Táchira naciente de 1864, potencia agrícola y epicentro cultural.

Sin saber mucho, emprendió el camino de más de 80 kilómetros junto a su hijo Willian Alexander, adolescente de 13 años. Apenas contaban la proeza, muchos les preguntaban si estaban locos. Y no dejaron de pensarlo, cuando advirtieron las primeras ampollas de sangre en las plantas de los pies.

Con su franela del cuatricentenario.

El primer día, sin embargo, transcurrió bien. Cuando padre e hijo divisaban una colina que podían atravesar para abreviar carretera, la tomaban. Sin saberlo, daban los primeros pasos de lo que, a la postre, serían conocidas como las “trochas” de la Ruta del Peregrino.

Pasando el páramo El Zumbador, a 2.600 metros sobre el nivel del mar, les dieron las 8:00 de la noche. Un señor que, descubrirían luego, era el prefecto de El Cobre, les ofreció posada y los atendió con hospitalidad, convidándoles una taza de avena y disponiéndoles par de colchonetas en el piso.

De nuevo la segunda jornada de peregrinación empezó a las 5:00 de la madrugada. En otra casa debieron resguardarse de la lluvia matutina que los sorprendió por el páramo. Más adelante, cruzando la quebrada de El Cobre, les ofrecieron la cola pero, al comunicar que cumplían una promesa al Santo Cristo, recibieron pan y chocolate.

Las 10:00 de la mañana, hora en la que tradicionalmente se celebra la solemne misa pontifical al Santo Cristo cada 6 de agosto, les tomó en la carretera. Luis Enrique llevaba un radio de pila, que dispuso, encendido y sintonizado, sobre una piedra, en torno a la cual se sentaron a escuchar la transmisión en vivo del oficio religioso.

En La Grita de 1988 el Santo Cristo era venerado desde hacía ya un siglo como el patrono y vigía del pueblo, y todavía no de todo el Táchira, un título que recibiría dos décadas después. Luis Enrique y su hijo pudieron llegar a la basílica del Espíritu Santo y arrodillarse ante el Rostro Sereno luego del mediodía de aquel siempre festivo y patronal 6 de agosto.

La imagen del Santo Cristo de La Grita es una talla en madera del arte barroco, cuya hechura se atribuye a un fraile franciscano luego del terremoto que azotó la joven ciudad del año 1610. Cuenta la leyenda que ángeles del cielo esculpieron el rostro que no podía dar forma el artista. Desde 2010 este ícono de Jesús en la cruz es monumento de la nación.

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Por cosas de la Providencia el Miércoles Santo siguiente, día de la Semana Mayor en que la Iglesia recuerda al Nazareno con la cruz a cuestas, Luis Enrique salió con éxito de la operación de columna en el hospital del IVSS de San Cristóbal. No duda de la intercesión de Dios, gracias a su fe absoluta en el Santo Cristo de los Milagros de La Grita.

Recién salido del reposo médico, en agosto de 1989 quiso regresar ante el patrono a darle las gracias. Esta vez, al dúo de solitarios peregrinos se quiso añadir Miguel Chacón, un compadre de Cordero. Volvieron a repetir la hazaña, quedando con ganas de conformar la que en un principio se denominó Fraternidad de Peregrinos de Capacho al Santo Cristo y que ahora, con él como líder y fundador, se conoce sencillamente como Los Peregrinos de Capacho.

 

El grupo mandó a bendecir y donó a la basílica esta placa con la letra del Himno al Santo Cristo.

 

Luis Enrique ha visto crecer este grupo durante las últimas tres décadas. Cuando su sacrificio de peregrinación cumplió 20 años ininterrumpidos, tuvo la dicha de diligenciar la donación de una placa de mármol todavía dispuesta en la capilla de la basílica que contiene la letra del Himno al Santo Cristo, el mismo que lo llama “divino pastor” y el que asegura que “mil senderos” conducen a Él por los montes y valles andinos.

Así también, cuando celebró 25 años, bodas de plata, como peregrino, el perizoma (o paño de pureza) que vistió el Santo Cristo fue una donación de su grupo.

En 2015 el Patrono vistió el perizoma o paño de pureza alusivo al grupo pionero de los Peregrinos de Capacho.

Solo en dos oportunidades no ha podido caminar. Una, en la que aquejado por una flebitis tuvo que trasladarse en carro al evento católico, que coincide en la liturgia con la fiesta de la Transfiguración del Señor; y otra, hace seis años, a la cual no pudo asistir.

Muchos se han ido sumando a este incesante caminar que recubre de fe los caminos del páramo en los albores de los agostos de los tachirenses. Muchos, como “Toño” Lobo, un buen amigo que lo acompañó 18 años y que ahora, migrante en Chile, le ha dicho por teléfono que procesionará durante cuatro horas en tierras sureñas. Muchos, como Marcelo Mora, creador del grupo de los Alegres Peregrinos. Muchos, como las demás agrupaciones que durante los últimos años se han ido conformando.

Están los de Santa Teresa, con su camiseta inconfundible; los de Pirineos, con su amarillo chillón; los de Táriba, de azul; los de Cordero, verdes, y otras decenas de grupos que en agosto parecen multiplicarse por las distintas seis rutas de peregrinación, ampliadas por la Panamericana y por la Trasandina, con largadas desde Pregonero y desde el Valle del Mocotíes, desde La Fría y Santa Bárbara de Barinas.

No todos quienes salen, llegan; y quienes han caminado lo saben mejor que nadie. Incluso Luis Enrique, que un año no pudo seguir de Angostura, faltando menos de 10 kilómetros, porque había perdido la piel de un talón. Por eso el mismo “peregrino mayor” -como lo llaman desde la Fundación Posaderos del Peregrino, constituida para servir y dar acogida a todos quienes llegan caminando a la Jerusalén de Venezuela- recomienda tres cosas a quienes lo hacen.

Lo primero, peregrinar con mucha fe. No se trata de un paseo, ni de una competencia deportiva. Uno va hacia el ser más grande, que es Dios, dice Luis Enrique, a través de la imagen del Santo Cristo. Lo segundo, que nadie se vaya “enzapatado”. Unas buenas botas deportivas son la mejor opción. Y lo tercero, no dejar de llevarse una bolsa tobita. Hará falta cubrirse, por si llueve.

Este sábado 3 de agosto Luis Enrique, ahora de oficio vigilante y con 66 años de edad cumplidos, fue peregrino por vez número 29 en su vida. Lo hizo una vez más, como la primera, desde Capacho, de donde partió a las 3:00 de la mañana, esta vez con Guillermo, otro de sus tres hijos, hasta el Santuario Diocesano. Allí, entre flores y homenajes, la imagen del patrono del Táchira, reconocido por cada vez más devotos como el protector de Venezuela, recibe de brazos abiertos a quienes le piden, le agradecen y le confían sus días.

—Todos tenemos un santo, yo lo escogí a Él —dice el primer peregrino del Santo Cristo de La Grita.