jueves 11 agosto, 2022
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Los pasos de la fe joven de Jonathan

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Hoy es el día central del Santo Cristo de La Grita.

Caracas.- Era una clase de Educación Física. A sus 12 años, Jonathan Aguilar hacía ejercicios de calentamiento en una unidad educativa de Seboruco, su pueblo. Un dolor en la cadera lo imposibilitó de seguir: la cabeza del fémur se había salido. Así empezó una historia en la cual el joven tachirense, que hoy cuenta 19 años, comparte protagonismo con el Santo Cristo de La Grita y su auxilio milagroso.

A raíz de la lesión desarrolló enfermedad de Perthes, un padecimiento basado en una degeneración de la cabeza femoral hasta poder volverse tan frágil como una galleta. En el Ortopédico Infantil de Caracas un médico empezó a tratarlo. Después de unos tres meses de rehabilitación, Jonathan se halló en contravía: mientras el doctor afirmaba que estaba mejorando y que las terapias resultaban efectivas, él sentía que iba empeorando en vez de mejorar.

Empezó entonces a notarse un acortamiento en la pierna izquierda. Había dejado de crecer. Se paralizó. Debió recurrir al apoyo, primero, de una muleta, y luego de las dos muletas para sortear la dificultad que experimentaba a la hora de hacer trayectos largos. No podía, le empezaba a doler la pierna, carecía de suficiente movilidad.

Visto así, en pleno curso de su adolescencia, se cansó de ir a médicos. “Me quedo así y así estaré”, pensó. Y de hecho llegó a cumplirlo, porque permaneció más de un año sin ir al doctor, aunque su familia le rogaba que regresara.

Una tía de Jonathan que forma parte de la migración venezolana empezó a convencerlo, le ofreció apoyarlo. El joven lo pensó y tomó su propuesta. Agendaron cita en Caracas para un 15 de agosto.

Movido por su fe, Jonathan apartó la noche del 5 de agosto y la madrugada del 6 de agosto para peregrinar desde Seboruco hasta los pies del Santo Cristo de La Grita, en el Santuario Diocesano del sector Borriquero.

“Llegué al santuario y, entre lágrimas, le conté todo: que iba a Caracas, que le pedía un médico nuevo, que me hicieran la operación que necesitaba, que saliera todo bien y que regresara bien a casa”, recuerda. Era un jovencito de 14 años sollozante frente al ícono de Jesús en la cruz que es venerado como patrono del Táchira y protector de Venezuela.

Inquieto él y tenso el país. Esa fiesta patronal del año 2017 se celebró luego de varios meses de protestas antigubernamentales. Entonces la misa pontifical y la procesión transcurrieron sin inconvenientes a pesar de no contar con despliegue de las fuerzas de seguridad.

Ese 12 de agosto se embarcó hacia Caracas y, luego de un viaje sin inconvenientes, en la consulta del 15 de agosto, coincidente con la fiesta de Nuestra Señora de la Consolación, patrona del Táchira, el nuevo médico que lo recibió le dijo que habían dejado avanzar mucho su enfermedad. Para la fecha fue calificada en el nivel máximo posible de gravedad. La diferencia entre sus piernas había aumentado a unos 6 centímetros.

Le hablaron de practicarle una operación de emergencia, con el objetivo de que recuperara su movilidad y que pudiera volver a hacer su vida normal. Con la obligatoria búsqueda de recursos económicos para esa operación, Jonathan le pidió nuevamente al Santo Cristo que no lo abandonara. Y así fue. Consiguieron quien asumiera los gastos.

Menos de un mes después, ese 12 de septiembre, Jonathan regresó exitosamente del quirófano a donde, está convencido, entró acompañado de la protección del Cristo del Rostro Sereno.

Luego de dos años en busca de operaciones, empezó a ver respuestas inmediatas. A los dos meses estaba caminando de nuevo, y su proceso de rehabilitación evidenciaba un franco avance. En la cita de control del mes de noviembre le dieron luz verde para regresar al Táchira; ya entonces usaba una sola muleta y no dos como antes.

Con un calzado especial para ayudar a nivelar sus dos piernas, con más rehabilitaciones constantes desde casa, la joven fe de Jonathan aumentaba paralelamente a su recuperación.

La cita del año siguiente a la cirugía, en septiembre de 2018, evidenció los éxitos: la pierna había crecido dos centímetros, considerado por los médicos como excelente porque la proyección inicial era de un centímetro en un año. Los resultados satisfactorios tenían un autor: el Santo Cristo, quien inspiró constancia a Jonathan para operarse con fe y recuperarse con disciplina.

Cuando el joven de Seboruco recibió estas noticias ya tenía un mes de haber vuelto a peregrinar hasta la Ciudad Santuario de Venezuela. De nuevo, un 5 de agosto, pero del 2018, salió de casa en la noche, cumplió con el trayecto, poco a poco, acompañado por su mamá. Llegó bien a La Grita y, de nuevo ante la talla barroca que representa a Jesús en el madero dio gracias a Dios a través de ese sacrificio corporal. Un sacrificio que superó con tanta holgura que pudo regresarse caminando a casa en Seboruco. No hubo dolores, ni maltratos posteriores.

“Las gracias que fui a darle, sé que Él las recibió muy profundas”, expresa. Se agigantó la conexión. Esa madrugada del 6 de agosto, cuando los peregrinos son como gotas de fe incesantes por las carreteras en una lluvia humana de súplicas y agradecimientos, Jonathan comprendió que antes, desde su niñez, peregrinaba con los suyos más por tradición, pero ahora lo hacía desde el sentimiento más profundo, desde la virtud teologal que es la fe.

Claro que volvió a peregrinar en el agosto de 2019, la más reciente manifestación masiva de fe en La Grita antes de la declaratoria de pandemia por covid-19. Este 2022, después de un par de años de oraciones virtuales y celebraciones litúrgicas a puerta cerrada, en 2020, y con aforo limitado, en 2021, la fiesta patronal más importante de los tachirenses vuelve a echarse a la calle, vistas las flexibilizaciones sanitarias que experimentan el país y el mundo.

Radicado en Caracas, donde ejerce como operador de radio, hablar con Jonathan es darse cuenta de que lleva al Santo Cristo todo el tiempo en todas partes, como reza el eslogan de la estación donde maneja los controles. Como tantos millones de devotos que están regados por Venezuela y el planeta entero, este joven peregrino hace suyos los versos del Himno al Santo Cristo que cantan: “y aunque lejos esté nuestro cuerpo / estará siempre el alma ante ti”.

Jonathan se siente bien. No puede correr ni saltar, pero camina de manera normal. Amerita, sí, otra cirugía, esta vez para que el médico retire los clavos que ahora sostienen su fémur. Busca el dinero. Está abierto a recibir apoyos de manos generosas. Desde la capital del país, donde también estudia Comunicación Social, mantiene al Cristo en sus oraciones y una imagen del patrono en su teléfono.

Como él, la mayoría de peregrinos buscan inmortalizar el ícono del Santo Cristo en una instantánea de su móvil cuando se presentan frente al camarín de madera que lo protege y desde el cual procesiona unos siete kilómetros cada 6 de agosto. Cuenta la leyenda que el fraile franciscano que lo talló no daba con la expresión del rostro que buscaba y, mientras caía en éxtasis, ángeles del cielo remataban su obra sobre ese trozo de madera del campo de Tadea. Los católicos, advierten siempre desde la Iglesia, no idolatran bultos, sino que adoran al Dios allí representado.

Unos cuentan su historia, como Jonathan, y esta anima a otros a testimoniar su fe o a pedirle públicamente con fervor al Santo Cristo por sus más íntimas y profundas necesidades. Otros guardan sus preocupaciones y deseos en el candado del corazón, y desde allí elevan su diálogo interno ante el patrono y protector. En cualquier caso, el Santo Cristo de La Grita es este 6 de agosto y todo el año, todos los años desde hace 412, el interlocutor predilecto de gritenses, tachirenses, venezolanos y cada vez más ciudadanos del mundo.

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