miércoles 17 agosto, 2022
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Marshall McLuhan: El mundo en un pañuelo

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Doña Josefa, en Umuquena, extrae su teléfono celular, marca un número y escucha la voz de su hijo que emigró a Santiago de Chile. Lo mismo hace la hermosa Irene desde Santa Ana para saber cómo le va a su novio que se fue para Argentina.

Es decir, lo que se pensaba imposible hace 40 años, hoy se practica de la manera más simple y sin complicaciones pues estamos en la era satelital de las comunicaciones y no en la espera del recordado “122” de Cantv para poder hablar con otro teléfono fijo en el exterior.

El mundo de hoy no concibe desarrollarse sin el auxilio del celular.

Toda esta revolución, fue adelantada por un hombre de nacionalidad canadiense: Marshall McLuhan, filósofo, erudito, profesor de la Teoría de la Comunicación, convertido en una celebridad y que se estudia en las facultades de Periodismo del mundo entero, considerado como el Visionario de la Aldea Global, profeta de la información y autor del aforismo: “El medio es el mensaje”.

Pero en su momento, en la década de los 70, tuvo sus detractores que llovían como una granizada de epítetos que lo calificaban de brujo metafísico con un sentido especial de la locura, un gran creador que martilla enormes clavos sin dar enteramente en sus cabezas o el celebrante de una misa negra en el altar del determinismo histórico.

Sin embargo, sus nociones sobre la “aldea global” como la gran caja de resonancia de informaciones simultáneas en las que vivimos y la polémica afirmación de que los contenidos no son lo más importante de los mensajes, sino los medios mismos por lo que son transmitidos, constituyen la piedra angular de esa extraña estructura interna que apresa a sus seguidores.

Afirmaba el filósofo canadiense, ensayando una gran síntesis de la historia, que el hombre primitivo vivía un universo oral, táctil y de participación que fue quebrado por una primera revolución centrada en la invención del alfabeto fonético.

Más tarde y gracias a Guttemberg, el inventor de la imprenta, se establece el imperio de lo visual, la organización lineal del pensamiento, y más recientemente una tercera revolución que arranca con la invención de la electricidad que en su etapa superior cuenta con la televisión y los satélites, restableciendo la integración de los sentidos, la recuperación de lo auditivo y táctil, restableciendo el mosaico sobre lo lineal, la unidad sobre la fragmentación, el retorno a muchas cualidades tribales de la primera etapa, en una especie de gran idea global.

Hasta que llegó la era digital; vino la computadora como instrumento de investigación y comunicación capaz de aumentar la recuperación de información, hacer obsoleta la organización masiva de las bibliotecas; recuperar la función enciclopédica del individuo y transformarla en una línea privada de comercializables rápidamente personalizados.
Marshall McLuhan no solo vio venir el Internet con veinte años de anticipación sino que acertó al vaticinar el impacto que tendría en la sociedad.

Hay pensadores que señalan los peligros del Internet pues consideran que una vez que hayamos supeditado nuestros sentidos y sistemas nerviosos a la manipulación privada de quienes intentarán beneficiarse a través de nuestros ojos, oídos e impulsos, no nos quedará ningún derecho, ante el Facebook que es el punto de encuentro y el google que es la biblioteca actual: ¡y lo que está por llegar!.

Sobre la información que manejan nuestros jóvenes hablaba también apasionadamente McLuhan sancionando que la juventud no existe. Hoy en día, decía, los estudiantes cierran las universidades. No hay diferencia entre el gobierno y los alumnos. En un tiempo existió la política de la juventud y la de los adultos. Hoy no existe. La juventud ya no existe. Todos han crecido. Con la tecnología electrónica ya no hay gente joven. Tienen canas a los tres años. Son más viejos que Matusalén. Todo el mundo tendrá mil años en los próximos años.

En una semana viendo televisión sabemos más de lo que puede saber Matusalén si viviera, pues si la ciencia viene hacia nosotros en pocos meses, a cada persona le podemos dar 200 años más de vida. No importa la edad que tenga. “Esta es una buena noticia. Pero es un desastre”, adelantaba el pensador.

Pronosticó que mientras Occidente se libera de su basura, el Tercer Mundo desea precisamente eso. Los países en desarrollo desean pasar por la industrialización. Quieren, pues, regresar al siglo XIX, lo que consideraba una tragedia pues veía que el futuro estaba precisamente en el Tercer Mundo aunque estos países hacen precisamente lo contrario.

Sobre tales afirmaciones, un periodista que lo entrevistó cuando estuvo en Caracas, señalaba que Marshall Mc podía tener o no razón; y aunque muchos se empeñen, no lo sabremos hasta que quienes están llamados a hacer la evaluación, dispongan del instrumento de razonamiento que les permita seguir la interioridad de su pensamiento. El tiempo transcurrido, a los 42 años de su muerte, confirman su sabiduría.

Víctor Matos

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