jueves 2 diciembre, 2021
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Zozobra y consternación en el Valle del Mocotíes // Relatos de una tragedia

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El río Mocotíes otra vez despertó. Sus aguas crecieron y causaron mucho daño…

Han transcurrido exactamente ocho días y medio de la tragedia que impactó a la población del Valle del Mocotíes, en el estado Mérida, y su gente sigue tratando de comprender la situación de la cual son testigos


Por Rosecny Zambrano/@rosecnyz

(Tovar/Mérida/Trabajo exclusivo).- Caminar entre piedras, lodo, escombros de viviendas y pertenencias de quienes ahí habitaban hasta esa terrorífica noche del 23 de agosto, hace que se enfríe el cuerpo. Basta solo imaginar la angustia de quienes vivieron ese dantesco episodio, de tener que salir de sus casas para resguardar lo más preciado, la vida. Pero, también, es muy triste pensar en quienes lamentablemente no lo lograron y quedaron tapiados en sus propias casas.

El dolor se refleja en los rostros de los sobrevivientes. Pacientemente recogen los restos de lo que fuera su hogar. Limpian y sacan el lodo que arrasó con todo a su paso. Todo es verdaderamente impresionante.

(Foto/Rosecny Zambrano)

Con unos 38.469 habitantes, Tovar está ubicado al oeste del estado Mérida. Ahí, por segunda vez, después del 2005, se produjeron deslaves en la cordillera localizada en las márgenes de los desbordados ríos Mocotíes y Chama. Varios centros poblados de Mérida aún se encuentran sin electricidad. Se reportan fallas en los servicios de telefonía y de agua potable, ocasionadas por los aludes de piedras y lodo. Mucho se pudo constatar en un recorrido hecho por el equipo de Diario La Nación en el lugar de los acontecimientos.

 

Es un peregrinaje constante de funcionarios de Protección Civil, bomberos, representantes de Unicef, la OPS, policías, Guardia Nacional y colaboradores, cada uno haciendo su parte. Mientras los dueños de las viviendas que aún se mantienen en pie hacen el rescate de sus pertenencias.

(Foto/Rosecny Zambrano)

  • “Los perros presienten las cosas, por eso ladraban y lloraban desesperadamente, cuando mi cuñada les abrió la puerta. El pobre cachorro entró corriendo y se metió debajo de la cama”, contó Johana.

Se vino de Colombia para emprender y lo perdió todo

A eso del mediodía, bajo un inclemente sol, Franklin Guerrero se encontraba asando unos plátanos en un fogón improvisado. Es el espacio de lo que fuera el patio de la casa de su madre y, a su vez, sobre su casa. La vivienda quedó sumergida entre el lodo. No quiso declarar, pero llamó a su hermana, Johana Monsalve, quien amablemente contó su experiencia.

Emilcen Guerrero y Franklin Guerrero, madre e hijo. sobrevivientes de la vaguada. Él se vino de Colombia para emprender y lo perdió todo. (Foto/Rosecny Zambrano)

Antes vivía en Puerto Altagracia, estado Zulia, pero se fue un tiempo a Colombia a trabajar, debido a la inseguridad y la crisis. Franklin logró reunir suficiente capital y regresar para emprender su negocio de panadería. Lo instaló en el primer piso de la casa de su mamá, Emilcen Guerrero. Hoy todo eso es historia. Lo perdió todo. Sus insumos, hornos y utensilios quedaron tapiados. Aún le cuesta asimilarlo, por eso se puso tan ansioso cuando llegamos a preguntarle. No quiere hablar de eso. Le duele. Le atormenta. Le genera impotencia.

“Los perros presienten las cosas, por eso ladraban y lloraban desesperadamente, cuando mi cuñada les abrió la puerta. El pobre cachorro entró corriendo y se metió debajo de la cama”, contó Johana.

“A los 10 minutos, el golpe en la puerta: ¡pun! Se llevó todo -agregó su mamá-. Quedamos atrapados. ¿Para dónde corríamos? Por allá era río; bajaba de todo por la otra calle. Lo único bueno fue que no había llegado a la acera y logramos salir a otra casa, porque nos dio más miedo estar aquí. Pero, antes de irnos, nos hincamos y le pedimos a Dios. Esto no sabemos cómo explicarlo. Mi nuera, con el niño de ocho meses en brazos. No sabíamos qué hacer, pedíamos auxilio al vecino, pero ¿por dónde íbamos a pasar? Cosas de Dios. Dios es muy grande. Yo no podía cruzar. Mi hijo me ayudó, y la ayudó a ella con el bebé. Fue una cosa que en la vida no habíamos vivido”, relató la sexagenaria Emilcen Guerrero, mientras su voz se quebró por el llanto al recordar ese momento, con mirada perdida y en su rostro la angustia.

  • “Es difícil relatar las cosas tal y como ocurrieron, porque todo pasó muy rápido. A mí solo me dio chance de sacar a mi hija y salir corriendo. Fue desesperante…”: Ana Yonalvis.

Dios nos da y nos quita…

(Foto/Rosecny Zambrano)

Otra de las viviendas afectadas en el sector El Corozo fue la de Alfredo Ovando. Tiene 63 años y es propietario de una estructura compuesta por tres apartamentos. habitados por tres familias, que afortunadamente resultaron ilesas. En un principio subieron hasta el tercer piso, pero al sentir y escuchar el “crujir” de las bases de la casa, decidieron refugiarse en otro lado. Tuvieron cuantiosas pérdidas de enseres: tres carros, dos motos y electrodomésticos.

«Nacemos desnudos, y morimos desnudos. Dios nos da y nos quita la vida. Lo importante es que estamos vivos”, expresó resignado el delgado caballero, con cabello canoso y sus resaltadas ojeras, producto de la preocupación. Sigue limpiando su casa, cuyo primer piso quedó repleto de barro.

La casa de su vecina, Álida Peña, de 54 años, pese a algunos daños, sigue en pie, a Dios gracias.  Estaba con su familia, sacando el lodo, el agua y recogiendo lo que logró salvar. Ella vive con su esposo, su hermano, una cuñada, dos sobrinos y un niño de 8 años, que es su nieto, a quien se aferró cariñosamente durante la entrevista, en la que contó su testimonio.

“Gracias a Dios y a la Virgen, tenemos salud y estamos vivos. Además, muchas personas nos han traído agua, comida, medicamentos. Nos han vacunado. Hemos tenido mucha ayuda”, dijo. Por otro lado, solicitó al Gobierno que inicie la limpieza de las vías alternas, a fin de poder solucionar y seguir adelante.

  • “Esa noche, junto con mi vecina, me subí a la placa -segundo piso- y ahí estuvimos orando. El Señor escuchó nuestras oraciones y nos libró de la muerte…”: Nancy Aranda

Perdió a su tía

(Foto/Rosecny Zambrano)

Unos metros más arriba, Yosnaida Márquez, una joven madre de 33 años, mostró donde vivía con su hijo de 11 años. Ahí solo quedó el rastro de lo que fue su casa. A medida que nos íbamos acercando a la propiedad de su padre, donde ella se encontraba cenando cuando el río se llevó su vivienda, se detuvo a recoger unas pequeñas piezas de Lego de su niño en medio del camino, las cuales conservó para él

“De haber estado en mi casa en ese momento, mi historia sería otra, como la de mi tía Rosalba Osorio, a quien se la llevó el agua, con todo y vivienda”.

Pide colaboración para que los reubiquen en un sitio, porque ahora no tiene dónde vivir. Provisionalmente se hospeda en casa de familiares, pero pide una solución y así poder ofrecerle estabilidad a su hijo.

  • “De haber estado en mi casa en ese momento, mi historia sería otra, como la de mi tía Rosalba Osorio, a quien se la llevó el agua, con todo y vivienda”: Yosnaida Márquez

“La ayuda no se está distribuyendo correctamente”

“Lamentablemente, todo esto que estamos viviendo nos recuerda la vaguada de hace unos años -2005-, cuando sufrió mucho el sector San Francisco, en la avenida Perimetral. Y esta vez nos tocó vivirlo, prácticamente, en la mitad de Tovar. Hoy nos unimos varios integrantes de la comunidad. También han venido buenos amigos, y la gente de Bailadores nos ha colaborado”, comentó Gladys Arellano, organizadora de la “Olla Solidaria”, lideresa de la comunidad de El Corozo, quien también pertenece a las Damas de Blanco y Solidarios con Venezuela, seccional Tovar, mientras servía su sopa a los damnificados en un centro de acopio.

(Foto: JCMM)

Esta dama de blanco pidió públicamente el apoyo para todas las comunidades afectadas: Las Acacias, la avenida Perimetral, la zona de campo de San Pedro, El Amparo, San Francisco y El Carrizal. Resaltó que la mayoría de la población tovareña no cuenta en este momento con el servicio de agua potable, dado que el acueducto colapsó y el otro tuvo daños considerables.

Alertó a quienes quieran hacer llegar alguna ayuda: “sepan a quién se la van a dar, pues estamos viendo que está mal distribuida. Hay personas que quedaron sin nada; entonces, deben verificar dónde y cómo se va a organizar a todos esos damnificados. Muchos de ellos ya están presentando brotes y escoriaciones en su piel, más el daño psicológico que acarrea está situación. Tovar nos necesita a todos”, reflexionó.

Por otra parte, se pregunta dónde van a reubicar a todos los damnificados. “No han dicho todavía cuál institución va a tenerlos. Anoche -viernes 27 de agosto- estábamos esperando a la gente de Cáritas de Venezuela, y los ocho camiones los tenían retenidos en la entrada, no los dejaban pasar. Esa es otra traba que he visto y no entiendo por qué. Sea ayuda internacional, sea ONG, sea lo que sea, las personas están necesitando de mucha colaboración y no es el deber ser que ellos -la GNB- hagan eso. El hecho de que sean autoridades no les da derecho de manejar esta situación de esa manera, porque nos estamos dando cuenta de que lo están haciendo mal, porque no está llegando la ayuda a quien realmente la necesita”, aseguró.

Igualmente, criticó el hecho de que en varias propiedades, donde vivían personas en calidad de alquiladas, quedaron damnificadas y fueron los dueños de esas casas los únicos censados y no precisamente los afectados.

  • «Nacemos desnudos, y morimos desnudos. Dios nos da y nos quita la vida. Lo importante es que estamos vivos”: Alfredo Ovando

“El Señor nos libró de la muerte”

(Foto/Rosecny Zambrano)

Uno de los testimonios más desgarradores fue el de Nancy Aranda, una mujer de 49 años, quien se aferró a Dios.

Entre sollozos, recuerda ese momento y agradece el vivir para contarlo.

“Esa noche, con mi vecina, me subí a la placa -segundo piso- y ahí estuvimos orando. El Señor escuchó nuestras oraciones y nos libró de la muerte. Ese sonido fue horrible, pero el Señor nos libró y nos dio victoria. Y aquí estamos vivos para dar testimonio de su grandeza, de su amor y de su poder”, narró la consternada mujer en medio del llanto, acompañada por su hija y dos mascotas. Emprenderán un nuevo rumbo. con la tristeza que les deja esta experiencia, pero que paradójicamente les premia con lo más valioso, la vida.

Aranda tiene su vivienda en el sector Monseñor Moreno y aunque ya no podrá habitarla, estaba ahí cinco días después, recogiendo sus enseres para llevarlos hasta el llano, donde vivirá momentáneamente, en casa de su hija.

En La Meseta, los vecinos se organizaron 

En el sector La Meseta, la misma comunidad se organizó para limpiar el lodo y escombros, pues hasta el momento las autoridades no han traído maquinaria.

En esta zona, afortunadamente no hubo muertos, ni lesionados ni desaparecidos. Pero sí hubo daños estructurales en algunas viviendas.

“Quedamos en la calle”

(Foto/JCMM)

Al final del sector Alberto Carnevali, Ana Yonalvis Rondón Contreras, de 37 años, quedó en la calle. Ella vivía alquilada en una casa de la zona. La noche de la tragedia logró salir con su hija de cinco años, su cuñada y su sobrino de 4 meses de edad.

“Es difícil relatar las cosas tal y como ocurrieron, porque todo pasó muy rápido. A mí solo me dio chance de sacar a mi hija y salir corriendo. Fue desesperante. Todo fue de un momento a otro.  Pensamos que todos íbamos a quedar ahí, sepultados. Tratamos de subirnos hasta el techo y en esa oscuridad no podíamos ver nada. De los nervios, me dio mucho vómito. Lo único que hice fue aferrarme a mi hija, y esperar que Diosito decidiera por nosotros. Cuando pasó la tormenta, salimos corriendo hacia arriba y nos refugiamos en un garaje”, describió Ana Yonalvis.

(Foto/Rosecny Zambrano)

La incertidumbre la invade. Se siente vulnerable. Se hospeda en la casa de un vecino, y cocina donde una tía. Mientras tanto, las autoridades le piden que tenga paciencia.

“Ahora quedamos en la calle, a la voluntad de Dios, y esperando a ver qué hacen con nosotros”, expresó la dama, quien se encontraba en la entrada de una casa de su sector, habilitada como centro de acopio.

La mirada perdida de los afectados, el llanto, la angustia y la incertidumbre reinan en el Valle del Mocotíes, donde 16 años después se repite la historia y el dolor es el mismo. Pérdidas humanas y cuantiosos daños dejó la furia de la naturaleza, esa a la que el hombre nunca debe rebelarse. Estos testimonios recogidos desde el lugar de los acontecimientos son solo unos pocos de las innumerables historias y experiencias que se viven en esta zona andina tras la vaguada del lunes 23 de agosto.

Desde entonces, las calles de Tovar se encuentran activamente transitadas: despliegue de  camiones con ayuda, organismos internacionales, funcionarios de seguridad, vecinos solidarios. No todo está perdido. La humanidad también reina en este lugar, que ha sido duramente golpeado por las lluvias. Ojalá todos logren la solución a su situación y Tovar siga siendo el municipio con más desarrollo agroturístico merideño, gracias a su extensa geografía, sus verdes y hermosas montañas y sus majestuosos páramos.

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