miércoles 30 noviembre, 2022
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A 35 años del homicidio del «Catire Henry»

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La última vez que la señora Chepa miró a su hijo con vida, el muchacho vestía pantalón bluyín, zapatos marrones y una franela beige. Con la mirada saltona se despidió y cruzó el umbral de la puerta de la calle. Era la tarde del lunes 28 de septiembre de 1987.
Años después de la tragedia, aún muchos parroquianos lo recuerdan cruzando las calles adyacentes a la Basílica de Táriba, sonriente y vivaracho, sin imaginar el terrible destino que le aguardaba.

El día martes 29, algunos de los allegados del adolescente de 16 años de edad fueron interrumpidos en sus quehaceres por el repique del teléfono. Al otro lado de la línea, la voz tensa de quien había criado al «Catire Henry» –como era llamado por todos sus conocidos- los puso al tanto de su desaparición. Nadie daba pistas sobre su paradero. La atmósfera habitual de la ciudad de Táriba comenzaba a adquirir visos de fatalidad para esta humilde familia.

Diario La Nación cubrió el caso desde el primer día. (Foto: archivo)

Pasaban las horas, y los esfuerzos de sus familiares y amigos por encontrarlo resultaban inútiles. Al cabo de dos días, con la esperanza de que los organismos de seguridad pudieran encontrarlo lo antes posible –sano y salvo-, la señora Julia Escalante de Chacón, mejor conocida como Chepa, se dirigió a la sede de la Policía Técnica Judicial –PTJ- región Los Andes. Allí lo reportó como desaparecido.

De igual modo, acudió a los medios de comunicación. El día 03 de octubre salió publicada en la prensa regional una foto del «Catire Henry» junto a un número telefónico: 92203. Su familia pedía el apoyo de los tachirenses, en la frenética búsqueda del muchacho.

Henry Alfredo Escalante, quien formaba parte de una banda juvenil de música del municipio Cárdenas; un muchacho tranquilo y amigable -alto, ojos claros y cabellos lisos y rubios-, que de vez en cuando vendía perros calientes en las principales calles de la citada población, se convirtió, de pronto, en el centro de atención de los entes policiales.

Un cadáver cerca del puente

El domingo 4 de octubre, a eso de las doce del mediodía, un joven llamado Domingo se internó a una zona boscosa del Paseo Torbes, en las inmediaciones del Puente Libertador, en la antigua carretera Táriba-San Cristóbal. Buscaba un rebaño de semovientes, no obstante, lo que encontró fue lo que parecía un cadáver en descomposición.

Al cabo, unos funcionarios de la Dirsop arribaron al lugar, donde corroboraron la información. Un cadáver en posición fetal, de lado, con las manos y los pies maniatados junto con el cuello, yacía entre los arbustos y trozos de bolsas de polietileno negras. Las aves de rapiña habían hecho de las suyas, por lo que gran parte del rostro estaba destrozado. En esta primera inspección, los efectivos de la policía determinaron que el cuerpo, en estado de descomposición, se encontraba desnudo. Asimismo, presentaba signos de tortura. Se comentó, además, que quizá el o los asesinos habrían intentado quemarlo.

Luego de los estudios forenses, se dedujo una data de muerte de cuatro a seis días, en tanto que la causa de la misma se debió, de acuerdo con estas experticias, a traumatismos ocasionados con un objeto contundente –al parecer un tubo cilíndrico- a nivel de la cabeza, que produjeron fractura en la bóveda craneal, que devino en una gran hemorragia.

Caso «encangrejado»

Tras el hallazgo de los restos mortales de Henry Alfredo Escalante, los detectives de Homicidios de la PTJ se dedicaron a interrogar al círculo de amigos y familiares de la víctima. En este particular, presumían que los autores del atroz asesinato podrían encontrarse en dicho entorno, puesto que todo parecía indicar que el muchacho no tenía enemigos, y que por el contrario, era muy conocido y apreciado por sus vecinos y allegados.

Para el 8 de octubre, unas 30 personas habían comparecido a la sede de la PTJ, mas todo apuntaba a que estas declaraciones no aportaban nada para el acertado encauzamiento de las pesquisas. El gran hermetismo de los altos funcionarios del organismo detectivesco, frente a las demandas de los periodistas y los voceros de la vida pública, que exigían la pronta resolución del caso, recrudecía aún más los rumores que circulaban por las calles y veredas como una ola radiactiva imparable.

El mes de noviembre de 1987 sería crucial para el devenir de las investigaciones. En este orden de ideas, los detectives de la PTJ indicaban a los periodistas de sucesos de la entidad, que los presuntos homicidas se encontrarían cercados. De hecho, se rumoreaba que antes de la llegada del mes de diciembre, ya los nombres de los indiciados serían dados a conocer.
El día 13, los medios de comunicación informaban a la colectividad acerca de una serie de allanamientos y visitas domiciliarias practicadas por funcionarios del cuerpo detectivesco, en algunos sectores de Táriba y Palmira. Inclusive, los voceros policiales resaltaban que la prueba del Luminol habría dado positiva en una vivienda de la capital del municipio Cárdenas.
El viernes 20 de noviembre se llevó a cabo la exhumación del cadáver del «Catire Henry». Muchos se preguntaban el motivo de esta acción, en vista de que en semanas anteriores, voceros de la policía judicial señalaban que ya tendrían el caso prácticamente cerrado.

Tras el procedimiento, nuevos datos se sumaron al ya voluminoso expediente. Los médicos forenses ratificaron la causa de muerte del adolescente de 16 años de edad. Pero, además, llegaron a una macabra conclusión: la víctima habría sido literalmente ´molida a golpes´.

El esclarecimiento del caso

El 14 de julio de 1989 arribó a San Cristóbal el comisario Alexis Bolívar Quiroz, Jefe de la División Contra Homicidios de la Policía Técnica Judicial, a nivel nacional. Según se filtró a algunos medios, su propósito era cerrar el caso de manera definitiva y a como diera lugar.

Días después, sería detenida una pareja de esposos, a quienes se les implicaba en el caso. El procedimiento se efectuó en Patiecitos, mientras la pareja se movilizaba en un vehículo de su propiedad, donde transportaban diversas mercancías, porque a pesar de que el hombre era profesor de inglés se dedicaba al comercio. Se trataba de P. López y de su esposa, T. Quintero.

Al cabo de los días, el docente y cronista fue presentado –en una agitada rueda de prensa- como los presuntos homicidas de Henry Alfredo Escalante. En este particular, se habría determinado que la noche del crimen López encontró a su mujer y al Catire en su lecho, desnudos, teniendo relaciones sexuales. Forcejearon. La mujer huyó. Luego el hombre le daría varios golpes en la cabeza al adolescente con un tubo cilíndrico. Según esta versión, escondió el cadáver en un sótano. Para posteriormente, liberarse del mismo.

Tiempo después, P. López se retractó de su confesión, aduciendo que habría sido torturado por los detectives a fin de que se declarara culpable del homicidio del «Catire Henry». Lo que parecía la culminación del caso, nuevamente daba un giro extraordinario.

Sin embargo, a pesar de que figuras importantes de la región como el Diputado Walter Márquez clamaba porque el caso fuese llevado a instancias nacionales, Pausolino tendría que esperar por el dictamen final, entre las paredes de la cárcel de Santa Ana.

 

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