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La avaricia los convirtió en asesinos

En adyacencias de la Plaza Bolívar y la Basílica del Espíritu Santo de La Grita, se perpetró el crimen (Foto Cortesía)  

Un hombre fue asesinado y su mujer golpeada en un local de La Grita en julio de 1997. Al cabo de ocho meses, detectives de la entonces Policía Técnica judicial –PTJ-  dieron con los criminales. Uno de ellos confesó que la avaricia los llevó a convertirse en asesinos. Un hecho que estremeció a la “Atenas del Táchira”


Raúl Márquez


A pesar del terror que la dominaba, la mujer como pudo se desató de las amarras y dio parte a las autoridades. Aún le dolían aquellos golpes y batazos. Todo era confuso, terrible. Lo peor de esas horas amargas era que nunca volvería a ver con vida a su marido. Esa certidumbre la apesadumbraba aún más.

Era el 20 de julio de 1997. Entre la neblina y el frío, un nuevo día despuntó sobre la ciudad de La Grita, en el municipio Jáuregui.

Pronto, la calma habitual, el sutil caudal de la vida se resquebrajaría abruptamente, en aquella jurisdicción, cargada de historia, escenario de tantas romerías y demostraciones de fe al Santo Cristo. Pueblo de gente amable, taciturna y laboriosa.

Tras ser informados del homicidio de un hombre, perpetrado por presuntos atracadores en el interior de una licorería, ubicada frente a la Plaza Bolívar y La Basílica del Espíritu Santo de La Grita, funcionarios de la entonces Policía Técnica Judicial -hoy Cicpc – arribaron al lugar.

En cadáver del dueño del local, identificado como Fernando Betancourt, fue hallado dentro de dos bultos de material sintético de los utilizados para almacenar jabón en polvo. Tenía las manos atadas hacia atrás.

De acuerdo con la primera experticia de tipo forense, presentaba signos de estrangulamiento y heridas punzo penetrantes.

Luego de la inspección en la escena del crimen, los detectives procedieron a entrevistar a algunos de los parroquianos que se encontraban departiendo en el local, las horas en las que se suponía se había perpetrado el homicidio.

En este particular, indicó la esposa de la víctima, que dos o tres sujetos encapuchados los habían atacado, con la intención de sustraer del negocio objetos de valor y dinero en efectivo.

Se estableció que el botín del atraco estaría constituido por un revólver calibre 38, tres cadenas de oro con sus dijes, cinco relojes de pulsera, dos esclavas de oro, dos millones quinientos mil bolívares en efectivo, tarjetas telefónicas, así como una colección de billetes antiguos, y una cantidad indeterminada de dólares y pesos colombianos.

Las investigaciones

De inmediato se iniciaron las pesquisas, en pos de los autores del hecho. Sólo se contaba con la descripción de algunos rasgos fisonómicos de los criminales.

Por otra parte, los estudios técnicos que se llevaron a cabo para recabar posibles huellas de los victimarios, no condujeron a nada. Los sujetos habían utilizado guantes. Las investigaciones se “encangrejaban”.

Frente a esto, los expertos en criminalística, establecieron una nueva línea de investigación. El plan consistía en la reconstrucción de los movimientos y hechos acaecidos en los últimos meses en el local, para lo cual se contó con la ayuda de la viuda y los empleados.

Llamó la atención que durante esa línea de tiempo, Fernando y su esposa habían contratado a algunos carpinteros para labores de mantenimiento y reparación en el inmueble. El siguiente paso fue visitar las carpinterías del entorno en procura de pistas.

La captura de los homicidas 

Llegaron las festividades del Santo Cristo de La Grita y con estas el tumulto de feligreses y turistas que, año tras año, colman las calles de la hermosa comarca.

Una tarde, en medio de un grupo de personas que paseaban por la plaza Bolívar, unos detectives oyeron que una persona ofrecía tarjetas telefónicas a precios muy por debajo del estipulado en locales comerciales, así como unos dólares.

De inmediato, lo abordaron. El hombre explicó que esa mercancía se la había facilitado un carpintero, cuya dirección desconocía.

Como parte de una estrategia, los detectives lo dejaron libre. La idea era mantenerlo bajo vigilancia para estar al tanto de sus movimientos. En efecto, al cabo de los días, los condujo al homicida del comerciante.

A ocho meses del homicidio de Fernando, el primer sospechoso fue detenido en su taller de carpintería. Tal y como quedó registrado en el sumario del caso, confesó el crimen. En dicha entrevista develó que el crimen lo había planeado y perpetrado con otro carpintero, luego de ejecutar unos trabajos en el local. La avaricia les invadió al percatarse de los objetos de valor que podían sustraer.

Según la confesión, ese día aprovecharon que un grupo de personas veía un partido de fútbol en el local, para perpetrar le hecho vandálico. Primero sometieron y asesinaron al hombre y luego golpearon a la dama con un bate. Al cabo, huyeron con el botín. La manera errada como quisieron deshacerse de este, fue la clave de su captura.

Tras la concatenación de las evidencias y la confesión de uno de los criminales, se dio por cerrado el caso. La mayoría de los objetos fueron recuperados, excepto parte de las tarjetas telefónicas y el dinero, que fue utilizado por uno de los condenados en la compra de un taller.

Con el tiempo, la vida prosiguió su curso por aquellas calles históricas, testigos de los vaivenes del alma humana, que se debate cada día, entre el bien y el mal.

 

 

 

 

 

 

 

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