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Inicio/Deportes/César Vanegas y la muleta que silenció a los engreídos

Deportes
César Vanegas y la muleta que silenció a los engreídos

martes 24 febrero, 2026

César Vanegas y la muleta que silenció a los engreídos

En el mundo del toro, la memoria suele ser tan frágil como un puyazo mal colocado. Se olvida pronto que la veteranía no es un peso, sino un grado; y que los años frente a los pitones no pasan en balde, sino que se decantan en pozos de sabiduría. El pasado fin de semana, en el marco de la Feria Internacional del Sol, fuimos testigos de una de esas lecciones que el destino —y el toreo de ley— suele dar a los profetas del desastre.

César Vanegas llegaba a la Monumental Román Eduardo Sandía rodeado de un ruido ensordecedor. No era el ruido de la expectación, sino el del cuestionamiento. Los autodenominados “conocedores” y las voces agoreras de siempre habían dictado sentencia antes de que el primer toro asomara por el toril: su inclusión en el ciclo merideño era, para ellos, un anacronismo. Qué equivocados estaban.

La verdad de la mano izquierda

Desde que Vanegas se plantó en los medios, quedó claro que no venía a pasear el traje de luces. En la misma plaza donde aquel 11 de febrero de 2002 recibió la alternativa de manos del Maestro Manuel Díaz”El Cordobés”, el tachirense dictó una cátedra de solvencia.

Su faena no necesitó de fuegos artificiales ni de histrionismos para conectar con el tendido. Fue una labor construida sobre los cánones más puros: El temple: Esa capacidad de ralentizar la embestida que solo dan los años. El natural: Donde su muñeca izquierda, prodigiosa y añeja, dejó destellos de una calidad que muchos de los “nuevos valores” aún no logran descifrar. El mando: Especialmente en los redondos, donde la intensidad de la faena alcanzó su punto álgido, obligando a la banda a romper el silencio con los sones que solo se reservan para los elegidos.

Esa primera oreja del ferial no fue, para nada, un regalo de la presidencia; fue un acto de justicia poética. Vanegas no sólo cortó un apéndice, cortó de raíz las críticas infundadas y a la poca fe que le tenemos a los Maestros del toreo venezolano.

La cara y la cruz

Cierto es que en su segundo oponente la historia se torció. El acero, ese juez implacable, no quiso viajar por el camino correcto y, tras un pinchazo y una estocada baja, el silencio cubrió su labor. Pero el análisis del periodista no debe quedarse en la frialdad del resultado estadístico.

Lo que queda para el recuerdo de esta Feria del Sol es la imagen de un torero que, veinticuatro años después de su doctorado, sigue teniendo el alma intacta y la técnica más afilada que nunca. César Vanegas demostró que en el toreo, como en la vida, la maestría no se discute; se siente. Y Mérida, al menos por un instante, volvió a sentir el peso de una tauromaquia que salió del alma.

Carlos Alexis Rivera / CNP 10746

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