Entrevista
A Reidtler le decían: “¡Ay, Nicolasito, no sueñes tanto!
lunes 19 enero, 2026
El ciclista venezolano, oriundo de Cagua, reconstruyó su historia con una memoria precisa: Desde las ilusiones de niño y la gloria del deporte, hasta las cicatrices dejadas por el accidente




Varias medallas brillaban sobre el color desteñido de la pared, pendían de un clavo al lado de la puerta. El silencio de la soledad fue interrumpido por la voz de un locutor proveniente de la radio, narraba la tercera etapa de la Vuelta al Táchira. Nicolás Reidtler, apoyado en su muleta, seguía cada palabra con devoción, su rostro aún reflejaba la emoción de aquel Niño de la Ruta.
Los rayos del sol entraban tenuemente por la ventana e iluminaban la sala oscura, la leyenda del ciclismo contemplaba sus medallas, su mente viajó hasta Cagua, estado Aragua. Sus recuerdos lo llevaron al lugar donde sus sueños eran tan solo una ilusión de la infancia.
Aunque Nicolás Reidtler practicó varias disciplinas deportivas, como el boxeo, la natación y el atletismo, su pasión era pedalear por todo su pueblo. De niño siempre le pedía al Niño Jesús una bicicleta de regalo, pero su madre de crianza era de escasos recursos y nunca la pudo comprar.
A los 13 años le gustaba correr hasta la carretera, cada vez que oía una sirena, para ver el paso de los ciclistas durante las competencias. En una oportunidad, llegó al costado de la vía justo a tiempo: Natividad Torres, su ídolo del ciclismo, pasó velozmente frente a él. Para Nicolás fue como si su destino se hubiera revelado justo ante sus ojos.
—Uno de pequeño tiene ilusiones bobas —se río Nicolás Reidtler y negó con la cabeza—. En aquel entonces, cuando me contaron que el negro Natividad había ganado la carrera, yo emocionado dije: Cuando crezca, seré como él.
Entre broma y broma vislumbró su futuro
Más allá de Bella Vista, en el municipio Sucre, estado Aragua, Nicolás Reidtler pedaleaba una bicicleta prestada, su talento era desconocido. De pronto, un grupo de ciclistas lo rebasó, el adolescente, movido por la pasión, se arremangó el pantalón y apretó el paso hasta estar a la par.
Nunca imaginó que compartía ruta con puros campeones, entre ellos estaba Víctor Chirinos. Al llegar a San Juan de Los Morros, todos se detuvieron. Nicolás Reidtler contó que, en aquel momento, él se orilló tímido, porque había caído en cuenta de quienes estaban de pie junto a él.
—Víctor Chirinos se me acercó con curiosidad —recordó Nicolás con una sonrisa—. Me preguntó mi nombre, si había corrido antes y si me gustaba el ciclismo. Yo sólo había participado en carreras de pueblo, pero le hablé de mi pasión y mi deseo de ser grande. Víctor me ofreció su ayuda, se volvió mi mentor, incluso le pidió a la directiva del Club Venezuela que me dejara ingresar al equipo juvenil. Al principio no me aceptaron, pero nunca me rendí.
Nicolás recuerda ese día como si hubiera sido ayer: Él salió de la sala de reuniones del Club Venezuela un poco cabizbajo. Tras un suspiro, levantó la mirada y descubrió una fotografía de un ciclista desconocido para él, enmarcada en la pared. Intrigado, preguntó quién era.
—Ese es Martín Emilio Cochise Rodríguez, el mejor ciclista latinoamericano— le respondieron.
—Entones, ¡yo voy a ser mejor que él!— exclamó el adolescente en broma.
—¡Ay Nicolasito!, no sueñes tanto, porque cuando te despiertes te darás cuenta que todo era una ilusión— le contestaron en broma los muchachos —. Los sueños pueden ser mentirosos.
Aunque todo ocurrió entre bromas de adolescentes, el refrán lo resume bien: Entre broma y broma, la verdad se asoma. Aquella ocurrencia fue, en realidad, el inicio de una ambición que marcó el rumbo de Nicolás Reidtler para siempre.
El soñador logró cumplir sus deseos
A los meses de conocer a su mentor, Nicolás Reidtler encontró un trabajo como repartidor en la Bombonería Englan. Su objetivo era ganar dinero para ayudar a su mamá con los gastos y comprarse su primera bicicleta. Durante el día recorría las calles de Cagua a pedal, con paquetes en la parrilla, para entregar pedidos; por la noche asistía al liceo para continuar con sus estudios.
Su jefe, el señor Enzo, pronto le tomó afecto. Cuando el muchacho le pidió un préstamo para comprar la bicicleta, no pudo negarse. Pactaron que el costo se descontaría poco a poco de su salario. Nicolás por fin cumplió su anhelo de niñez: Tener su propia bicicleta.
Reidtler narró con especial cariño aquel Día de la Madre en el cual corrió el Clásico Virgen del Carmen, en Maracay. Fue llevado por un amigo para participar, aquella sería su carrera debut en bicicleta especial.
—Caía un aguacero y no se veía bien la carretera, yo tenía mucho miedo de tumbar a alguien, había tantos ciclistas que no sabía si andar por la izquierda o por la derecha— contó entre risas la leyenda del deporte.
Su buen amigo, Enrique Mendoza, le aconsejó pedalear tan rápido como pudiese, para superar al grupo y andar en solitario. “El Morocho” Nicolás, como lo bautizó la radio colombiana por su tono de piel morena, ganó por mucho, les sacó doscientos metros a sus contrincantes. Como premio le entregaron una pequeña copa para él y una plancha para la señora Nicolasa.
—Mi mamá cuando me vio llegar con la plancha pensó que me la había robado, me correteó por toda la casa y cuando me atrapó me dio una paliza— recordó el ciclista, su mirada estaba perdida en la distancia, parecía revivir la escena.
El Niño de la Ruta: un destino anunciado
Después de aquella carrera, las personas se percataron del talento percibido por Víctor Chirinos en El Morocho. Nicolás Stripolli, un italiano dueño de abastos, y el señor Enzo, su primer jefe, veían en el joven de 16 años una promesa del deporte. Le compraban bicicletas y le llevaban mercado a la señora Nicolasa.
Para 1965, Nicolás acumulaba cierta experiencia, la cual lo llevó a debutar en la Vuelta a Venezuela; quedó de octavo. Un año más tarde, vuelve otra vez a la misma carrera, se ganó el quinto lugar y uno de sus tantos apodos: “el Niño de la Ruta”.
—El comentarista Delio Amado León me decía el Niño de la Ruta, él publicó una reseña mía en la cual me pronosticaba como el próximo campeón— destacó. Una premonición muy acertada.
En 1967 vuelve a correr la Vuelta a Venezuela con la camisa de su equipo CastelGandolfo. Y, como estaba pronosticado, se coronó ganador.
—Le regale esa copa a Cagua y ellos me llenaron de todo, me compraron bicicletas —recordó con nostalgia. El niño cuya añoranza era tener una bicicleta, ahora tenía para escoger—. Me cargaron como una reina en el techo de una camioneta, me tiraban flores y gritaban: ¡Nicolasito!, ¡Reidtler! Sin duda alguna, yo recibí mucho cariño de la gente.
Entre subidas, bajadas y aplausos tachirenses
En enero de 1968 corrió la Vuelta al Táchira y no logró entrar a los diez primeros puestos. Unos meses más tarde, regresó con su equipo al Clásico de la Consolación, venía de ser subcampeón de la Vuelta a Venezuela. Aunque había recibido ofertas de equipos tachirenses, él todavía no se decidía a dejar Cagua.
—Correr aquí en el Táchira era muy duro porque son puras subidas y bajadas —exclamó con el ceño fruncido y los labios apretados— el Clásico de la Consolación de Táriba eran tres etapas y yo llegué de quinto en la primera, en la segunda y en la tercera —soltó una carcajada y le dio un sorbo a su café—. En la general, también quedé de quinto.
Hugo Domingo Molina, presidente de la Lotería del Táchira, logró traerlo al estado andino. En uno de sus viajes a Cagua, lo mandó a buscar para convencerlo de firmar con el equipo lotero. Después de formar parte de las filas del Club de la Lotería, quedó de tercero en la Vuelta al Táchira de 1969. Participo en otras nueve ediciones y recibió cinco subtítulos.
—¿Qué sentía usted cuando veía a los tachirenses desbordados apoyándolo?
—Corrección: No es que sentía, es que siento —respondió con una sonrisa—, porque los tachirenses nunca se han olvidado de mí. La emoción más grande la vivo cuando estoy rodeado de su afecto. En la etapa de ayer, por ejemplo, tardé tres horas en llegar a la partida porque no hubo emisora que no me entrevistara. Abuelitos, atletas, niños querían tomarse fotos conmigo.
La carrera en Italia: Promesa de un futuro brillante
La naciente leyenda del ciclismo formó parte del equipo de ruta de Venezuela, en el Mundial de Ciclismo en San Cristóbal. También llegó a pedalear por las calles del Viejo Continente, cuando viajó a Italia para participar en el Piccolo Giro en 1976, competencia en la cual ganó la séptima etapa y fue campeón de montaña.
—Yo le di ese título al Táchira y a la Lotería, llevé esta tierra a Europa, donde no la ha llevado ningún ciclista —dijo con orgullo—. A mí me ofrecieron dinero y un contrato para correr en Europa, pero yo me regresé para Venezuela porque tenía el Campeonato Panamericano, quería regalarle ese título al país. Tal vez si me hubiera quedado en Italia, mi destino sería diferente.
Nicolás llevó al Táchira hasta el Clásico Naval en Trinidad y ganó de punta a punta. También fue a la Vuelta de la Costa Colombiana y estuvo en el Panamericano de Ciclismo.
Las leyendas se escriben con victorias y cicatrices
El Morocho se arremanga la bota del pantalón y deja al descubierto una cicatriz en su pierna. La piel luce irregular, con zonas rojizas e inflamadas, en uno de los costados se observan fístulas.
—A mí me reconstruyeron la rodilla izquierda; tengo ocho tornillos en el tobillo, también tengo tres operaciones de cadera —explicó mientras señalaba las cicatrices profundas—. A veces estoy bien, a veces estoy mal. Tengo una bacteria dentro del hueso y, por eso, estos huecos me supuran.
Las leyendas no solo se forjan en la gloria y los aplausos, también en las batallas donde su destino se pone a prueba. Nicolás Reidtler conoció lo fugaz del triunfo el 25 de mayo de 1978, cuando un accidente de tránsito, al regresar de la Vuelta a Barinas, detuvo sus pedales para siempre.
—Uno de mis compañeros murió en mis brazos, eso no se olvida —por primera vez a lo largo de la entrevista, su sonrisa desapareció y en sus ojos brilló la tristeza—. A mí me da pena mostrar mi cicatriz de la pierna. Yo me cuido mucho, me limpio con alcohol y agarro franelitas viejas, las corto como pañitos, para taparme la herida, porque eso siempre supura.
—¿Usted ha recibido el apoyo necesario después del accidente?
—De la gente sí; por ejemplo, cuando voy a la farmacia y pido las medicinas, hay personas que me saludan y me las regalan —sonríe—. En cuanto a las instituciones, eso ya es otra historia. Yo me decepciono porque a veces me ofrecen ayuda, pero no me cumplen.
Su casa también tiene cicatrices: Goteras en cada rincón, paredes desteñidas, el lavamanos desplomado. Sus luchas no son sólo de salud, también cotidianas: Pasó un mes sin gas, logró solventar gracias a un vecino que le regaló una pequeña cocina eléctrica.
Nicolás se levantó con dificultad, apoyado en su muleta, caminó hasta la mesa del comedor. En un rincón tiene una imagen de santa Rita de Casia, unos escapularios y la Virgen de Guadalupe. Desde su triunfo en Santa Rita de Casia, la estrella del ciclismo ve en la santa una fiel protectora.
—No ha sido fácil para mí —confesó en un susurro, con la mirada nublada por algunas lágrimas—. A veces se me mojan los ojos, pero le doy gracias todos los días a Dios y a ella —señaló la imagen de santa Rita con su mano —. Yo no pido una mansión. Deseo tranquilidad, vivir mis últimos años llenos de felicidad. Me gustaría, por favor, más atención de las instituciones, que me ayuden a evaluar mi pierna, yo la puedo perder por la bacteria.
Quizás los pedales se detuvieron aquel 25 de mayo, pero el cariño de sus seguidores continúa. En Cagua, una avenida lleva su nombre. Y en San Cristóbal, su escultura permanece intacta en Pueblo Nuevo. Nicolás Reidtler no conquistó la Vuelta al Táchira, pero alcanzó una victoria más grande: Su legado continúa rodando, más allá del tiempo y las medallas brillantes. (Mariangel Suárez)










