Venezolanos que trabajan para mitigar sufrimiento de venezolanos en diáspora

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La Parada es el lugar donde una vez pasada la frontera desde Venezuela muchos van de tránsito a otros destinos; pero también es el lugar donde muchos permanecen, o al menos lo convierten en su área de actividad económica.

Puede ser un paraje de oscuridad donde el delito, la competencia comercial voraz y las fuerzas irregulares acechan  e imponen el orden; o un paraje de luz donde se comprende al que cae sin un centavo en su bolsillo y un estómago lleno de hambre, y a través de la solidaridad se pueden establecer acuerdos para aliviar la lucha por la sobrevivencia.

La Parada se ha convertido en la miniatura de la crisis venezolana, y al investigador y/o reportero le puede ahorrar días y dinero de recorrido por el país, pues dentro de sus ásperos linderos el testimonio de gente que ha hecho vida allí proveniente de casi todos los estados.

Muchos cayeron allí desde muy lejos por recomendación de familiares y amigos, otros absolutamente en extravío o convencidos por una intuición  se deslumbraron por esta Meca o Bombay en pequeña escala, y detuvieron indefinidamente allí su errancia huyendo de la necesidad, y tratando de apoderarse de así sea un pequeño alivio a sus penurias.

También es cierto, como han reseñado los medios de comunicación de frontera, que no son pocas las personas que allí han encontrado un violento fin, sin un allegado que lloré su partida, o siquiera una sepultura decente para su cuerpo más allá de los pastizales o el rumor del río.

En socorro de otros venezolanos

Quien ha decidido “sentar cabeza” puede torcerse por inconvenientes caminos, o simplemente incorporarse a un bullicioso mercado de manera independiente e informal, o como empleado de variedad de negocios, en especial los enfocados al área de alimentos. El  cierre de frontera de inmediato golpeó esta semana la cartera de clientes venezolanos que le da vida a La Parada; pero igualmente afectó a la Casa de Paso La Divina Misericordia, en tanto una parte importante de sus voluntarios residen al otro lado de la frontera. Para ellos trabajar en ese hospicio además de una alternativa de recibir a cambio de sus servicios, alivio y una humilde mesada, les representa la satisfacción de cocinar y repartir platos de comida a sus compatriotas en situación de hambre, así como de apoyar la asistencia médica gratuita que se ofrece en el lugar.

Si bien es cierto, la Casa de Paso La Divina Misericordia, no atiende en exclusiva a los venezolanos sino que cumple el mandato de Cristo de servir al necesitado sin discriminación de ningún tipo, quien se atreva a sostener que en Venezuela “no pasa nada”, deben dudar un poco de sus aseveraciones al acercarse a las personas que atiborran los mesones a la hora del desayuno y el almuerzo, que deben ser ocupados en grupo por turnos, y en el que diariamente se ofrecen alrededor de 8 mil raciones de comida.

Ayuda al más necesitado

Una de esas venezolanas voluntarias  es Delida Josefina Neliz Paéz, proveniente de San Carlos estado Cojedes.

Nos contó que hace un año y seis meses ella era una más de los venezolanos que no soporto la situación difícil de nuestro país. Se vino con su hija y una nuera, y atendiendo a los rumores del lugar vino a ser una beneficiada más del comedor. No solo sació su hambre y su sed sino que de inmediato, y con un sentido de lucha social y política ya formado, se sintonizó con el trabajo que a su alrededor veía y se puso a disposición para ser parte del voluntariado, siendo aceptada casi de inmediato.

Conocer de primera mano la situación de la diáspora venezolana que traspasa las fronteras con rumbo a otros países latinoamericanos, no es fácil de asimilar para Delida:

“No es lo mismo que te lo cuenten, a que tu lo vivas en carne propia. A mí se me murió una sobrina de seis años por falta de medicamentos, y como yo muchos de los venezolanos que llegan aquí han vivido su tragedia personal por la desatención social y la extrema pobreza. Mi hijo fue asesinado por robarle su carro. Que mis nietos se pararan todos los días a pedirme comida y no tener lo suficiente para atenderlos fue una de las razones que me hizo venirme para acá. Llegar aquí y ser parte de la Casa de Paso ha sido para mí una experiencia bonita, porque de una u otra manera siento que estoy ayudando a mi gente”

Ella es uno de los 20 venezolanos que integran el equipo de voluntariado, el cual ha dolorosamente constatado cómo se ha agravado la crisis, disponiendo como termómetro el aumento de venezolanos que se acercan por su ración

“Cuando llegue aquí hace año y medio no había la cantidad de personas que están entrando ahorita. En ese entonces apenas se atendían alrededor de 400 personas; hoy en día ese número ha aumentado a las 4400 personas. Quiero decir con esto que la situación es cada vez más difícil, no es como dicen muchos allá que esto es embuste, que nuestro país no pasa necesidad. Esto es cierto y yo lo vivo día tras día, noche tras noche, viendo a nuestra gente durmiendo en la calle con sus hijos. Nosotros no somos locos para dejar una casa, una familia y venirnos a un país que no conocemos sin ningún motivo. Para nadie es un secreto que los recién nacidos se nos están muriendo en los hospitales por falta de atención médica, y en los hogares por desnutrición”.

Piensa que el cierre de frontera a la larga afectará más a la gente de San Antonio y Ureña, porque si al menos mal que bien un venezolano que ha llegado a territorio colombiano puede contar así sea por caridad con un suministro de alimentos, las poblaciones fronterizas que paliaban sus necesidades viniendo a adquirir los productos de la canasta básica en La Parada, enfrentarán una preocupante desabastecimiento de resultados impredecibles, teniendo además en cuenta que tanto en San Antonio y Ureña se ha sobrepoblacionado con gente procedente de todas las ciudades de Venezuela.

Atención internacional

Para los  medios de comunicación del mundo presentes durante los días del concierto Live Aid y el intento de ingresar al país de la ayuda humanitaria,  no ha pasado por alto la actividad de la Casa Hogar Divina Providencia.

Jovel Álvarez, periodista independiente de Costa Rica, relató cómo un hombre se le acercó para preguntarle dónde quedaba la ciudad de Cali, pues necesitaba llegar allá a pie. Al no saber la respuesta pues no residía en Colombia, consultó su dispositivo móvil y se enteró que la distancia entre Cúcuta y Cali comprendía 950 kilómetros, alrededor de 20 horas en vehículo. Este hombre le contó que no solo fue chavista, sino que participó en el Golpe de Estado de 1992, y que se indigna la negación de muchos funcionarios públicos de la crisis social y económica venezolana, y también se indignan de las ostentosas fortunas de muchos altos mandos del Estado, consideradas de las mayores del mundo.

Para el comunicador social es necesario recoger lo máximo que sea posible los testimonios de aquellos quienes por extrema necesidad se ven obligados a abandonar su país, y recabarlos en documentos audiovisuales y escritos para que no sean nunca olvidados por la Historia.

Freddy Omar Durán