Opinión
¿A quién se debe la lealtad?
lunes 24 agosto, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
La traición tiene mala prensa. Quizás porque siempre la cuenta quien sobrevivió a ella, o porque preferimos pensar la política como un territorio de fidelidades cuando, desde Roma hasta nuestros días, ha sido más bien un mercado de lealtades cambiantes.
Julio César lo descubrió en los idus de marzo del año 44 a. C. No murió frente a un ejército enemigo sino rodeado de senadores romanos. Entre ellos estaba Bruto, convertido después en arquetipo universal del traidor. Shakespeare inmortalizó la escena con el célebre Et tu, Brute? y desde entonces hemos mirado el asesinato de César principalmente como una tragedia de lealtades personales.
Pero hay otra pregunta menos sentimental y políticamente más interesante: ¿Bruto traicionó a César o creyó ser leal a Roma?
La política existe mediante instituciones, normas, jerarquías y relaciones concretas de poder. Un gobernante ocupa temporalmente una posición dentro de esa estructura, aunque con frecuencia termine creyendo que la estructura le pertenece. Es una confusión antigua. También bastante humana.
Un servidor público puede sentir gratitud hacia quien lo nombró, admiración por un presidente e incluso amistad personal con él. Pero ninguna de esas relaciones constituye el fundamento de su función pública. El funcionario administra una parcela del Estado; no una extensión de la casa del gobernante.
El verdadero problema aparece cuando ambas lealtades entran en conflicto.
En los sistemas donde el gobernante comienza a confundirse con el Estado, defender las instituciones puede ser presentado como una traición al jefe. Y, paradójicamente, demostrar fidelidad personal al jefe puede exigir traicionar las mismas instituciones que se juró proteger.
Por eso la palabra “traidor” resulta políticamente sospechosa cuando se utiliza sin explicar qué fue exactamente lo traicionado.
Bruto fue desleal a César. Eso parece evidente. Mucho más discutible es afirmar que por ello fue desleal a Roma. Él y los demás conspiradores podían creer que eliminaban a un hombre para preservar la República. Que terminaran precipitando precisamente aquello que pretendían impedir —el fin de la República— constituye una de esas ironías que la historia administra con particular crueldad.
Un servidor público enfrenta, en ocasiones, una versión menos dramática del mismo dilema: obedecer al gobernante o permanecer fiel a la institución.
La respuesta debería parecer sencilla. Casi nunca lo es.
Porque cuando la lealtad al gobernante sustituye definitivamente a la lealtad institucional, el Estado deja lentamente de ser Estado para convertirse en corte. Y en las cortes todos proclaman fidelidad eterna.
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