Opinión
Cómo ocurrió esa pérdida cuando la mirada dejó de pertenecernos
viernes 31 julio, 2026
*Viena Zamudio Valero
“…Comencé mirando y terminé viendo…”
Después de publicar Cuando la mirada dejó de pertenecernos (17-07-26), el verdadero debate apenas comenzaba. Las observaciones que siguieron desplazaron la reflexión hacia una capa más profunda. Una recordaba, desde la filosofía clásica, que mirar no equivale a ver; otra preguntaba si la repetición algorítmica termina orientando nuestra mirada. La conversación dejó entonces de situarse únicamente en la mirada para dirigirse hacia una inquietud más profunda: ¿en qué momento dejamos de distinguir entre ver y mirar?
Volver a los filósofos clásicos reveló que aquella observación no era un asunto de verbos. Aristóteles advertía que el ojo no ve por ser únicamente un órgano corpóreo; el acto de ver compromete también la sensibilidad y el intelecto. Platón situaba el ver en la salida de la caverna, allí donde el ser humano abandona las sombras para reconocer la verdad. Parménides distinguía entre la apariencia y aquello que permanece, mientras Heráclito recordaba que comprender el mundo exige descubrir el logos que atraviesa su constante devenir. Ninguno reducía el ver a la recepción de estímulos. Ver no concluía en los ojos. Comenzaba allí un proceso de comprensión que ninguna mirada superficial podía sustituir.
Esa diferencia acompañó el pensamiento occidental durante siglos. La tecnología transformó la comunicación, pero los entornos digitales intervienen hoy de forma inédita en la orientación de la mirada. La irrupción del algoritmo introduce una posibilidad nueva: si ya no decidimos completamente dónde detenernos, quizá la pérdida no consista únicamente en mirar más rápido, sino en haber comenzado a delegar el acto mismo de ver.
La investigación contemporánea ha explicado muchas de las transformaciones que hoy atraviesan nuestra experiencia de comunicación. Crary analizó la reorganización de la atención; Citton y Stiegler advirtieron la captura de nuestra ecología atencional; Turkle examinó el deterioro del encuentro humano; Han reflexionó sobre la pérdida de la experiencia del otro, mientras Lacan convirtió la mirada en una categoría central del deseo y la alteridad. Sin embargo, una pregunta permanece abierta: ¿qué ocurre cuando la mirada no solo es condicionada, sino anticipada? Tal vez sea allí donde comienza la verdadera transformación: no cuando cambia aquello que vemos, sino cuando deja de pertenecernos la decisión de hacia dónde mirar.
Si la repetición algorítmica aprende aquello que observamos y comienza a devolvernos versiones cada vez más parecidas de nuestros propios intereses, la transformación ocurre antes de que seamos conscientes de ella. No se limita a organizar contenidos: organiza recorridos. Poco a poco dejamos de decidir dónde detenernos porque una arquitectura digital comenzó a anticipar nuestras decisiones. El algoritmo no obliga a mirar; simplemente vuelve cada vez más probable una dirección y cada vez menos visibles las demás.
¿Cómo ocurrió esa pérdida? No hubo un instante fundacional. Transitó en silencio, como el desgaste de una piedra por el agua, hasta que dejamos de advertir que algo esencial había cambiado. La rapidez sustituyó la demora; la repetición desplazó la elección; el hábito terminó pareciendo naturaleza. Sin violencia, sin imposición visible, la orientación de la mirada comenzó a desplazarse desde el sujeto hacia arquitecturas digitales capaces de anticipar aquello que captaríamos después. La pérdida nunca fue súbita. Fue una lenta renuncia a la decisión de mirar.
Tal vez la pérdida más profunda no consista en mirar demasiado, sino en dejar de penetrar aquello que miramos. La repetición produce familiaridad, pero no necesariamente comprensión. Reconocemos con rapidez, reaccionamos con inmediatez, pero dedicamos cada vez menos esfuerzo a descubrir aquello que permanece oculto bajo la superficie. El trasfondo no desaparece. Somos nosotros quienes dejamos de demorarnos en él.
Si la mirada fue siempre una de las formas más profundas mediante las cuales los seres humanos reconocieron al otro y construyeron conocimiento, quizá el desafío contemporáneo no consista únicamente en regular el tiempo que pasamos frente a una pantalla. Tal vez consista en recuperar la libertad de decidir dónde detenernos. La diferencia entre ver y mirar quizá nunca haya desaparecido por completo; acaso haya quedado sepultada bajo una forma de atención que aprendimos sin advertirlo. Recuperar esa libertad no depende del algoritmo, sino de nuestra decisión de volver a mirar con intención. Porque allí donde el ser humano recupera la decisión sobre su propia mirada, comienza también a recuperar una parte de sí mismo.
Quizá la siguiente pregunta ya no sea qué orienta nuestra mirada, sino qué ocurre con el tiempo interior que toda mirada necesita para convertirse en comprensión.
*Comunicadora social. Profesora en la Universidad de Los Andes, Táchira.
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