Opinión
¿Cuál debe ser el proyecto común del Táchira para 2040?
viernes 7 agosto, 2026
Las sociedades no se desarrollan porque tengan recursos; se desarrollan porque tienen un
destino compartido.
Alans Peralta Mora
Faltan catorce años para 2040. No es poco tiempo, pero tampoco es suficiente si se empieza tarde. Y la pregunta que esta región lleva décadas aplazando merece, por fin, una respuesta concreta: ¿cuál es el proyecto que el Táchira quiere construir para sí mismo?
La respuesta que propongo no es modesta: convertir al Táchira en la principal región binacional de América del Sur en servicios, conocimiento, agroindustria y logística. Tenemos la ubicación, la historia, la base humana y la experiencia para transformar esa visión en un plan de acción. Lo que nos ha faltado, hasta ahora, es la decisión de ponernos de acuerdo en el destino.
Como he argumentado en artículos anteriores, la región necesita algo más que identidad y liderazgo: necesita una visión compartida de futuro. Y esa visión exige tres condiciones que deben construirse en paralelo: una élite articuladora capaz de sostener el proyecto más allá de los ciclos políticos, una base económica sólida que lo financie y una estrategia propia frente a Colombia que aproveche nuestra condición fronteriza como ventaja, no como vulnerabilidad.
Los cuatro pilares del proyecto
El proyecto común del Táchira debe sustentarse sobre cuatro columnas. Las enuncio aquí en el orden en que deben construirse, no en el orden en que suenan mejor:
Primero, una agroindustria con vocación exportadora. Segundo, una economía del conocimiento aplicada a la cadena productiva. Tercero, la integración productiva real con el Norte de Santander. Y cuarto, la formación deliberada de un talento y un liderazgo regional capaces de sostener las tres anteriores.
Uno de los errores históricos más costosos de nuestra región ha sido tratar a la agricultura y la ganadería como un sector uniforme. Al hacerlo, hemos desperdiciado una ventaja que pocas regiones del continente tienen: el Táchira posee cuatro zonas agroclimáticas diferenciadas —zona alta, zona media, piedemonte y franja fronteriza— que, bien articuladas, permiten construir una oferta diversificada y competitiva.
La zona alta reúne condiciones favorables para el café de especialidad, un mercado global en expansión con precios muy superiores al café commodity. La zona media tiene potencial para los cítricos y otros frutales. El piedemonte es fértil para alimentos de alto consumo: maíz, yuca, plátano, palma. Y la franja fronteriza puede convertirse en sede de la agroindustria liviana orientada a la exportación, aprovechando la doble aduana como un activo logístico.
Este modelo no elimina la ganadería de leche y carne, que tiene su propio espacio en el circuito productivo. Lo que hace es superar la visión de monocultivo mental: dejar de pensar en “la agricultura” como una sola cosa y empezar a construir cadenas de valor por zonas, con mercados diferenciados y valor agregado en origen.
La economía del conocimiento: no es tecnología, es valor
El segundo pilar requiere una aclaración previa, porque suele confundirse. Cuando hablo de economía del conocimiento no me refiero únicamente a tecnología o digitalización. Me refiero a la capacidad de crear valor económico a partir de tres fuentes: la investigación formalizada —patentes, software, diseño—, las habilidades especializadas —el know-how que no se compra sino que se forma— y las redes de conocimiento que conectan personas con mercados.
El Táchira no puede competir en economías de escala con regiones de mayor capital, población e infraestructura. Esa carrera está perdida de antemano. Pero sí tiene algo que no se improvisa: talento disperso en universidades y centros de investigación de
primera línea en todo el mundo, y una diáspora que —como he argumentado en otro artículo— no es una pérdida sino una extensión del territorio.
La economía del conocimiento aplicada al proyecto regional tachirense debería enfocarse en dos frentes concretos: primero, tecnología aplicada a la cadena productiva
—agricultura de precisión, certificación digital para el café de especialidad, plataformas de mercado binacional—; y segundo, servicios profesionales de alto valor para el mercado binacional: asesoría legal y notarial, consultoría de negocios, diseño, producción de contenidos y comunicación estratégica. Son sectores donde la ventaja fronteriza se convierte en diferencial competitivo real.
El tercer pilar es el que más se menciona en los discursos y menos se construye en la práctica. La integración productiva con el Norte de Santander no puede seguir siendo una aspiración retórica. Debe traducirse en cadenas de valor compartidas, marcos normativos binacionales para la circulación de bienes y personas, y una institucionalidad de frontera que reemplace la informalidad actual por reglas predecibles.
Colombia ha desarrollado en los últimos años políticas de innovación y de economía naranja con resultados concretos. Los tachirenses, por nuestra condición fronteriza, tenemos la ventaja de entender ese ecosistema desde adentro. La pregunta es si vamos a aprovechar esa comprensión para vincularnos activamente a él —como proveedores de servicios, como socios de proyecto, como plataforma logística— o si vamos a seguir mirándolo desde la orilla.
El cuarto pilar: formar a quienes van a sostener todo esto
Ninguno de los tres pilares anteriores se sostiene sin el cuarto, y es el que más tiempo requiere: la formación de un talento regional y de un liderazgo capaz de llevar el proyecto más allá de una generación.
Aquí hay un cambio de paradigma necesario: la universidad no es solo una institución educativa. En el marco de este proyecto, es un actor económico. Las universidades regionales deben funcionar como plataformas de generación de conocimiento aplicado, como prestadoras de servicios técnicos al sector productivo y como nodos de conexión con redes académicas globales. Deben orientarse a resolver problemas locales con visión de mercados globales: lo que los urbanistas llaman glocal —pensar globalmente, actuar localmente— pero aplicado con rigor y sin retórica.
El liderazgo regional que este proyecto demanda no se improvisa ni se hereda. Se recluta, se forma y se sostiene con incentivos. La élite articuladora que el Táchira necesita no surgirá espontáneamente: hay que tomar decisiones conscientes para construirla.
El proyecto común tachirense no es una utopía. Es una elección. La pregunta no es si el Táchira tiene condiciones para convertirse en una región de referencia en América del Sur: las tiene. La pregunta es si existe la voluntad de ponerse de acuerdo en el destino y la disciplina de caminar hacia él, año a año, durante los próximos catorce.
Las regiones que han logrado transformaciones de este tipo no lo hicieron porque tuvieran más recursos que sus vecinas. Lo hicieron porque decidieron, antes que nada, hacia dónde querían ir..
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