Opinión
De los siete segundos a lo que aprendemos a esperar
viernes 9 octubre, 2026
Viena Zamudio Valero *
¿Qué ocurre cuando el interlocutor no cumple las reglas de la comunicación humana?
En la intimidad de una habitación, una persona escribe a un asistente de inteligencia artificial una preocupación que había guardado para sí. Después de la mesa compartida, la escena cambia: ahora alguien escribe a solas, pero la pregunta por lo que ocurre entre los sujetos cuando la atención se desplaza permanece. Siete segundos después recibe una respuesta que retoma sus palabras, ofrece apoyo y parece haber entendido. Al leerla, siente alivio. «Me comprendió», piensa. Revisemos con detenimiento la escena.
No se habla con un agente de IA: se escribe, se teclea, se dicta; se produce lenguaje dirigido a un sistema que devuelve una salida. Quien escribe recibe esa devolución y la asume como respuesta; esa interpretación constituye el «hablar con». Pero el diálogo no reside en el intercambio, sino en la atribución. La pregunta que debería inquietarnos no es si comprendió, sino qué estamos atribuyendo cuando sus respuestas nos hacen sentir escuchados.
La comunicación humana, tal como suele entenderse, supone algo más que el intercambio de mensajes: presupone intencionalidad —alguien quiere decir algo—; implica retroalimentación —el otro responde y ajustamos—; conlleva un contexto compartido y una relación que se construye y modifica con cada palabra. En la interacción con una IA, ninguna de esas condiciones se cumple: no subyace una intención de comprender, no se entabla un vínculo que se transforme con el intercambio. Lo que opera es un procesamiento estadístico; la reciprocidad intencional está ausente.
Andrea Guzman y Seth Lewis (2020) advierten que los paradigmas clásicos de la comunicación interpersonal ya no alcanzan para describir la comunicación con máquinas que imitan funciones humanas. De ahí su apuesta por la comunicación humano-máquina como campo propio: el eje no está en lo que la IA es, sino en lo que los humanos hacemos con ella y le atribuimos. Los autores recomiendan estudiar cómo esas interacciones reconfiguran los roles y los vínculos entre las personas y la tecnología. El desplazamiento es decisivo: el fenómeno no habita la máquina; habita en nosotros.
Proyectamos intencionalidad donde no existe; inventamos contexto donde solo media la continuidad técnica; construimos relación donde solo se da entrada y salida de datos. La IA puede retomar un detalle del relato y responder con una frase de apoyo, pero ese ajuste no demuestra que haya querido comprendernos. Quien consulta reconoce señales de escucha y les atribuye una intención de cuidado; la distancia entre lo que obtiene y lo que atribuye es, precisamente, el fenómeno comunicacional.
Reconfiguramos nuestras competencias comunicativas para adaptarnos a un interlocutor que no cumple las reglas de la comunicación humana: aprendemos a formular mejor las preguntas, a añadir contexto, a ajustar lo que pedimos para obtener otra respuesta. Esa adaptación tiene consecuencias: si nos acostumbramos a un interlocutor que responde de inmediato, que no se cansa, que no juzga y que parece ajustarse a nosotros, ¿qué esperamos después de otras personas? ¿Trasladamos a los demás la exigencia de una respuesta inmediata y perfectamente ajustada a nuestras necesidades?
La comunicación con IA no es una versión deficiente de la comunicación humana, sino una categoría distinta: una interacción mediada por lenguaje donde la reciprocidad intencional está ausente. Así la describen Guzman y Lewis (2020) al proponer la comunicación humano-máquina como campo propio. Y esa diferencia importa porque, al volverse rutinaria, puede transformar nuestras competencias comunicativas: la tolerancia a la espera, a la fricción, a la voluntad distinta del otro puede reconfigurarse; la ausencia de juicio puede leerse como aceptación, la disponibilidad permanente como presencia, el procesamiento como escucha.
No hablamos con máquinas; escribimos a un sistema y leemos su salida como si nos respondiera. Esa interacción reconfigura los roles y los vínculos entre las personas y la tecnología; añadiría algo más: también puede rehacer lo que esperamos de las personas. La pregunta, entonces, no es solo qué le escribimos a la IA cuando le confiamos lo que nos preocupa, sino qué aprendemos a esperar de quien puede respondernos con una voluntad distinta de la nuestra.
*Comunicadora Social. Profesora de la Universidad de Los Andes, Núcleo Táchira.
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