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Díganme el precio real

Francisco Corsica


En un artículo reciente, disertamos un poco sobre nuestros problemas con los números y su repercusión sobre la reconversión monetaria llevada a cabo el 1 de octubre pasado. Con la calculadora de un teléfono inteligente podemos sacar cuentas más rápido que el mismísimo Correcaminos. Mentalmente, en cambio, se hace difícil una operación tan sencilla como dividir entre un millón una cifra. Increíble.

«Un día a la vez», reza un dicho bastante verídico. Ayer fue un día lluvioso en la capital de la República. Parecía que el cielo iba a caerse. Quizá lo único bueno de un clima así es el aire fresco y la soledad en las oficinas y recintos. Bueno, al menos para uno como usuario. Gracias a eso, los trámites que duran cuatro horas pueden cumplirse en media hora nada más.

Retomemos el relato. Caminando bajo semejante tempestad me paré en un local a comprar algo. Delante de mí había otro cliente. Pidió un paquete de caramelos mentolados. La cajera le apartó el pedido y le dijo “son cuatro”. Al mismo tiempo que tendió su mano hacia él —pidiéndole sutilmente el pago—, el cliente hizo un gesto de indignación que ni el tapaboca logró disimular. “¡Cuatro dólares por esa tontería! ¡Demasiado caro! Eso no vale tanto. No me dé nada, gracias”.

La cajera rechistó inmediatamente. “Cuatro bolívares digitales, señor. Ese es el precio de venta al público. Sería menos de un dólar”, fueron sus palabras. El hombre se calmó y sacó su tarjeta de débito para pagar. A ese monto accedió de inmediato y se fue más contento que muchachito con juguete nuevo. Seguidamente vine yo e hice lo propio, adquiriendo un par de productos que requería en casa.

¿Qué les puedo decir? Regresando a mi morada recordaba aquel singular episodio y me reía solo. Efectivamente eran cuatro. Lo que no podía adivinarse a ciencia cierta era la moneda con la cual cobraban. A mí sí me dijo que el monto de su venta estaba reflejado en bolívares. Si alguien quería pagar en dólares, la tasa para realizar el cálculo era la del Banco Central de Venezuela. Ellos mismos lo pueden hacer en el momento.

Sin dudarlo, cuatro bolívares no son cuatro dólares. Al momento de la redacción de este párrafo, cuatro bolívares representan un poco menos de un dólar y cuatro dólares son casi diecisiete bolívares. Por ahí van los tiros. La confusión es válida tomando en cuenta que en nuestro país actualmente circula más de una divisa extranjera. Al decir un monto sin especificar la moneda, se puede asumir que el precio sale reflejado en cualquiera de ellas y no en la local. De esa forma, sonará muy barato o muy caro.

Por lo visto, no solo nos cuesta como población la eliminación de los famosos seis ceros. ¡Además hay que preguntar a qué equivale el precio! Todo el mundo dice algo diferente. Inclusive se oye a uno que otro comerciante decir “son siete mil quinientos”. Uno sabe que en realidad se refiere a 7,50 bolívares digitales. El problema está en que hace la reconversión incompleta. Si nos basamos en la cantidad de ceros eliminados, la dejaron por la mitad al solo haber eliminado tres de los seis requeridos.

Usando ese mismo monto, no quiero imaginarme el despelote en la frontera. No son lo mismo 7.500 bolívares digitales que pesos colombianos. Convirtiendo ambos al dólar, el monto del primero se convierte en una importante suma de dinero. Podría comprarse un electrodoméstico con eso. El segundo, en cambio, equivale a dos de los paquetes de caramelitos de los que antes hablamos. ¿No es más fácil llamar las cosas por su nombre y dejar de confundir a los demás? Solamente sugiero.

Dejemos las cuentas hasta aquí. Mucho número revuelto en un solo escrito. Basta por lo pronto de conversiones, multiplicaciones y divisiones. En fin, ¿Qué les cuesta terminar la frase con el nombre de la moneda que usan para cobrar? Solamente sería agregar una palabra más al final. Una solita. No existe dificultad en ello. Ojalá todos comencemos a decir el precio real de los bienes y servicios en el mercado. Que se vuelva costumbre entre todos. No hay que dejar a la imaginación del oyente a cuál de todas ellas se refieren, pues puede equivocarse en su ejercicio de adivinación.

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