Opinión
El Eje de la Unión: Cuando Pamplona esculpió el destino y las raíces del Valle del Táchira
martes 22 septiembre, 2026
Alexis Balza
La historia de nuestra frontera no comenzó con los tratados de límites ni con los hitos de cemento que hoy fragmentan el paisaje; sus cimientos hunden sus raíces en el pulso tenaz de una época en que la voluntad humana desafió la geografia. Para comprender la génesis de lo que hoy somos —un vibrante tejido binacional que une a Pamplona, Cúcuta, Villa del Rosario y San Antonio del Táchira— es imperativo remontarnos al siglo XVI, al momento fundacional en que la Pamplona de Indias se erigió como el gran epicentro articulador de toda la depresión nororiental.
Fundada en noviembre de 1549 por los capitanes Pedro de Ursúa y Ortún Velázquez de Velasco, la ciudad de Pamplona no fue meramente un enclave de montaña; se convirtió en la plataforma de irradiación geopolítica más importante de la cordillera. Desde sus recintos capitulares y a través de los archivos coloniales que hoy custodiamos en la memoria, emerge con claridad cómo el Cabildo pamplonés proyectó su mirada hacia las tierras bajas y los valles circundantes.
Aquel vasto territorio que comprendía el Valle del Táchira y los parajes de Legamarís no tardó en incorporarse al aparato administrativo de la conquista mediante el sistema de encomiendas. Documentos tempranos, como los registros de tasaciones y visitas, nos revelan nombres de soldadesca y capitanes convertidos en primeros pobladores, tal es el caso de Pedro López de Garfias, a quien en abril de 1557 se le encomendó el repartimiento de los naturales de Legueremari. Aquella merced no era un simple título señorial; representaba el inicio de una cadena de poblamiento, tasaciones de tributos en mantas de algodón y bastimentos, y la dolorosa pero inevitable colisión de mundos que daría paso a la sociedad mestiza de la frontera.
Este proceso expansivo no ocurrió de manera aislada. La conquista de la región fue una gran coreografía militar y civil que encontró en Juan de Maldonado al artífice de la fundación de San Cristóbal en 1561, y en Francisco de Cáceres al conquistador que aseguró las rutas hacia La Grita en 1576. Cada hueste, cada encomienda establecida y cada camino abierto entre la niebla de los páramos y el calor de los valles configuraron un corredor estratégico indispensable.
Mientras Pamplona dictaba las ordenanzas desde la altura, el Valle del Táchira se consolidaba como un espacio dinámico de tránsito, agricultura y resistencia. Las parcialidades indígenas locales, sometidas al rigor de las encomiendas y a las subsecuentes agregaciones y reducciones de los oidores de la Real Audiencia, fueron cediendo su espacio a una nueva territorialidad que germinaría, siglos más tarde, en el resurgimiento definitivo de San Antonio del Táchira.
El Eje de la Unión, una fraternidad forjada en la tormenta
Hoy, al recorrer los archivos parroquiales, los legajos eclesiásticos de Pamplona y los testimonios de nuestras investigaciones, comprendemos que Cúcuta, Villa del Rosario y San Antonio del Táchira comparten un mismo cordón umbilical histórico. No son realidades separadas por accidente geográfico, sino los eslabones de una misma cadena formativa.
Como lo expuse en La fraternidad en la tormenta, el tiempo de las lamentaciones fronterizas debe dar paso a la certeza de nuestro origen común. Reconocer este pasado compartido es el primer gran paso para reconstruir el gran eje de la unión que hoy, más que nunca, reclama vigencia en el corazón de nuestros pueblos.
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