Opinión, Regional
El peso (colombiano) y el vacío
lunes 28 septiembre, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
En el Táchira, el peso colombiano no llegó como ejército de ocupación. Llegó como llegan las cosas necesarias: sin permiso, sin himno y sin pedir audiencia en Caracas. Entró por la rendija que dejó abierta el bolívar cuando dejó de servir para comprar, vender, ahorrar, calcular o simplemente sobrevivir una semana sin sentirse estafado por la aritmética.
Por eso conviene desconfiar de las soluciones solemnes, sobre todo cuando vienen en forma de prohibición. Hay quienes creen que una moneda desaparece porque alguien la declara indeseable. Es una fe curiosa en el poder mágico del decreto, como si la realidad obedeciera con solo escuchar el tono grave del funcionario.
La propuesta de prohibir el uso del peso parte de un malestar real. Los productores se quejan de distorsiones cambiarias. Los comerciantes hacen cuentas con tres referencias distintas. El consumidor recibe precios que parecen escritos en una pizarra movediza. El dólar, el bolívar y el peso forman una pequeña santísima trinidad de la confusión fronteriza.
Pero una cosa es reconocer el problema y otra confundir el síntoma con la causa. El peso no creó la crisis monetaria venezolana. Ocupó el espacio que la crisis dejó libre. Culparlo por el desorden económico del Táchira es como culpar al bastón por la cojera del enfermo. Si el enfermo todavía no camina, quitarle el bastón no lo cura: lo tumba.
Una moneda no es solo un símbolo patrio. Es, antes que nada, una herramienta. Sirve o no sirve. Permite intercambiar, calcular, pagar deudas, fijar precios, conservar valor. Si no cumple esas funciones, por más escudo, prócer y firma que exhiba, se convierte en decoración administrativa.
Prohibir el peso sin reconstruir antes las condiciones que lo hicieron necesario sería otro capítulo del viejo voluntarismo venezolano: decretar el orden para no construirlo. Si no hay confianza en el bolívar, si las casas de cambio no funcionan, si los bancos no alcanzan, si los puntos de venta fallan y la electricidad convierte cada pago en una apuesta, la prohibición no acabará con el peso. Lo empujará hacia zonas aún más oscuras.
Defender el bolívar no significa perseguir al peso. Significa hacer que el bolívar vuelva a tener cuerpo: estabilidad, respaldo, banca útil, reglas claras. Todo lo demás es teatro patriótico.
No se trata de defender al peso. Se trata de mirar de frente el vacío que lo hizo indispensable.
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