Opinión
Emaús: donde la dignidad humana se hace pan, justicia y esperanza
domingo 19 abril, 2026
Pedro Morales
Ciertamente, hay momentos en la vida en los que el alma se siente como un paisaje después de la tormenta, donde el silencio pesa y los pasos se vuelven lentos, tal como aquellos discípulos que caminaban hacia Emaús con el corazón roto por lo que creían haber perdido para siempre (Lucas 24, 13-35). Por eso, si hoy usted siente que el peso de sus ausencias, la precariedad de su sustento o la soledad de sus luchas le quitan el aire, permítase el sagrado permiso de llorar, pues esas lágrimas no son señal de derrota, sino el abono bendito de una tierra que está a punto de florecer.
Es en este horizonte de vulnerabilidad, en medio de este dolor que a veces no encuentra consuelo, es necesario que sepa que el Señor no busca su fortaleza, sino su verdad. Él no se distrae con explicaciones vacías sobre lo que es “posible” o “factible”, ni con el peso de balanzas engañosas que pretenden ignorar la dimensión humana en toda su integridad, mientras se ignora el grito profundo de quien padece (Hechos 2, 22-33).
No obstante, aunque el mundo a veces parezca hostil y sienta el frío de quienes se alejaron, esa misma fragilidad es la que hoy se convierte en el altar donde ocurre el milagro de la multiplicación (Juan 6, 1-15). Usted no necesita seguir esperando a que quienes solo ven números y se rigen por el espíritu del mundo (ese sistema de valores que prioriza el cálculo material, la eficiencia fría y la apariencia sobre la dignidad trascendente del ser humano) comprendan finalmente su cansancio; pues su derecho sagrado a una vida plena y a un sustento vital no puede seguir postergado por la letra fría que asfixia la esperanza, razonamientos que olvidan que detrás de cada necesidad hay un ser humano herido en su valor más alto y trascendente (1 Pedro 1, 18-19).
Por lo tanto, usted solo necesita entregar sus manos, así como están, temblorosas y agotadas, para que el amor de Dios las tome y convierta su carencia en una paz que el mundo no puede entender ni arrebatar (Juan 14, 27).
Es allí, al reconocer que cada suspiro de su pecho es escuchado en lo más alto (Salmo 33, 18-19), la vida deja de ser una carga incierta para transformarse en un encuentro profundo, donde se comprende que la integridad de su existencia está por encima de cualquier yugo impuesto que ignore la justicia del Reino. Incluso el acto de “partir el pan” se vuelve el abrazo de quien le dice que su bienestar y el fruto digno y justo de su labor son una urgencia del cielo que no admite más esperas ni estudios deshumanizantes (Lucas 24, 30-31).
Bajo este amparo, la presencia de María, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Consolación, se hace más dulce que nunca. Ella representa en este mensaje el refugio seguro ante las asperezas del camino y la insensibilidad de los sistemas; es la madre que enjuga el rostro de su hijo y le recuerda que ella estuvo al pie de la cruz (Juan 19, 25) para que usted hoy no tenga que cargar la suya en soledad.
Finalmente, se le invita a cerrar sus ojos y sienta que hay un mando superior que lo sostiene con una ternura infinita, que conoce la realidad de su mesa y de su hogar, y que jamás permitirá que su dignidad sea sacrificada en el altar de la indiferencia o de una fría estadística que pretenda reducir su vida a una cifra (Salmo 15).
Por último, quédese con la certeza de que su historia no termina en la espera de respuestas que olvidan su rostro, sino en el abrazo eterno de quien lo amó tanto que entregó todo por usted (Juan 3, 16). ¡Bendito y alabado sea el Señor!, pues nuestro Señor ha transformado hoy sus silencios en una alegría y una justicia plena que ya nadie podrá borrar.
¡Al final, el Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María triunfará!
*Economista (ULA). Profesor Titular de la ULA y la UNET.
Misión eucarística para la liberación espiritual: «Salve, María Auxiliadora, economía de la salvación y de la felicidad verdadera».
Bertha Eunice Sánchez Martínez Licenciada en Educación (UCAT). Magíster de la UNET. Postración y Adoración Eucarística en la Iglesia Cristo Rey e Iglesia Corpus Christi. Cofrade del Santísimo Sacrament
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