Opinión
Encovi 2025: la feminización silenciosa de la crisis venezolana
domingo 7 junio, 2026
¿De qué sirve que un país “mejore” si sus mujeres siguen pagando el costo más alto de la crisis?
Susana Reina
De qué sirve que un país “mejore” si sus mujeres siguen pagando el costo más alto de la crisis? La más reciente Encuesta Nacional de Condiciones de vida (ENCOVI 2025), presentada en 2026 por la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab), muestra una Venezuela que parece recuperarse en algunos indicadores agregados mientras mantiene intactas sus desigualdades más profundas.
Aunque la pobreza por ingresos muestra una leve reducción, la pobreza multidimensional sigue afectando a más de la mitad de la población, en un contexto donde los servicios básicos, la educación y el empleo continúan profundamente deteriorados.
La discusión pública suele centrarse en la variación de la pobreza o en indicadores macroeconómicos, pero el informe Encovi deja entrever otra historia menos cómoda y más estructural, que es la de una recuperación que no llega de la misma forma a hombres y mujeres y que, incluso, depende en gran medida de la sobrecarga silenciosa del trabajo femenino. Aunque la desigualdad de género no aparece como un capítulo aparte en el reporte, sin duda alguna, puede considerarse como un multiplicador de la vulnerabilidad.
En efecto, en Venezuela, tenemos una triple brecha de género: brecha de ingresos (las mujeres ganan menos en promedio y acceden menos a empleos formales), brecha de tiempo (dedican muchas más horas al trabajo no remunerado) y brecha de protección social (menor acceso a seguridad social y pensiones). En conjunto, estas brechas configuran una desigualdad estructural que no se resuelve con más reactivación económica u ofertas de empleo ni con participación simbólica, sino con cambios institucionales profundos.
Se mantiene la baja participación laboral de las mujeres
Uno de los hallazgos más reiterados de la Encovi es la persistente baja participación laboral femenina, que se mantiene significativamente por debajo de la masculina con alrededor de cuatro de cada diez mujeres en edad de trabajar activas en el mercado laboral (39%, muy por debajo del 72% que registran los hombres).
¿Y por qué pasa esto? La encuesta muestra que las mujeres han sido las primeras en salir del mercado de trabajo durante la crisis y las más lentas en regresar, atrapadas en la ausencia de sistemas de apoyo para el cuidado de niños, personas mayores o enfermas.
Lo paradójico del asunto es que las mujeres tienen, en promedio, mayor nivel educativo que los hombres, pero menor autonomía económica. O sea, el capital humano femenino existe, pero no se convierte en ingresos ni en poder de decisión. El resultado es una forma de desigualdad “inversa” con mujeres más formadas, pero más dependientes económicamente. Como país perdemos la oportunidad de captar verdaderos talentos a raudales, y eso es pobreza.
La Encovi también muestra que entre el 54% y 60% de los hogares venezolanos están encabezados por mujeres, en parte, por la migración masculina y la recomposición demográfica del país. Pero esta “jefatura femenina” no debe interpretarse automáticamente como empoderamiento. En muchos casos es una forma de autonomía forzada, ya que las mujeres asumen solas la sostenibilidad del hogar en condiciones de pobreza o precariedad laboral.
¿Se cerró la brecha salarial de género?
En esta oportunidad, el estudio no mostró de forma explícita un indicador actualizado de brecha salarial de género como sí lo hacían ediciones anteriores, que estimaban diferencias cercanas al 36% en perjuicio de las mujeres, lo que dificulta la comparación directa de evolución en ingresos entre hombres y mujeres en el tiempo. Esta ausencia no significa que la brecha haya desaparecido, sino que reduce la visibilidad estadística de un componente clave de la desigualdad laboral en Venezuela.
El problema central es que el ingreso laboral dejó de ser una sola variable clara y comparable, como suele asumirse en encuestas de hogares y pasó a ser un sistema híbrido donde una parte importante del ingreso no se registra como salario formal sino como transferencias discrecionales del Estado, especialmente a través de bonos como el llamado bono de guerra económica.
Eso rompe la lógica tradicional de la brecha salarial, porque ya no se trata solo de cuánto gana un hombre o una mujer por trabajo equivalente, sino de cuánto recibe cada persona en una estructura donde el salario base es muy bajo y una porción significativa del ingreso total no es estrictamente salarial ni está necesariamente vinculada al empleo formal.
Para el análisis de género esto es especialmente problemático porque los bonos no siempre se distribuyen de forma homogénea en términos de acceso al empleo formal, tipo de inserción laboral o estabilidad, lo que puede ocultar desigualdades persistentes o incluso ampliarlas sin que aparezcan claramente en los indicadores tradicionales.
La economía del cuidado: el gran punto ciego
Uno de los hallazgos más elocuentes y, me atrevería a decir, más ignorados en el debate público, es la sobrecarga del trabajo de cuidados. Las mujeres no solo están sobrerrepresentadas en los hogares, sino que cargan con el peso invisible de sostener la vida cotidiana en un país donde el empleo, los servicios y las redes de cuidado siguen en colapso.
La Encovi describe de forma indirecta una economía donde el trabajo remunerado compite con una estructura doméstica completamente saturada por la falta de servicios públicos básicos y por la inexistencia de un sistema de cuidados que redistribuya responsabilidades que hoy son privadas.
Las madres asumen casi exclusivamente el acompañamiento escolar; además, la participación paterna en tareas educativas es marginal y el sistema educativo y sanitario traslada responsabilidades al hogar sin compensación ni apoyo institucional. Esto convierte a los hogares y, particularmente a las mujeres, en una suerte de “Estado sustituto” de servicios públicos ausentes.
En ese vacío institucional las mujeres han sido empujadas a convertirse en la infraestructura invisible del país. Son quienes sostienen la escolaridad cuando la escuela no cubre todas las necesidades, quienes absorben la carga del cuidado de niños y personas mayores en ausencia de servicios de apoyo, quienes gestionan la reproducción cotidiana de hogares donde los ingresos son inestables o insuficientes. Esta dimensión no aparece en los balances económicos ni en las cifras de crecimiento, pero es la que permite que el sistema social no colapse del todo.
Aplaudo la advertencia de los autores del estudio de que, sin un sistema nacional de cuidados, la participación laboral femenina seguirá estructuralmente limitada. Como dijo su coordinadora Anitza Freites: “Tenemos una oferta laboral de mujeres que se han formado y han alcanzado un capital educativo que tendría que ser consideradas en cualquier plan”.
Las preguntas que deja la Encovi
Para las feministas, este informe abre interrogantes que ojalá formen parte de agendas de foros y jornadas de organismos económicos expertos:
¿Puede hablarse de recuperación económica sin considerar la sobrecarga de trabajo no remunerado que recae sobre las mujeres? ¿Qué significa “empleo” en un contexto donde gran parte de la actividad económica femenina es informal o interrumpida por el cuidado? ¿Es sostenible un modelo social donde los hogares y, en especial las mujeres, sustituyen al Estado en educación, salud y bienestar? ¿Qué tipo de desigualdad se está consolidando: una transitoria por crisis o una estructura permanente de feminización de la pobreza? Y quizás la más inquietante: ¿la mejora de algunos indicadores macroeconómicos está ocultando un deterioro persistente en la vida cotidiana de las mujeres?
La Encovi 2025 describe un país que deja atrás algunos indicadores extremos de crisis, pero no necesariamente uno que esté resolviendo sus desigualdades estructurales entre hombres y mujeres. En el caso de las venezolanas, la evidencia apunta a una forma de recuperación incompleta: más educación, más responsabilidades, menos ingresos relativos y más carga invisible.
La crisis venezolana no solo se debería medir en pobreza, sino en distribución del tiempo, del trabajo y de las oportunidades y, en ese mapa, las mujeres siguen siendo el centro de gravedad silencioso del sistema social.
EFECTO COCUYO
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