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VIDEO | Huir de los terremotos: El dolor de migrar y la duda entre volver o empezar de cero #24Jul
sábado 25 julio, 2026
A un mes del doble terremoto que destruyó miles de hogares en La Guaira y Caracas, muchas familias que perdieron todo tuvieron que refugiarse en casas de parientes en Lara, Portuguesa, Zulia, Miranda y Anzoátegui. Hoy se debaten entre el miedo psicológico de regresar a la zona de la tragedia y el fuerte deseo de recuperar la vida que dejaron atrás
El doble terremoto del pasado 24 de junio no solo derribó edificios, sino que rompió por completo la vida de miles de familias en el litoral central de Venezuela.
Al quedarse sin un techo donde dormir, mucha gente empacó lo poco que le quedó y viajó hacia el interior del país para no quedarse en la calle.
Hoy, un mes después de la tragedia, estas personas desplazadas viven arrimados en casas de familiares o en refugios prestados en los estados Lara, Zulia, Anzoátegui, Táchira, Miranda y Portuguesa. Allí enfrentan la dura realidad de arrancar desde cero y con la mente atrapada en el miedo.
Para un grupo de sobrevivientes, la idea de pisar La Guaira otra vez causa terror. El impacto psicológico es tan fuerte que prefieren enfrentar lo que venga en otras regiones antes que revivir el terremoto. Es el caso de Karen Labrador, una mujer de 38 años que tenía 19 años viviendo en Catia La Mar. Salió huyendo con sus cuatro hijos y su pareja al día siguiente del desastre, justo cuando los rumores de un tsunami asustaron a toda la comunidad.
Su antiguo hogar quedaba en el sector El Retiro. «No me gustaría regresar a La Guaira. Después de un mes, mi cabeza igualito piensa como si fuera el primer día del terremoto», confiesa Karen desde Maracaibo, donde ahora vive en la casa de su mamá junto a su hermana, su cuñado y sus hijos. Aunque agradece que todos sobrevivieron, le duele haber perdido amigos y vecinos durante la tragedia.
En Barquisimeto, estado Lara, la situación es parecida. Eddy Mora relata que le tocó coordinar la mudanza de emergencia de 19 miembros de su familia el 29 de junio por la noche. Atrás dejaban varios días de incertidumbre durmiendo en carpas dentro de una cancha habilitada por las autoridades. Al llegar a Barquisimeto, y para no colapsar un solo espacio, el grupo tuvo que dividirse en dos de forma temporal dentro de la vivienda de unas sobrinas.
En este mismo lugar está Greisbel Zerpa, quien relata lo difícil que es manejar el trauma con los más pequeños. «Es fuerte porque son niños, son hiperactivos, les gusta jugar, salen a la calle y tienen miedo. No podemos escuchar una alarma, porque entran en pánico. Ellos no saben la magnitud ni la gravedad de las cosas, aunque sí que ocurrió un terremoto».
La tragedia también revivió viejos dolores históricos, especialmente para quienes ya lo habían perdido todo en el deslave de Vargas de 1999. Luisa Ortiz, de 63 años, es una de las caras más duras de esta triple catástrofe, pues sobrevivió al deslave, a una vaguada posterior y ahora al desplome de su edificio OPP 25 en Tanaguarena.
El 24 de junio, por ser feriado, Luisa no trabajó. Desde hace 20 años se desempeña como personal de mantenimiento de la Gobernación de La Guaira. Ese día estaba sola hablando por teléfono cuando el bloque colapsó. Su amiga, con quien conversaba, murió junto a su esposo en el acto.
Luisa quedó tapiada y herida, pero logró abrir un hueco en el concreto para ver la luz y respirar hasta que tres niños de la comunidad la rescataron. En el mismo edificio vivían sus tres hijas y dos de sus nietos. Todos sobrevivieron, pero quedaron sin nada.
Al día siguiente, sus sobrinos se la llevaron a Araure, estado Portuguesa, una zona donde el Gobierno reubicó a damnificados en 1999. Ahora, Luisa permanece en la vivienda de una sobrina, mientras acondicionan una vieja Casa de Gobierno que está sin luz, con la nevera dañada y las paredes peladas.
Ella lo tiene claro: «No quiero nada en La Guaira. Si me quieren dar una casa, que sea aquí. Ya pasé tres desastres y este fue el último».
De La Guaira al oriente
Otros testimonios en el oriente reflejan la misma desesperación. Francisco Quijada, quien es trabajador de la aduana de La Guaira y migró a Carúpano (Anzoátegui), cuenta cómo las escaleras de su edificio se partieron en dos por el movimiento y su hijo de 9 años cayó al vacío por el hueco hacia el piso inferior, salvándose de milagro. Hoy su mayor anhelo es ser independientes de nuevo y que los ayuden a quedarse en esta ciudad.
Gerardo Morales, que huyó de Caraballeda a Anaco (Anzoátegui), recuerda el impacto de ver por la ventana cómo los edificios echaban humo y se caían en segundos mientras abrazaba a sus hijos. El septuagenario y su esposa María Jesús Salas (72) son sobrevivientes del deslave ocurrido en 1999. Hoy quieren alejarse del litoral.
José Romero también describe desde Puerto La Cruz (Anzoátegui), que los nervios de su familia quedaron destrozados. “Ese recuerdo sigue vivo, muy latente, la familia está muy nerviosa”.
Hoy agradece a Dios estar vivo junto con lo suyos. «Lo material no importa, por lo menos no perdí a un familiar cercano, es lo único que agradezco a Dios. Yo quedé con miedo, pero eso se me quita, creo que volveré en algún momento (a La Guaira). Esto deja una enseñanza, que uno tiene que ser más unido y ayudarse mutuamente, porque estos casos atacan a quien sea», destacó.
El arraigo por su tierra
Para los más jóvenes, el arraigo por su tierra también es mayor que el miedo a las réplicas. Yarmarilyn Liendo, de 21 años, estaba celebrando los tambores de San Juan en Caraballeda con su esposo y su bebé de un año cuando la tierra se sacudió, obligándolos a correr a la montaña a ciegas por el polvo.
Su edificio, el OPP 20, quedó inhabitable y su puesto de perros calientes se destruyó. Lograron mudarse a Ocumare del Tuy, estado Miranda, en casa de su suegra.
Actualmente, las paredes de esa vivienda cobijan a cuatro familias —dos que venían huyendo del sismo y dos que ya residían en el lugar—. Son 11 personas en total, entre ellas tres niños, conviviendo en un espacio muy limitado.
Aunque Yarmarilyn agradece profundamente la seguridad y el techo que hoy tienen, la realidad económica es cuesta arriba. Ni ella ni su esposo están trabajando; el puesto de comida rápida donde él laboraba en la costa ya volvió a abrir, pero la distancia y la falta de recursos para viajar hacen imposible que conserve el empleo.
A pesar de las dificultades y de la tranquilidad que hoy le da el Tuy, el corazón de Yarmarilyn sigue en el litoral central. Su arraigo es mucho más fuerte que el miedo a las réplicas. Su meta es clara: quiere regresar a La Guaira, el lugar donde creció, para trabajar, estudiar y salir adelante, aunque sabe perfectamente que ya nada será igual. Su petición a las autoridades es una vivienda en su tierra natal y un apoyo más organizado para quienes, como ella, hoy están en carpas o refugiados lejos de sus hogares.
El pueblo está molesto…
El miedo y la falta de respuestas también están empujando a la gente a cruzar las fronteras. Wilmer Suárez, su esposa Diani González y sus tres hijos vivían en Catia, en Caracas. Aunque en su casa solo pasaron el gran susto y salieron ilesos, Wilmer bajó de inmediato a La Guaira para ayudar a sacar gente de los escombros.
Lo que vio allá lo marcó para siempre. «El escenario era terrible e indescriptible. Se hubieran salvado más vidas si la maquinaria hubiera llegado a tiempo. El pueblo está molesto porque no se logró ayudar a mucha gente durante los primeros días«, reclama Wilmer a bordo de un autobús en San Antonio del Táchira, rumbo a Cúcuta, Colombia, buscando la casa de un familiar para intentar desconectarse del trauma.
Su esposa, Diani, de 32 años, viaja con el corazón arrugado y asegura que reza todas las noches por los niños que quedaron huérfanos. Su única esperanza es que el Estado se mueva y haga lo suficiente por cada persona que se quedó sin nada en las manos.
Por:
REMI Red Venezolana de Medios Independientes: El Pitazo, El Impulso, TalCual, RunRunes, Fe y Alegría, Efecto Cocuyo, Armando Info, La Gran Aldea, El Bus TV, El Tiempo, La Nación, Es Noticia.
Con información de: Rubén Conde, Danela Luces, Jesús Bermúdez, Yumelys Díaz, Jonathan Maldonado, Nataly Angulo, Mariángel Moro y Rosanna Battistelli.
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