Opinión
Entre el amar y el querer
lunes 25 mayo, 2026
Hogan Vega y Dorli Silva
Hoy, en plena era de la inteligencia artificial, una pequeña semilla para reflexionar: Sembrar la paz en la que vas a vivir significa entender que tú eres tu primer territorio de paz. No puedes dar sombra si tu propio árbol se está secando. A diferencia, la violencia y la guerra alcanzan cada rincón de nuestro planeta Tierra. La violencia a menudo se presenta también en el lugar de trabajo y en el hogar. Sin embargo, la violencia hacia nuestro propio ser es la primera violencia, ya que se produce cuando no permitimos que se expresen las cualidades originales del ser (amor, paz, felicidad, sabiduría, fortaleza, otros).
Esa frase es una brújula perfecta para construir, iniciando por sembrar hoy la paz en la que vamos a vivir mañana. Concebir el amor propio no como un acto de aislamiento o egoísmo, sino como la preparación consciente del terreno donde florecerá nuestra tranquilidad, cambia por completo las reglas del juego. Para construir ese espacio de paz y edificar el mayor acto de amor propio, requiere de unas recomendaciones prácticas y profundas, enfocadas en cultivar la tierra y proteger tus propias raíces:
En primer lugar, elige la claridad sobre la complacencia y, como sugerencia, es necesario aprender a decir “no” y entender que regar una relación no significa inundarla hasta que se ahogue, ni aceptar dinámicas que te desgasten, la recomendación de decir “no” o poner un límite firme no es un acto de hostilidad; es trazar el mapa de tu paz. Cada vez que dices un “sí” por compromiso o por miedo a la reacción del otro, estás arrancando una de tus propias flores para adornar el altar de alguien más; en la práctica, cuando se presente una petición o situación que atente contra tu tranquilidad, recuerda que proteger tu energía es el primer paso para poder ofrecer un amor sano a los demás.
En segundo lugar, cultiva relaciones recíprocas donde cada quien merece ser regado; es un acto de amor propio, implica reconocer que la labor de riego en una relación (de pareja, amistad o familia) debe ser mutua. Un jardín no prospera si solo una persona carga el agua todos los días; por eso, la recomendación es observar con honestidad tus vínculos. ¿Estás desgastándote en regar tierras áridas que no muestran interés en crecer? En la práctica, el amor propio también es tener el coraje de dar un paso atrás cuando el esfuerzo es unilateral. Permitir que los demás asuman su parte de la responsabilidad es un acto de madurez que te devuelve la calma.
En tercer lugar, se recomienda practicar la higiene mental y el silencio. Para sembrar paz exterior, primero hay que aprender a gestionar el ruido interior. Vivimos en una época hiperconectada, donde las demandas externas (laborales, sociales, familiares) nos exigen estar disponibles las 24 horas; de ahí que, la recomendación sea, regálate un camino de vuelta a la calma contigo mismo todos los días. Un espacio de tiempo, aunque sean 20 minutos, donde no haya pantallas, ni demandas, ni resolución de problemas; en la práctica, puede ser a través de una caminata en un entorno natural, una taza de café o té tomada con total lentitud, o simplemente sentarte en silencio a respirar. Ese espacio es el abono directo para tu estabilidad emocional.
En cuarto lugar, cambia la autocrítica por la autocompasión; a veces somos excelentes cuidadores del entorno, comprensivos con los errores de los hijos, de los alumnos o de los amigos, pero implacables con nosotros mismos cuando algo no sale perfecto; la recomendación es, trátate con la misma ternura y paciencia con la que regarías una planta que está tardando en crecer. Las raíces fuertes necesitan tiempo y no se desarrollan bajo el látigo de la exigencia desmedida; en la práctica, cuando cometas un error o te sientas abrumado, cambia el diálogo interno. En lugar de reclamarte, pregúntate: ¿Qué necesito en este momento para volver a mi centro?
En quinto lugar, honra tus ritmos y tus cansancios en la búsqueda del amor propio, para dejar de normalizar el agotamiento como si fuera un trofeo de guerra. Balancear las responsabilidades profesionales y del hogar es una tarea titánica; reconocer cuándo el cuerpo y la mente piden una pausa es indispensable, por lo tanto, una recomendación es, tomarse un descanso; no es un premio que te ganas después de estar exhausto; es un requisito biológico y emocional para poder sembrar paz; en la práctica, agenda tus momentos de ocio y descanso con la misma rigurosidad y respeto con la que agendas una reunión importante. Tu bienestar no es negociable.
Sin duda, hay días en los que es común escuchar de algunos poetas la siguiente reflexión: “Cuando te gusta una flor, solo la arrancas. Pero cuando amas a una flor, la cuidas y riegas a diario, quien entienda esto, entiende la vida”. En efecto, el amor verdadero no es posesivo ni efímero, como arrancar una flor para conservarla por capricho; es una elección diaria de cuidado, paciencia y constancia. Esa dedicación es exactamente lo que permite que los vínculos echen raíces profundas y fuertes.
Resulta claro, que es una frase hermosa y profundamente reflexiva. Aunque popularmente se le atribuye al maestro espiritual Osho o se asocia con parábolas de Buda, funciona como un mini poema o aforismo cargado de una gran verdad filosófica y psicológica. Queremos con ello significar un análisis detallado de su significado y el contraste que plantea entre dos formas de afecto, amar y querer.
Es decir, el poema se estructura sobre una comparación directa entre dos sentimientos que a menudo confundimos, pero que tienen dinámicas opuestas: Querer (poseer): Querer es arrancar una flor… El querer o el deseo egocéntrico nace de una necesidad personal. Al ver algo bello (la flor), el impulso es poseerlo, hacerlo propio y consumirlo. Sin embargo, al arrancar la flor para satisfacer ese deseo inmediato, se le corta su fuente de vida. El querer, por lo tanto, es efímero y destructivo; mientras amar (nutrir): …Y si la amas, la riegas todos los días. El amor verdadero cambia el enfoque del “yo” al “otro”. No busca poseer la belleza de la flor, sino preservarla y ayudarla a crecer. Requiere acción, constancia y desapego. No la tocas para quitársela al mundo; trabajas para que siga floreciendo en su propio entorno.
En cuanto a la metáfora de las raíces: Por tal motivo, amar construye raíces. Esta es la conclusión lógica y poética del amar. Las raíces no se ven, crecen bajo tierra, en lo profundo. Esto nos dice varias cosas sobre el amor: Iniciando por la sostenibilidad y estabilidad, una flor arrancada se marchita en días. Una planta regada desarrolla raíces fuertes que le permiten resistir las tormentas. El amor crea vínculos sólidos que trascienden la emoción pasajera; al contrario, el valor de la rutina (todos los días) es estar consciente de que las raíces no crecen de la noche a la mañana. Son el resultado de la constancia. El poema desmitifica el amor como un simple flechazo o sentimiento pasivo, el amor es un verbo, un trabajo diario de cuidado, paciencia y atención; lo que significa, la invisibilidad de lo esencial, donde, al igual que las raíces, lo que sostiene a una relación duradera (la confianza, el respeto, el conocimiento mutuo) no siempre es lo más vistoso, pero es lo que verdaderamente la mantiene viva.
A decir verdad, este breve poema es una crítica al amor posesivo moderno, que muchas veces busca la gratificación instantánea, y una oda al amor maduro. Nos invita a hacernos una pregunta incómoda pero necesaria en nuestras relaciones (ya sean de pareja, amistad o familiares): ¿Estamos arrancando flores para adornar nuestra vida, o nos estamos tomando el tiempo de regarlas para que echen raíces?











