Opinión
Estar juntos cuando las atenciones no coinciden
viernes 25 septiembre, 2026
Viena Zamudio Valero*
¿Qué ocurre con el encuentro cuando estamos juntos, pero atendemos a escenarios diferentes?
La mesa del comedor de una casa, en cualquier lugar del mundo, reúne al Sujeto A y al Sujeto B. Ambos permanecen frente a frente; la distancia física apenas alcanza unos centímetros. Comparten el espacio, el silencio y la luz; ninguno habla, tampoco parece esperar que el otro lo haga. La escena transmite la serenidad de una convivencia cotidiana; sin embargo, el espacio compartido incorpora múltiples entornos digitales que coexisten con la interacción presencial. Revisemos con detenimiento la escena.
El Sujeto A sigue una clase virtual de un diplomado a través de Zoom. Los audífonos con cancelación activa de ruido reducen la percepción del entorno inmediato y concentran buena parte de su atención auditiva en la exposición del docente. Sobre la computadora portátil transcurre la clase; a un costado, la tableta conserva abierta la interfaz de Candy Crush (la saga), con un mensaje que permite reiniciar la partida exactamente en el punto donde fue interrumpida. Cerca permanece el teléfono inteligente con la pantalla iluminada; una historia de Instagram quedó inconclusa y disponible para ser retomada. Ningún dispositivo parece imponerse sobre los demás. Todos permanecen disponibles; ninguno concentra la atención de manera permanente. La posibilidad de desplazarse de uno a otro permanece abierta.
Mientras tanto, el Sujeto B trabaja en la edición de un texto con asistencia de inteligencia artificial. Mediante instrucciones sucesivas, construye, revisa y vuelve sobre su escritura con ChatGPT, mientras escucha la Suite Forrest Gump, de Alan Silvestri, como apoyo para su concentración. A su lado, una libreta donde registra las ideas surgidas de las lecturas y varios marcadores fluorescentes que utiliza para jerarquizarlas en categorías primarias, secundarias y sueltas. Tres libros permanecen al otro costado; entre sus páginas sobresalen las borlas de los marcapáginas, señalando tres momentos distintos de lectura suspendida. Apoyado sobre la contratapa del libro que cierra la torre, el smartphone conserva la pantalla activa con las últimas conversaciones de WhatsApp visibles; permanece allí como una posibilidad de interrupción, mientras la atención continúa concentrada en el trabajo de escritura.
Ambos levantan la mirada durante breves instantes. No parece tratarse del comienzo de una conversación ni del intento de compartir una idea. La mirada cumple ahora otra función: verificar que el otro continúa allí. Hay comunicación, aunque no haya conversación: ese reconocimiento silencioso confirma la presencia recíproca sin necesidad de iniciar un intercambio verbal. Instantes después, cada uno vuelve a orientar la atención hacia su actividad. La presencia permanece; el encuentro, en cambio, parece reorganizarse bajo otras condiciones.
La escena invita a preguntarse qué está ocurriendo comunicacionalmente entre ambos mientras continúan físicamente presentes. No han dejado de compartir el espacio ni han roto todo vínculo entre ellos; lo que cambia es la coincidencia de sus atenciones. La transformación no reside en la cantidad de dispositivos presentes sobre la mesa, sino en que, aun estando frente a frente, la atención se desplaza entre dispositivos y actividades, y entre estos y la presencia del otro.
Ese desplazamiento de la atención constituye una experiencia individual. Sin embargo, cuando uno dirige su atención hacia el otro y no encuentra una atención recíproca, el fenómeno adquiere una dimensión relacional: la atención compartida se vuelve intermitente. La comunicación transcurre entre momentos de encuentro y de dispersión atencional.
A la dimensión relacional se suma una dimensión temporal. Byung-Chul Han (2020) sostiene que los rituales no solo organizan acciones repetidas; producen formas de comunidad y otorgan estabilidad a la experiencia compartida. Vista desde esa perspectiva, la mesa del comedor constituye también un espacio donde los ritmos individuales pueden encontrar momentos de coincidencia. Compartir el mismo tiempo cronológico no supone, sin embargo, compartir un mismo tiempo atencional; para que algo ocurra entre dos sujetos, sus atenciones necesitan encontrarse, aunque sea durante determinados intervalos.
Ahí está la mesa contemporánea. Leer un libro, permanecer en silencio, concentrarse en una actividad o interrumpir una conversación forman parte de la experiencia de estar juntos. Lo particular del entorno postdigital reside en que otros escenarios de actividad e interacción pueden permanecer activos y accesibles desde el mismo espacio físico. Ninguno necesita abandonar físicamente la mesa para entrar en ellos; el tránsito ocurre mientras la copresencia permanece.
Bajo esas condiciones, la mirada conserva su capacidad de reconocer la presencia del otro, aunque cada sujeto continúe su propia secuencia. La paradoja se hace entonces visible: podemos estar profundamente concentrados y conectados a múltiples escenarios de interacción mientras la atención hacia quien tenemos enfrente aparece solo por intervalos. Hay presencia, reconocimiento y comunicación, pero no necesariamente una atención sostenida hacia lo mismo. La mesa reúne los cuerpos; el encuentro se construye en los intervalos en que las atenciones vuelven a coincidir. Quizá por ello resulte significativo observar aquellos espacios que, en medio de tantas atenciones dispersas, buscan convocarnos alrededor de algo común.
*Comunicadora Social. Profesora de la Universidad de Los Andes, Núcleo Táchira.













