Opinión
Estupidez cómplice del rebaño perfecto
domingo 6 septiembre, 2026
Luis Fernando Ibarra*
Dietrich Bonhoeffer fue un teólogo protestante y pensador alemán, famoso por su firme oposición beligerante al régimen nazi de Adolf Hitler. Bonhoeffer representa el dilema ético de la responsabilidad individual frente a la tiranía y el totalitarismo, priorizando la acción moral sobre la conveniencia personal. Según él, la estupidez es un enemigo más peligroso que la maldad porque a la maldad puedes anticiparla. ¿Es posible que alguien niegue algo muy evidente? Si. Este filósofo lo aclara todo. En su “Teoría de la estupidez”, 1943, escrita desde una celda nazi de un campo de concentración, sostuvo algo que la mayoría prefiere ignorar: “la estupidez no es un defecto del intelecto, sino un defecto moral, una rendición voluntaria del juicio crítico ante el poder, una entrega con conocimiento”. Según el germano, el estúpido útil no es tonto, solo que ha decidido dejar de pensar, porque calcula que pertenecer al rebaño le sale mucho más cómodo. Bonhoeffer fue un filósofo que ayuda a entender por qué hasta en instituciones desbordantes de individuos super titulados sobra la inteligencia, pero falta el coraje. Decía que la estupidez no se cura con educación ni información ni mejores argumentos, porque el afectado ya entregó su capacidad de pensar al líder. Tristemente, Dietrich terminó ahorcado en un campo de concentración nazi en 1945, a la edad de 39 años.
Esa aclaratoria del pensador germano permite entender varios comportamientos despreciables. Tanto en la Alemania de 1943 como en los campus universitarios de hoy y en la mayoría de las instituciones a nivel nacional, lo más razonable no es asumir que la gente no entiende lo que ocurre a su alrededor o que es neutral. Lo acertado es inferir complicidad, o al menos una estrategia personal de supervivencia. Llamarlo a secas “estupidez”, sin el énfasis moral que Bonhoeffer le dio, es una comodidad orientada a absolver el pecado y su pecador. Lo que en realidad hay detrás del calculado silencio colectivo es una actitud mucho más interesada que merece llamarse por su nombre: complicidad, connivencia.
Cuando alguien decide “hacerse el loco” frente a la corrupción institucional o el autoritarismo, lo hace porque está evaluando riesgos desde el temor, nunca porque falle en comprender el evento antisocial. Obviamente realiza un cálculo de costo-beneficio, y determina que hablar cuesta el puesto, el ascenso, la beca, la tranquilidad, a veces la integridad física; callar valdrá apenas un poco de dignidad, y ese costo, comparado con los otros, parece más barato de pagar.
En entornos donde la integridad se castiga con el despido o la violencia, el silencio deja de ser omisivo y se convierte en moneda de cambio para pagar la estabilidad personal. El ciudadano común o el académico no ignoran lo que ocurre, su actitud ya fue moldeada para ser parte del “rebaño perfecto”. Su preparación profesional sobradamente le capacitó para entender perfectamente los desvaríos humanos y adaptarlos a su plasticidad moral. Lo que la viveza criolla ha asimilado son las consecuencias de ser el único en señalar las tropelías. El grupo calla por el miedo racional de convertirse en el objetivo de un sistema persecutor implacable al que a veces solo en voz baja se atreve a criticar, y sin que pueda costarle algo. Los alcahuetas nunca callan por ignorancia sino por conveniencia.
Más que por estupidez, la corrupción estatal o universitaria sobrevive por la ausencia de vínculos de solidaridad ciudadana con el presente y el futuro. El individuo se sabe solo frente a una maquinaria que percibe gigante y despiadada, y llega a una conclusión que lo paraliza porque percibe que su sacrificio puede ser estéril. Nadie lo va a acompañar, y una denuncia sin respaldo masivo de colegas es apenas un gesto simbólico que el sistema absorbe sin pestañear.
En las universidades esto se puede observar con nitidez. Cuando la mayoría de los colegas ante una irregularidad miran hacia otro lado no actúan por torpeza. Ejercen un pragmatismo cínico, perfectamente racional dentro de sus propias reglas. Prefieren conservar el puesto antes que inmolarse en una batalla que perciben como perdida de antemano. Este comportamiento es una degradación de carácter inducida intencionalmente por un entorno que premia la obediencia y castiga la ética. Las personas lo saben y no callan porque sean tontas. Se desentienden porque han sido domesticadas por el miedo a perder lo poco que lograron construir dentro de un sistema que, aunque se pudra desde adentro, puede aplastar impunemente.
Lo verdaderamente triste es que esos mismos individuos, quienes callan ante la vergüenza, más adelante alegarán en sus foros haber sido ejemplo de formación ciudadana. El 8 de mayo, el país entero pudo ver por televisión la pléyade de presos por la trama de corrupción PDVSA-Cripto, encabezada por Tareck El Aissami. El caso, que según las investigaciones judiciales implicó un desfalco multimillonario al tesoro público mediante el desvío de recursos petroleros a través de criptoactivos, tiene una genealogía que no es reciente y sigue en pie. Varios de los implicados fueron dirigentes de la Federación de Centros Universitarios de la Universidad de Los Andes (FCU).
Tal vez al ingresar a la institución esos bachilleres ya traían inclinaciones corruptas. Sin embargo, a nivel superior el sistema les perfeccionó su vocación depredadora de lo público. Se encontraron con una tradición administrativa legendaria: la de autoridades universitarias acostumbradas a comprar el silencio de la dirigencia estudiantil con privilegios, asignaciones financieras y cuotas de poder, convirtiéndolos en líderes manejables dispuestos a no divulgar fechorías ni negligencias. Esos futuros funcionarios públicos, siendo alumnos, se iniciaron con el control de la Mérida estudiantil, donde ensayaron sin consecuencias las mieles del gozo económico mal habido. Después, simplemente migraron a los filones minados con mejores oportunidades. Los aplicados angelitos llevaron las mismas habilidades a las grandes ligas del poder nacional, seguros que el mecanismo que les premió una vez ya les había demostrado que la impunidad funcionaba. El comportamiento de los rebaños universitarios y gremios rebasa lo calificable de patético. Esas dirigencias estudiantiles se apegaron tanto a su universidad que casi ni querían graduarse. Varios dirigentes estudiantiles pasan decenas de años medrando de la universidad y de su poderosa FCU. Al menos aquellos “bolicriptos” no se amañaron mucho tiempo en la turística Ciudad de los Caballeros y, en poco, volaron a la capital que ofrecía más oportunidades rojitas. Además, conviene no ignorar que desde hace tiempo esa manipulada autonomía universitaria aprendió a pasar impune escondida bajo sus propias sombras infernales. Sin complicidad bonhoefferiana, ¿Cómo entender que los electores de la universidad más central del país, en dos oportunidades eligieran rector mayoritariamente a un psiquiatra antisocial?
El país se desmorona tras la permisividad y el desinterés de una mayoría que prefirió la ceguera conveniente frente a la codicia de unos pocos. La sociedad se acostumbró a mirar al vacío y hoy paga el precio de haber aplaudido a los buitres, de haberse retratado sonriente junto al saqueo cuando aún era evitable. La escasez actual no es un castigo gratuito caído del cielo: es el resultado directo de un apagón colectivo de responsabilidad social. Y, como ocurre en todas las ruinas, el impacto no golpea únicamente a los culpables.
La tragedia venezolana demuestra que la corrupción florece en el suelo fértil de la complacencia generalizada. Ver a otro lado también extiende un cheque en blanco que inexorablemente financiará a los saqueadores del futuro. Romper el ciclo exige asumir que la corrupción solo acaba cuando la sociedad decide dejar de ser comparsa. La “estupidez cómplice del rebaño perfecto” es una renuncia moral cuya factura, al final, siempre la pagarán hasta los herederos de los bisnietos, quienes se enterarán de que, por permisividad y respaldo conveniente de sus antepasados, el país mejor dotado en recursos naturales se difuminó en las garras del facilismo y la aberración pública. Bonhoeffer lo vio venir desde su celda: “la estupidez organizada no necesita tontos, necesita cómplices que prefieran no verla”. En la historia, en ocasiones, las colectividades saldan muy caro el costo de no enfrentar a tiempo a la corrupción barnizada de inocencia.
*Ingeniero de Sistemas. Profesor emérito de la Universidad Nacional Experimental del Táchira. Master of Science in Industrial Engineering. Doctor of Management in Organizational Leadership.
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