Opinión
Génesis Universitas
domingo 16 agosto, 2026
Luis Fernando Ibarra
La enseñanza de que la Edad Media fue una época de ignorancia absoluta desborda el concepto de mito. Se dice que, tras la caída de Roma, Europa se sumergió en cinco siglos de silencio intelectual. Sin embargo, debe recordarse que, en medio de aquel mundo rural en la iberia resiliente, sobrevivieron los monasterios y sus scriptoriums, precursores de las universidades medievales. El scriptorium era la habitación de los monasterios dedicada a la copia de manuscritos, donde los monjes cristianos analizaban y recopilaban el conocimiento. Era un lugar de trabajo físico y espiritual, donde para evitar distracciones y errores, los frailes copiaban los textos en estricto silencio. Se comunicaban mediante un lenguaje de señas para pedir tinta, pergaminos o herramientas. Escribir a mano durante horas con plumas de ganso bajo la luz de las velas dañaba la vista y la espalda. Los monjes dejaban quejas en los márgenes de los libros, como: “Tres dedos escriben, pero es todo el cuerpo el que sufre“. El proceso de producción era muy organizado. Un pergaminero preparaba las pieles de animales; el copista escribía el texto principal; el iluminador añadía las decoraciones de oro y las ilustraciones artísticas; y el ligador encuadernaba el libro con tablas forradas en cuero; todo ello convertía un libro medieval en un tesoro.
A partir del siglo XII, las ciudades crecieron y los monasterios dejaron de ser los únicos centros de saber. El conocimiento se trasladó a las urbes, dando origen a la Universidad, una creación de la Edad Media. Para entender su nacimiento, se requiere imaginar a las ciudades medievales del siglo XIII, donde el comercio renacía y surgía la necesidad de médicos, abogados y burócratas. Así nació la universitas, que en latín significaba “gremio” o “corporación”. Eran sindicatos de profesores y alumnos que se unían para defenderse de los abusos de los caseros y de las autoridades locales. Una universidad no era un edificio, sino el gremio de profesores y estudiantes asociados para defender sus derechos ante las autoridades de la ciudad. Existieron dos modelos de organización. El de Bolonia, Italia, controlado por los alumnos, quienes contrataban a los profesores, fijaban sus sueldos y los multaban si llegaban tarde o no explicaban bien el temario. El modelo de París, Francia, controlado por los profesores, quienes dictaban las normas académicas y de comportamiento. Este modelo inspiró a las universidades de Oxford y Salamanca. El método de enseñanza no permitía memorizar sin cuestionar. Las clases se dividían en dos partes. La lectura y debate. El profesor leía un texto clásico, como Aristóteles o la Biblia, y lo comentaba; luego los alumnos presentaban argumentos a favor y en contra de una tesis, usando la lógica para resolver contradicciones.
En España, en 1218, se funda la Universidad de Salamanca, la universidad aún activa más antigua de España y de todo el mundo hispano hablante. En 1255, el Papa Alejandro IV le otorgó la “licentia ubique docendi”. Esto significaba que cualquier título emitido por Salamanca era válido para ejercer o enseñar en cualquier parte de la Europa cristiana. En el siglo XVI, Salamanca vivió su época dorada con la Escuela de Salamanca, liderada por Francisco de Vitoria. Allí se debatieron los derechos humanos de los indígenas tras la llegada a América, sentando las bases del derecho internacional moderno, que hoy le reconoce como cuna del Derecho Internacional. Salamanca fue el modelo organizativo directo para las primeras universidades americanas, como la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima y la Real y Pontificia Universidad de México, ambas fundadas en 1551.
La vida en las primeras universidades, como París, Oxford o la hispana Salamanca, es muy diferente a la del ambiente universitario actual. Los estudiantes gozaban de “fuero eclesiástico“; un concepto que evoca la autonomía universitaria que disfrutaron las universidades venezolanas del siglo pasado. La policía civil no podía juzgarlos, solo el Rector como juez y sus alguaciles de la universidad, además de disponer de cárcel interna. Los delitos más comunes se pagaban con detención e incluían duelos a espada, causar disturbios en tabernas, insultar a los profesores, o por el vandalismo de libros, es decir, arrancar páginas de la biblioteca para usarlas como apuntes. En un mundo donde un solo libro de pergamino costaba lo mismo que un rebaño de ovejas, los ejemplares de la biblioteca debían ser encadenados a los pupitres para evitar robos; arrancar una página para usarla como apunte era castigado con el encierro en el “cepo“, un artefacto de madera que inmovilizaba las manos y la cabeza, o con grillos en los pies. El peor castigo para los intelectuales rebeldes era el aislamiento absoluto sin acceso a papel ni tinta. Para los delitos graves, como robar un examen o herir a un ciudadano, el estudiante era encadenado con grillos en los pies o se le metía en el cepo. El peor castigo para un alumno avanzado o un profesor rebelde era el confinamiento en una celda oscura sin acceso a papel ni tinta, lo que consideraban una tortura psicológica. Si el alumno era incorregible, el castigo era expulsión de la ciudad y borrado de todos los cursos aprobados, destruyendo su futuro como abogado o médico.
A los estudiantes nuevos se les llamaba “becerros” o “salvajes” porque aún no habían sido civilizados por la ciencia. Los avanzados les sometían a diversos rituales como obligarles a vestirse con ropas sucias, raparles el cabello con cortes extraños, les exigían pagar banquetes enteros y debían soportar insultos en debates públicos para demostrar su sumisión. Esa práctica de rapado de cabello trascendió hasta tiempos recientes en la Universidad de los Andes merideña. Los estudiantes se agrupaban en casas llamadas pupilajes, dirigidas por un maestro. Su rutina diaria exigía levantarse a las 5:00 de la mañana, asistir a misa, estudiar en habitaciones frías, compartiendo velas y libros por su altísimo coste. Al caer la noche, las calles se llenaban de estudiantes cantando por comida o dinero y protagonizando reyertas en las tabernas, siendo frecuentes las peleas a espada entre estudiantes y los vecinos de la ciudad.
Para obtener el título básico de Bachiller en Artes, el paso previo para ser abogado, médico o teólogo, los estudiantes medievales debían dominar las siete Artes Liberales. Se llamaban “liberales” porque eran las ciencias propias del hombre libre, no ligadas al trabajo manual. Se estudiaba el poder de la palabra y las leyes de la naturaleza a través de las matemáticas. Aprendían gramática: escribir y hablar correctamente en latín; retórica: el arte de construir discursos persuasivos, vital para la política y la diplomacia; dialéctica: la ciencia de la lógica, que enseñaba a argumentar, detectar falacias y debatir con rigor intelectual. Estudiaban las leyes de la naturaleza a través de las matemáticas. Con aritmética: estudiaban los números puros; geometría: el estudio del espacio y las formas, necesaria para la arquitectura de las catedrales; astronomía: estudio del movimiento de los astros, esencial para calcular los calendarios y mejorar la agricultura; música: enseñada como una ciencia matemática de las proporciones y la armonía de los sonidos.
Para graduarse de Doctor, el alumno debía defender su tesis ante un tribunal implacable y cruzar una puerta circular muy baja; de ahí nació la expresión “pasar por el aro“. Si aprobaba, se organizaba una corrida de toros en su honor. Con la sangre del toro mezclada con un pigmento rojo, el nuevo doctor pintaba su emblema, el Vítor, en las paredes de los edificios universitarios.
Oportuno aclarar el mito de que la universidad de Salamanca rechazó el viaje de Colón por creer sus catedráticos que la tierra era plana. Esta es otra leyenda negra antiespañola, porque cualquier universitario del siglo XV sabía perfectamente que la Tierra era una esfera. El debate en Salamanca fue estrictamente matemático y científico. A petición Real, un comité de astrónomos, matemáticos y geógrafos de la universidad evaluaron el proyecto de Colón de viajar a Asia navegando hacia el Oeste. Colón pretendió convencer a los científicos de que la Tierra era más pequeña, y según sus cálculos Asia quedaba a unos 4 mil kilómetros de distancia. Los catedráticos salmantinos aplicaron la ciencia de Ptolomeo y determinaron que la distancia hasta Asia sería un quíntuple mayor al estimado del genovés, y, en consecuencia, sus carabelas se quedarían sin comida y agua en medio del océano. Salamanca acertó en su razonamiento científico porque el viaje al Asia, de más de 19 mil kilómetros, era imposible en las condiciones y tecnología de la época. Lo que nadie en la universidad, ni Colón pudieron prever es que a mitad de camino no había océano vacío, sino un continente desconocido para el mundo, más adelante denominado América.
Sin duda, el alma máter medieval era un territorio de aulas ruidosas entre debates lógicos, novatadas salvajes y noches de taberna, donde Europa, con sus universidades, retomó el pensamiento científico. Ocho siglos después, ese legado de autonomía, conquistado a fuerza de bulas papales y privilegios reales frente al poder de turno, sigue siendo la prueba de que el conocimiento solo florece cuando nadie le dicta el silabus desde un cuartel. Por eso resulta una paradoja reveladora que el chavismo, incapaz de doblegar a las universidades autónomas que se negaron a obedecerle, además de lesionar su autonomía impidiéndoles renovación de autoridades, optara por asfixiarlas presupuestariamente y fundar en su lugar universidades bolivarianas y militares: un oxímoron institucional, una contradicción conceptual, porque la universidad nació para pensar sin obedecer, y por definición, el cuartel existe para obedecer sin pensar y no puede ser universitario. La consigna de la “democratización” y la “universidad para todos” no fue más que el eufemismo de un engaño académico: bastaba un galpón de zinc en cualquier caserío, cuatro pupitres y un facilitador con más carnet partidista que formación calificada, para que ese improvisado local se rebautizara con el disimulado nombre de “aldea universitaria“. Ochocientos años de tradición académica, claustros, gremios, exámenes y grados, reducidos a un membrete sobre un inmueble destartalado sin bibliotecas, centros de investigación, ni profesores validados en las mejores del mundo. Pero tampoco hay que absolver a las autónomas ni a las experimentales de su propia sombra: mientras disfrutaban privilegios frente al poder político, muchas de sus comunidades, gremios y sindicatos incluidos, miraron hacia otro lado ante las desviaciones que las corroía desde dentro, imitando en menor escala los mismos descarríos que hundían el país entero, y lamentablemente aún persisten mirando al vacío. La autonomía deja de ser una virtud si se usa solo para absorber oscuridad externa que opaca la luz que se espera venza las sombras.
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