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Inicio/Opinión/Indiferencia Ciudadana

Opinión
Indiferencia Ciudadana

miércoles 1 julio, 2026

Indiferencia Ciudadana

Luis Fernando Ibarra

Hoy la indignación recorre las calles y las redes. Entre ira y asombro, los ciudadanos asisten al espectáculo del derrumbe estructural. Paredes que se agrietan con el viento, edificaciones que amenazan con convertirse en escombros, un sistema eléctrico nacional que agoniza en la oscuridad, y una institución universitaria que languidece en la conformidad. El asombro, aunque ingenuo, es generalizado. Las personas se preguntan cómo se llega a este nivel de desprecio por las normas de construcción más elementales. Sin embargo, ese asombro actual tiene un reverso oscuro signado por la connivencia de ayer. En los trópicos, aunque la memoria colectiva es muy corta, la realidad registra una contabilidad implacable. Las estructuras de cartón-piedra, los servicios colapsados o loa títulos vacíos no surgen de la nada; se levantan a la vista de todos, financiados por una corrupción descarada que violaba cada regulación ante los ojos de una sociedad que prefirió callar. Millones, justificados o no, decidieron abandonar sin luchar. Mientras se fraguaba una estafa técnica y financiera, el resto, comprensiblemente decidió que la prudencia era el camino más seguro. Mirar hacia otro lado se convirtió en un deporte nacional. Lo trágico es que no faltaron las advertencias. Hubo voces dispuestas a romper el coro de la sumisión. Viene a la mente el caso de un ingeniero vinculado al Colegio de Ingenieros en el área eléctrica, quien hace varios años tuvo la valentía de plantarse ante las cámaras de televisión para desnudar la futura previsible catástrofe del servicio eléctrico. Su recompensa por el civismo fue la persecución inmediata. Hoy, como tantos otros técnicos y mentes brillantes, voló a tiempo, vive en un exilio forzado.

¿Y qué hicieron los que se quedaron? ¿Cómo actuaron las grandes instituciones que debieron servir de escudo? Las universidades guardaron un silencio institucional infinito; las directivas de los gremios profesionales, salvo escasas excepciones, prefirieron el resguardo de sus intereses antes que la defensa irrestricta de la verdad técnica. Por su parte, la ciudadanía dejó solos a sus denunciantes. No hubo marchas de solidaridad, no hubo comunicados enérgicos, no hubo un cobijo social que le dijera al poder: “Si te metes con el que denuncia la verdad, te metes con todos“. Los denunciantes se quedaron solos y prestos a huir en la soledad de la frontera. El resto de la sociedad permaneció inerme y silente. Pero la comodidad cobarde siempre pasa factura. La indiferencia social es un préstamo a plazo con intereses impagables. Cuando decides no solidarizarte con las causas justas bajo el pretexto de “no buscar problemas“, estás firmando un cheque en blanco para tu propia ruina. Las omisiones del pasado siempre terminan por “boomerizar” en el presente. La viga mal construida que hoy cede sobre el techo del conformista es la misma cuya corrupción el conformista prefirió no denunciar en su momento. El apagón que quema los electrodomésticos del ciudadano dócil es el mismo que predijo el ingeniero al que dejaron desamparado frente al aparato represor. El profesional egresado sin exigencia podría ser el responsable de eventos que afecten el futuro de miles de personas.

Por si fuera poco, cortesía de las cúpulas que someten el sistema universitario, el desmoronamiento material también tiene su correlato en el plano académico. Esas comunidades se han visto obligadas a mantener abiertas las aulas, sacrificando la excelencia, aunque pueden ser percibidas de operar como cómplices de la mediocridad. A pesar de ello, el claustro continúa activo administrando la penuria, mientras se masifica la entrega de títulos desprovistos del mínimo rigor académico. Sin recursos, resulta difícil no adoptar la improvisación como gestión rutinaria. Al normalizar la precariedad y graduar profesionales sin las competencias que justifiquen el otorgamiento de un título, esas instituciones dejan de cumplir su misión fundamental. Tal vez estén timando el futuro con gestiones que inyectan entropía a un sistema ya caótico, acelerando la degradación de la nación desde la raíz del conocimiento. La apatía nunca genera inmunidad. La crisis de hoy es más que un desastre natural. Incluye la consecuencia de una ciudadanía que ayer decidió no proteger sus principios, y con su indiferencia, permitir que el cemento de la fragilidad se mezclara con el agua del silencio cómplice. Una sociedad tolerante donde la civilidad terminó asfixiada por la supremacía de la bota militarista. De nada vale asombrarse frente a las grietas de la pared si por temor o indolencia, la intelectualidad es responsable por ayudar a sostener los andamios del engaño.

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