Opinión
La biblioteca de Antonio Mora
miércoles 10 junio, 2026
Néstor Melani Orozco *
“Muchos de los escritores, laboran las edades y otros hacen por fin la verdadera Historia”… Se desgranaron los libros y lloró la noche desde la casa de la hermana donde existió en un rincón; la plegaria y de encantos en los ojos de una mujer del alma. Antonio Mora con la “Aldea Peregrina” de Manuel Osorio Velasco, con las imágenes perpetuas de las romerías y las rosas de Castilla del gigante río negro mostrando la laguna con la iglesia del Potosí. Y el Uribante viajando junto a los mantos del firmamento. Y en el mármol de “La Aurora” del escultor Simón Ayala, pareciendo siempre en el secreto de Acirema en los viajes entre los pétalos de las flores hablando de lo más místico de una leyenda.
Más allá de los tiempos y entre las huellas del camino; en Pregonero del pueblo viejo para describir a San Antonio de los panaderos detrás de la Aldea. Por su meditación guardando las letras y describiendo la logia de los libros como el bibliotecario seguidor de Jorge Luis Borges o el poeta enarbolando las semillas de Job Amado desde las pasiones de Vargas Vila para revestir el tiempo en los grabados de la manifestación en los cuadernos de “Zaranda” y caminar con las multitudes al Teatro de Orlando Cárdenas. -Lo dijo a la orilla del rio con los libros del encanto perpetuo- desde las noches de luna, venerando a la bella jovencita de quién le juró amor eterno. Así vi al poeta Antonio Mora muy en las ceremonias del Salón de Lecturas y quizás de inviernos en San Cristóbal perdida en las lomas del viento, muy de la vida, las lecturas en la estancia de los relatos que desde el encanto podía narrar y describir desde Saturnino Calleja hasta los albores del viejo Pedro Pablo Paredes elevando los puntos a la oración del silencio.
Fue poeta Antonio Mora más cercano a Ciro Alegría, más creador entre las ventanas del pueblo y de cartas inmensas a la solemnidad de los dioses grabados de siglos en las piedras… Como si César Vallejo hubiese dibujado los tréboles y de un mar cada reminiscencia de páginas envueltas en verdaderas presencias… En el amor de los sueños.
Un día más adentro del aroma de una copa de vino me describió sobre mis escrituras y me comparó con el azul inmenso de los lienzos, del teatro y de las palabras, para volver a los retablos de la esencia con la musicalidad desde su escuela en el despertar de sus verbos con la facultad de Cervantes adorando a su Cristo Viejo con el ánima de su amigo Pablo del mismo Mora, el uno de Santana y él, del Pregonero, de calles con ojos del celeste ensueño y puertas gigantes en la pertenencias de las otras esperanzas. Porque desde hoy, estaré recibiendo los recuerdos entre sus sonetos de la cristal casa del pan, donde asistía como el conversador de mil materias y se embebía de los siglos con la poesía de ser tachirense.
Ahora en este sentimiento no debe haber adioses. Deben existir sus memorias y el breviario de sus poemarios y el retrato de su alma… porqué Antonio, más humano y leal consagró las bendiciones del agua con la llama ardiente de su biblioteca. Con los testimonios de la verdad y los ejemplos del mentor consagrado a los libros como si el origen de Babel se hubiese convertido en lo más inmenso de las academias. En el lirismo cercano de Wal Whitman y los sublimes cantos de Teodoro Gutiérrez Calderón. Para un día ircon el sabio lector en su magisterio surcando las montañas para derramar los tintes de su pluma, con aromas en la adoración de los espejos, para que bajen las estrellas a bendecir de eternidad de ser el verdadero poeta.
*Artista Nacional. *Maestro Honorario. *Doctor en Arte. *Cronista de La Grita.












