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Inicio/Opinión/La dictadura de lo fragmentario

Opinión
La dictadura de lo fragmentario

jueves 12 marzo, 2026

La dictadura de lo fragmentario

*Rocío Márquez

Estamos fragmentados. No solo en nuestras opiniones o en nuestras identidades digitales. Estamos fragmentados en el modo mismo en que experimentamos la realidad. La fragmentación se ha convertido en el formato de la vida cotidiana en la sociedad de la cultura rosa —que no es otra que la nuestra—, una cultura donde todo debe ser breve, emocional y consumible sin esfuerzo.

Cada año académico confirmo la misma sorpresa inquietante. Mis alumnos consideran que una película de dos horas es “demasiado larga”. Algunos se desesperan a los veinte minutos. Leer un libro completo, para muchos, resulta directamente absurdo: ¿para qué hacerlo si “basta con un resumen”? La pregunta no es banal. Lo que está cambiando no es solo el hábito de lectura; es la relación con el tiempo, con la atención y con la complejidad.

La lógica de la fragmentación

El ecosistema digital refuerza esta lógica de fragmentación. Un ejemplo revelador proviene del propio funcionamiento de los algoritmos. Un video de diez segundos visto durante cinco segundos obtiene un 50% de visualización. Uno de cincuenta segundos visto exactamente el mismo tiempo apenas alcanza el 10%. El tiempo consumido es idéntico, pero el algoritmo premia el porcentaje. El resultado es claro: menos segundos bien aprovechados valen más que minutos ignorados.

No es extraño, entonces, que el contenido tienda a comprimirse cada vez más. Estudios de comportamiento digital indican que un usuario decide quedarse o abandonar un contenido en los primeros tres segundos. Si el mensaje no impacta de inmediato, la atención se pierde. La consecuencia cultural es profunda: la comunicación deja de organizarse como relato para transformarse en impacto.

Cultura snack

Carlos Scolari llamó a este fenómeno “cultura snack”: una cultura mediática basada en fragmentos breves, fácilmente consumibles, diseñados para circular con rapidez. Como ocurre con los snacks alimentarios, satisfacen de inmediato, pero rara vez nutren.

Neil Postman había anticipado esta lógica en “Divertirse hasta morir. El discurso público en la era del show business”. Según él, el problema no era la falta de información, sino su transformación en espectáculo. Cuando la comunicación adopta la lógica del entretenimiento permanente, lo que exige atención prolongada pierde terreno frente a lo que provoca reacción inmediata.

Así, la emocionalidad manda. Lo que circula no es necesariamente lo más verdadero ni lo más profundo, sino lo que genera un estímulo rápido: sorpresa, indignación, risa.

El mundo se vuelve cada vez más discontinuo

Agustín Laje, en “La generación idiota”, advierte que el ecosistema digital favorece una cultura de la inmediatez que debilita el pensamiento prolongado. Pensar requiere tiempo, continuidad y paciencia intelectual: exactamente lo que la lógica de la fragmentación erosiona.

De esta manera, la regla de oro de la comunicación digital hoy parece ser: un tema, un contenido. No treinta segundos con cinco ideas, sino cinco piezas de diez segundos, cada una con un único mensaje. La eficacia comunicativa mejora, pero el mundo se vuelve cada vez más discontinuo.

Tal vez el verdadero problema no esté en que los contenidos sean más cortos. El problema es que nuestra experiencia del mundo empieza a adoptar esa misma forma: breve, emocional y fragmentaria. Y cuando todo se fragmenta —la información, el tiempo, la conversación— también se fragmenta nuestra capacidad de comprender. Pensar, después de todo, sigue necesitando algo que el algoritmo no optimiza: tiempo.

*Comunicadora social. Doctora en Ciencias Humanas. Profesora de la Universidad de Los Andes, Táchira.

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