Opinión
La duda se reabre en el chat
sábado 7 noviembre, 2026
Viena Zamudio Valero
—Una vez más, la noche me trae en silencio hasta sus ojos; bajo el abrigo de sus párpados descansaré hasta el alba, con el alma en la luz de su afecto.
—Sujeto una de mis pestañas para darle abrigo mientras duerme.
En el ecosistema digital, una despedida puede contener un gesto de ternura en prosa. Poco antes de la medianoche, cada quien apaga la luz en su habitación; por la mañana, la mano vuelve al chat y se escriben como si todavía descansaran en sus párpados: “Los abro despacio para que no se vaya a caer y me retiro en silencio mientras duerme.”
El saludo de la mañana prolonga la escena de la noche anterior, una de las tantas que han construido en dos años de conversación escrita por WhatsApp, en la que se imaginan cercanos sin necesidad de encontrarse en persona; conforme avanza el día, cada respuesta añade un detalle y, para quien espera ser correspondido, las palabras que al principio le resultaron gratas pueden adquirir el valor de una señal de reciprocidad. Cuando la duda sobre lo que el otro siente ocupa buena parte del pensamiento, la experiencia se aproxima a lo que Dorothy Tennov (1979) llamó limerencia: un estado que, similar a la adicción, se sostiene en la recompensa intermitente y la incertidumbre, y que no se apoya en un vínculo seguro.
Sostenida en la recompensa intermitente, la limerencia encuentra en el entorno digital un terreno propicio; como bien determinó Orly Miller (2025), las redes sociales, las aplicaciones de mensajería y la inteligencia artificial intensifican el anhelo, la fantasía y la dependencia emocional propios de ese estado. La autora aborda el entorno digital en conjunto, pero este artículo se detiene en un caso específico: la conversación escrita por mensajería privada, donde el texto queda y la imaginación lo trabaja. Cada mensaje se relee, cada silencio se interpreta. Y en esa distancia entre lo escrito y lo esperado, el chat fabrica recompensas intermitentes e incertidumbre de forma casi industrial.
Ese mecanismo no actúa en el vacío: se sostiene en la duda sobre lo que el otro siente, la imaginación que llena el hueco entre lo escrito y lo esperado y la relectura que reactiva la pregunta. Ninguno basta por sí solo; juntos lo sostienen. Y ahí, en ese ciclo, la mensajería privada no es un simple canal: es una tecnología cuyo diseño produce el material mismo de la duda. Deja el texto disponible, el silencio abierto y la relectura en manos de la imaginación. No transmite la duda: la fabrica.
Volver una y otra vez sobre una frase es leerla con distintas intenciones. La primera lectura puede dejar una impresión grata; más tarde, al releer surgen preguntas sobre si la otra persona quiso decir algo más. Las palabras permanecen intactas; lo que cambia es la pregunta con que se las lee. La imaginación trabaja en la distancia entre lo que está escrito y lo que se espera encontrar; cada relectura puede mantener viva la preocupación.
Simone Weil (1947) sostuvo que “lo posible es el lugar de la imaginación”. Para ella, la imaginación trabaja sobre lo posible; en el chat, ese trabajo se vuelve concreto. Byung-Chul Han (2025) señala que la imaginación subordina lo percibido a “las necesidades, deseos e intereses del ego”: por eso una frase que el otro sí escribió puede adquirir el sentido que quien la lee espera encontrar. Ahí, en ese llenado, la duda se alimenta: no vemos el mensaje, vemos lo que esperamos que el mensaje sea.
Tom Bellamy (2025) sostiene que en la limerencia cada señal del otro refuerza el deseo y la conexión. En la mensajería privada, los interlocutores producen ese material: “Me gusta hablar contigo” puede leerse como mera cortesía, pero quien espera ser correspondido la convierte en señal de reciprocidad. Ahí, en ese vaivén entre lo que se dice y lo que se espera, la imaginación regresa y se intensifica. Llena los huecos que el chat deja: lo que el otro no dijo, lo que el mensaje no confirma.
Esa doble lectura —cortesía o señal— es la ambivalencia estructural de la mensajería: la arquitectura que expone la frase no resuelve esa ambigüedad. Sostengo que la limerencia no nace de esa arquitectura, pero encuentra ahí el terreno donde prospera.
Otra mañana llega un nuevo saludo. Más tarde escriben del trabajo y de los asuntos del día. Nada se ha interrumpido y, sin embargo, quien espera ser correspondido vuelve a la despedida de anoche para leerla a la luz de lo que acaba de recibir. La conversación aporta palabras nuevas; el chat permite reunirlas con las anteriores; la imaginación busca entre unas y otras una confirmación. Ahí está: el contacto puede ser constante y la duda seguir abierta. ¿Qué aprende a buscar quien vuelve al chat, después de conversar todo el día, para saber si le han dicho algo más de lo que leyó?
*Comunicadora Social. Profesora de la Universidad de Los Andes, Núcleo Táchira.












