Opinión
La geopolítica del balón
lunes 13 julio, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
El Mundial de Fútbol de 2026 confirmó que el deporte moderno nunca ha sido un territorio neutral. Gustavo Bueno insistía en que las competiciones internacionales constituyen una prolongación simbólica de la dialéctica entre Estados. Allí donde ya no se disputan batallas militares, se libran otras por prestigio, influencia y reconocimiento político.
Las selecciones nacionales no representan únicamente a once jugadores. Representan Estados que compiten bajo reglas compartidas por un bien escaso: El prestigio internacional. El fútbol no sustituye la geopolítica; la dramatiza.
Pero el Mundial de 2026 fue más allá. También puso de manifiesto la relación entre los Estados y las organizaciones supranacionales que administran el espectáculo deportivo. Desde la perspectiva de la biocenosis, otra categoría central del materialismo filosófico de Bueno, la FIFA, los gobiernos, las corporaciones, los medios y los patrocinadores forman un ecosistema de instituciones que cooperan y compiten simultáneamente. Ninguna existe al margen de las demás.
El episodio protagonizado por Donald Trump resultó especialmente revelador. Su intervención directa ante Gianni Infantino para solicitar el levantamiento de la sanción que impedía jugar al delantero estadounidense Folarin Balogun terminó con una decisión excepcional de la FIFA que provocó fuertes críticas sobre la independencia del organismo.
Más allá de la justicia o injusticia de aquella sanción, el precedente es filosóficamente significativo. Durante décadas la FIFA cultivó el mito de la autonomía del deporte respecto de la política. Bastó la llamada del Presidente del principal Estado anfitrión para que esa pretendida neutralidad quedara seriamente cuestionada.
La filosofía del deporte de Gustavo Bueno ayuda a comprender lo ocurrido. El deporte internacional nunca ha sido una actividad aislada de la política, sino una institución política por otros medios. El Mundial moviliza sentimientos nacionales, fortalece identidades colectivas y proyecta jerarquías entre Estados bajo la apariencia de un espectáculo lúdico.
Precisamente por eso, el incidente Balogun no constituye una simple anécdota disciplinaria. Refleja la capacidad de un Estado con vocación imperial para influir incluso sobre una organización que se presenta como árbitro universal del fútbol.
Los viejos imperios imponían su autoridad mediante la ocupación territorial. Los contemporáneos ejercen buena parte de su poder condicionando instituciones globales, desde los organismos financieros hasta las organizaciones deportivas. La FIFA no escapa a esa lógica.
El Mundial de 2026 no solo dejará un campeón. También es un llamado de atención que, detrás del balón, siguen actuando los Estados, y que incluso el espectáculo deportivo más universal continúa siendo uno de los escenarios donde se manifiesta la permanente dialéctica de los imperios.










