Opinión
La muralla invisible del Caribe
domingo 8 noviembre, 2026
Luis Ibarra
Existe una Cartagena de Indias invisible a simple vista. Los miles de visitantes que pasean los baluartes defensivos de la heroica ciudad colombiana quedan asombrados al apreciar el grosor de las piedras coralinas de la muralla. Aunque la defensa más sólida del Imperio Español en América se eleva hacia el cielo, también existe una muralla construida bajo el mar. Escondida bajo el agua yace la escollera submarina de Bocagrande, una muralla de casi dos kilómetros de largo que se oculta bajo el oleaje. Esta colosal obra de ingeniería de finales del siglo XVIII cambió la geografía de la región y cerró el “talón de Aquiles” de la ciudad heroica ante la codicia de la armada inglesa y sus corsarios. Sin embargo, para entender su origen, hay que viajar en el tiempo al año 1741, fecha de la historia cuando el rumbo del subcontinente sur americano estuvo a punto de cambiar de las manos españolas a las garras británicas. Un 13 de marzo, las aguas del caribe cartagenero recibieron la mayor flota de guerra que nunca ha navegado el mar atlántico, un tamaño solo superado por el desembarco de Normandía que ocurrió siglos más tarde durante la segunda guerra mundial.
En esa oportunidad, Cartagena sobrevivió al devastador asedio de la armada inglesa liderada por el almirante Edward Vernon, quien con sus naves logró entrar en la bahía navegando por Bocagrande, una boca de mar ancha y de aguas profundas, justo al lado de lo que hoy es la zona hotelera de la ciudad. La falla que permitió el ingreso de la marina británica enseñó al Imperio Español que los barcos de guerra enemigos podían pasar por el ancho de Bocagrande, por lo que se necesitaba cerrar esa entrada tan vulnerable.
Con Cartagena sitiada durante meses bajo un masivo asedio militar, la victoria inglesa parecía tan inminente, que el almirante Vernon impulsado por la arrogancia, adelantó un correo al rey Jorge II anticipando su triunfo. El soberano inglés de inmediato ordenó acuñar con urgencia monedas y medallas conmemorativas de la segura rendición de Cartagena. En ellas se leía la frase “El orgullo español humillado por el almirante Vernon“, y mostraban un grabado donde el legendario defensor español, el vasco Blas de Lezo aparecía arrodillado y derrotado entregando su espada al vencedor inglés.
Sin embargo, el anglo Vernon cometió el error de celebrar antes de tiempo. Blas de Lezo, apodado el “medio hombre“, por haber perdido en batallas previas una pierna, un ojo y un brazo, opuso una resistencia admirable. Aprovechando el diseño de los fuertes existentes, las epidemias tropicales y una legendaria carga a bayoneta en el Castillo de San Felipe de Barajas, el insigne estratega Blas de Lezo sepultó los sueños británicos. Los ingleses tuvieron que retirarse con pérdidas humanas devastadoras, al tal punto que el rey de Inglaterra prohibió mencionar aquella humillación. Durante la escalada de un par de meses, en las calles de Londres se festejó con antelación la toma de Cartagena. El insigne comandante defensor del sur de América, quien impidió el plan ingles de arrebatarle ese vasto territorio a España resultó olvidado por la historia. Con solo seis naves y menos de tres mil combatientes, deshonró a la flota inglesa compuesta de más de doscientas naves de guerra y cerca de 30 mil soldados profesionales. El ingenio de Blas de Lezo destrozó a los ingleses con ardides como, por ejemplo, cavar fosos para que, al intentar sobrepasar las murallas, las escaleras británicas se quedaran cortas. Al final los ingleses abandonaron derrotados.
La ausencia de obstáculos permitió a la flota británica más grande de la historia penetrar por el canal de Bocagrande. Fue tras la terrible experiencia de casi perder Cartagena, que la Corona española comprendió que Bocagrande debía blindarse al futuro acceso anglosajón, tarea que ejecutaría décadas después el ingeniero Antonio de Arévalo con una muralla sumergida.
Para dimensionar la magnitud de esta decisión protectora se requiere estimar el costo del complejo defensivo del puerto más importante del Caribe. Los historiadores calculan una inversión entre muralla, fuertes y la escollera que oscila entre 50 y 60 millones de pesos de plata o reales de a ocho de la época, cifra que a precios de hoy es equivalente a un desembolso de entre 15 a 20 mil millones de dólares. Tan considerable aporte financiero representó una fortuna gigantesca para las arcas de los virreinatos, equivalente al costo de construcción en 1914 del Canal de Panamá, obra iniciada por Francia y concluida por Estados Unidos. Se estima el costo a precio actual del canal panameño, incluyendo el avance inicial de Francia, en un monto entre 16 y 18 mil millones de dólares. Un megaobra demostrativa del destino de los recursos que los españoles extraían de la América hispana, obras que demuestran la construcción de infraestructura de impacto beneficioso al desarrollo de la región hispana. El esfuerzo económico en Cartagena fue tan abismal que dio origen a una graciosa leyenda. Se dice que el rey español Felipe II se asomaba al balcón de su palacio en España, enfocando con un catalejo el horizonte y, cuando algún ministro curioso le preguntaba sobre qué buscaba mirando a lontananza, respondía: “Busco las murallas de Cartagena, que por lo que han costado ya deberían verse desde aquí“.
Bajo ingeniería moderna, el canal de Panamá se construyó en unas décadas; mientras el amurallamiento de Cartagena tomó más de 200 años, desde 1586 a 1796. Para dominar y proteger la ruta comercial más codiciada del planeta, la administración virreinal involucró a generaciones de ingenieros militares, miles de toneladas de piedra coralina y abundante recurso obrero. La escollera submarina de Bocagrande es calificada como una de las obras de ingeniería militar más ingeniosas de la época virreinal. Era una trampa oculta bajo el oleaje que los barcos enemigos no podían ver. Si una flota de guerra inglesa intentaba entrar por Bocagrande, sus cascos de madera chocaban de frente contra las piedras ocultas, encallando los barcos o abriéndoles vías de agua masivas en el fondo. Esto obligaba a cualquier navegante a utilizar únicamente el canal de Bocachica, una entrada mucho más estrecha e incómoda en el otro extremo de la bahía, la cual estaba fuertemente custodiada por los castillos de San Fernando y San José. Cartagena se volvió casi inexpugnable.
La escollera submarina no existía cuando el almirante inglés Edward Vernon atacó Cartagena en 1741. Vernon venía de tomar Portobelo, Panamá. El Almirantazgo británico concibió un plan de destrucción que consistía en capturar los cuatro puertos del Caribe: Portobelo, Cartagena de Indias, La Habana y Veracruz. Adicionalmente, mientras Vernon atacaba por el Caribe, una escuadra naval al mando del comodoro George Anson bordearía Sudamérica por el cabo de Hornos para atacar las costas de Chile y Perú. Anson sufrió un viaje desastroso y perdió casi toda la flota. Sin embargo, logró cruzar el Pacífico y, en junio de 1743, tendió una emboscada cerca de las islas Filipinas al Galeón de Manila, al navío español Nuestra Señora de Covadonga. Luego de una feroz batalla, capturó el galeón y se apoderó de un botín colosal: más de 1.3 millones de monedas de plata o reales de ocho, y 34 toneladas de lingotes de plata pura que iban desde Acapulco, México, con destino a Manila, Filipinas, para comerciar con Asia. El capitán Anson completó la vuelta al mundo regresando a Inglaterra en 1744 por el cabo de Buena Esperanza. De los 1900 hombres que zarparon de Inglaterra, solo sobrevivieron 188. El dinero capturado fue tan masivo que se necesitaron 32 carretas para trasladar el tesoro por las calles de Londres, lo que ayudó a la Corona británica a maquillar el humillante fracaso que Vernon acababa de sufrir en Cartagena de Indias. Vale referir que, entre los planes británicos de esa intentona a Cartagena, estaba convertir la actual Colombia en colonia británica permanente.
Esta urgencia por levantar defensas no fue exclusiva de Cartagena; el Caribe hispano era una frontera bajo asedio permanente. En la Capitanía General de Venezuela fueron levantados imponentes baluartes para frenar la piratería y el contrabando inglés, holandés y francés. El Lago de Maracaibo sufrió incursiones de piratas como Henry Morgan, quien en 1669 saqueó a sangre y fuego las poblaciones de la zona. Para poner fin a esta vulnerabilidad, las autoridades virreinales iniciaron la construcción del imponente Castillo de San Carlos de la Barra en el año 1623, destinado a sellar la entrada al lago desde el Golfo de Venezuela. El sistema defensivo de Puerto Cabello, con el Castillo de San Felipe, también conocido como el Castillo de Libertador, y el Fortín Solano, o las imponentes fortificaciones de La Guaira y la Isla de Margarita, como el Castillo de Santa Rosa. Estas costosa fortalezas venezolanas formaban una red de contención unida por el mismo cordón umbilical de Cartagena: un sistema defensivo coordinado para evitar que las potencias del norte de Europa le arrebataran a España sus provincias caribeñas. Cuantiosas inversiones financiadas desde los virreinatos a una región que no ofrecía grandes perspectivas mineras.
Un detalle que la historia oficial tiende a omitir es que la España peninsular no tenía la capacidad logística ni económica para mantener un ejército permanente en suelo americano. Además, la región ibérica hispana sufría una considerable disminución demográfica. Consumida por sus guerras eternas en el continente europeo contra Francia, Inglaterra, los principados germanos, y la defensa contra los musulmanes, la península ibérica solo podía enviar al Nuevo Mundo unos pocos oficiales de alta graduación e ingenieros militares. Entonces, ¿quiénes disparaban los cañones en Cartagena, en Maracaibo o en el Veracruz mexicano? La defensa la hacían los pobladores locales. Sin ejercito peninsular, la defensa de las ciudades americanas correspondía a los españoles de América: criollos, mestizos y milicias de negros libres que se sentían integrados a sus respectivas regiones. Los locales no se veían a sí mismos como habitantes de colonias explotadas, sino como súbditos legítimos y orgullosos de los Reinos de Indias: los virreinatos de la Nueva Granada, de la Nueva España o del Perú.
Tan españoles eran los defensores del territorio, que en las actas de bautismo y documentos de la época de quienes más tarde serían los líderes independentistas o llamados “libertadores” quedaba constancia de su pertenencia a los territorios de la Corona, y de su nacimiento legal como súbditos españoles. Cuando las milicias criollas defendían Cartagena de los ingleses, holandeses o franceses protegían sus casas, sus familias y su fe católica bajo la bandera de la Cruz de Borgoña, resulta evidente que no luchaban en favor de un monarca lejano. Al mirar hoy el mar de Cartagena, o al contemplar los muros desgastados de los castillos caribeños en Venezuela, conviene recordar que esas piedras no solo costaron fortunas titánicas que hicieron suspirar a los reyes en Madrid. Fueron un escudo humano; la infraestructura defensiva de una sociedad hispanoamericana próspera, si, muy próspera, que durante tres siglos resistió el embate de los mayores imperios depredadores y genocidas del globo terráqueo. Todos agradecidos con el rescatado héroe almirante Blas de Lezo, salvador del sur de la América virreinal.
Referencias:
Arciniegas, Germán. 1945. Biografía del Caribe. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.
Quintero Saravia, Gonzalo M. 2016. Don Blas de Lezo: Biografía de un marino español. Madrid: Editorial Edaf.
Zapatero, Juan Manuel. 1977. Historia de las fortificaciones de Puerto Cabello. Caracas: Academia Nacional de la Historia.
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