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Opinión
La protección de los derechos intelectuales, la desprotección de los libros físicos en el entrenamiento de la IA y las bibliotecas personales

lunes 10 agosto, 2026

La protección de los derechos intelectuales, la desprotección de los libros físicos en el entrenamiento de la IA y las bibliotecas personales

Mauricio R. Pernía-Reyes *

“Y detrás no había nada, absolutamente nada. No era un lugar pelado, una zona oscura, ni tampoco una clara; era algo insoportable para los ojos y que producía la sensación de haberse quedado uno ciego”. En este extracto del capítulo III de “La historia interminable” (“La historia sin fin” en otras traducciones), novela del autor alemán Michael Ende, se narra la experiencia de Bastian, un niño que encuentra un libro donde un reino desaparece ante “La Nada”. Mientras lee el viaje del guerrero Atreyu y otros personajes, el niño descubre que su imaginación es la clave para reconstruir ese mundo y salvarse. Volveré sobre este punto más adelante.

La semana pasada comenté la sentencia del caso Bartz vs. Anthropic PBC. Al respecto, conviene recapitular: Iniciado en agosto de 2024 por un grupo de escritores, entre ellos Andrea Bartz, la demanda colectiva acusó a Anthropic de infringir derechos de autor al usar sus libros para entrenar sus modelos de lenguaje, conocidos como Claude. El 23 de junio de 2025, el juez federal William Alsup, del Distrito Norte de California, EE.UU., emitió una orden de juicio sumario en el que dividió el análisis del “uso justo” en tres escenarios que menciono a continuación: Primero, el tribunal evaluó el entrenamiento algorítmico y determinó que usar obras protegidas para enseñar a los modelos de lenguaje a generar textos nuevos es transformador. Bajo el primer factor de la doctrina judicial estadounidense, esta actividad se consideró lícita, por cuanto el sistema crea contenido inédito y no compite comercialmente con las obras originales. Por consiguiente, el tribunal sentencia a favor de Anthropic en este punto. Segundo, el tribunal analizó la digitalización de libros físicos comprados legalmente. Anthropic adquirió ejemplares impresos y los escaneó para construir su biblioteca interna. El magistrado concluyó que el cambio de formato, destinado exclusivamente a almacenamiento y análisis computacional, también constituye un “uso justo” pues la empresa no distribuyó copias al público ni afectó negativamente el mercado editorial.

En el tercer escenario, el tribunal examinó la descarga de millones de libros piratas. La evidencia demostró que la empresa descargó textos desde repositorios no autorizados para alimentar su base de datos permanente, evitando adquirir licencias. En este punto, el fallo favoreció claramente a los escritores demandantes. En efecto, el juez dictaminó que la obtención de archivos ilícitos no es una práctica transformadora ni se justifica legalmente. Validar dicha conducta destruiría el mercado literario al trasladar inmediatamente la demanda a copias piratas en lugar de las originales.

Luego de esta orden, las partes iniciaron negociaciones y alcanzaron un acuerdo extrajudicial, aceptado y aprobado de forma definitiva durante la audiencia en abril de 2026. Este pacto indemnizó directamente a los autores afectados mediante un fondo compensatorio y cerró el proceso judicial. La cifra es de 1.500 millones de dólares.  Este caso funciona como el estándar principal vigente para el sector. La homologación judicial de este acuerdo confirma que el procesamiento de datos para entrenar algoritmos califica como “uso justo transformador y lícito” y establece de manera clara que esta inmunidad legal no aplica si la extracción originaria proviene de piratería.

Ahora bien, la consecuencia de este proceso judicial es conocer que el “Proyecto Panamá”, el de comprar libros masivamente en formato papel y aplicarles escaneo destructivo, no resulta ilegal. La conmoción que ha causado la noticia del posterior desecho de los libros una vez digitalizado su contenido plantea análisis que no tratan sobre los derechos intelectuales sobre las obras, que efectivamente corresponden y deben ser garantizados, sino respecto del libro como tecnología de la memoria, patrimonio bibliográfico o artefacto cultural.

La consideración de Anthropic, en este caso, sobre los libros en formato papel como materia prima extractiva cuyo contenido se diluye en la red algorítmica de los modelos de lenguaje es una realidad que, como señalé la semana pasada, roza lo distópico. Por ello, la mejor respuesta podemos construirla mediante la creación de bibliotecas personales. En tal sentido, conviene considerar lo siguiente: En este siglo hemos perdido gran parte de los objetos y cosas que nos forman la memoria y que, además, podían transmitirse a las siguientes generaciones.

Marc Vidal, analista económico, divulgador y escritor español, publicó en su canal de YouTube un video titulado “¿Quién está borrando internet? El 38 % ya no existe y nadie se dio cuenta”, en el que afirma, sobre la base del estudio del Pew Research Center, que el 38 % de las páginas web que existieron en 2013 no son accesibles una década después. Cuando se comprende este dato, es natural que se perciba la fragilidad y falta de control que se tiene sobre los datos digitales que creemos que son nuestros. Desde las fotos, videos, documentos y un universo de prestaciones digitales desaparecen o pueden hacerlo y perderse con ello datos valiosos cuya recuperación en algunos casos es muy improbable.

A su vez, Andrew Piper, profesor de Literatura y Cultura Europea en McGill University publicó en 2012 “Book Was There: Reading in Electronic Times” (El libro estuvo allí: leer en tiempos electrónicos) en el que hace referencia a que la materialidad influye en la forma en que pensamos. Además, señala que un libro impreso tiene una posición estable y con él podemos recordar que una idea estaba en la página izquierda, hacia el final del volumen, debajo de una marca o junto a una determinada ilustración. En una pantalla, por el contrario, el texto puede ser igualmente accesible, pero la experiencia espacial y física cambia.

De manera que una biblioteca personal crea un ambiente físico de lectura. Los libros están juntos, visibles y disponibles y su proximidad genera asociaciones inesperadas. Un volumen puede recordarnos otro, una conversación, una época de nuestra vida, una pregunta que todavía no hemos resuelto o la génesis de una buena idea. La biblioteca funciona así como una especie de memoria externa y ordenada en el modo en el que recordamos mejor. Facilita la memoria y nos habilita a llevar con nosotros un solo dispositivo, concentrarnos en él y reflexionar sin otros estímulos que nuestro entendimiento y nuestra imaginación. Sin otras aplicaciones.  

Al inicio de este artículo mencioné a Bastian, el niño que en La historia interminable, de Michael Ende, encuentra un libro donde un reino desaparece ante “La Nada”. Esa imagen puede servir como metáfora de los modelos de lenguaje, pues cuando un libro descatalogado se escanea y destruye, sobre todo si se trata de manuales, actas, publicaciones locales, dietarios o ediciones agotadas, se lo reduce a materia prima desechable. Si además sobrevive en pocos ejemplares y posee valor histórico, esa pérdida constituye una versión real de “La Nada”.

*Doctor. Profesor-Investigador UCAT.

Miembro directivo de CEDE y de la Asociación Venezolana de Derecho Administrativo. Especialista en Derecho Administrativo y en Gerencia Pública.

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