Opinión
La silla esquiva
viernes 25 septiembre, 2026
Leomagno Flores
Desde hace ya bastantes años, arrastro una obsesión silenciosa pero persistente: observar los giros de nuestra historia y, en particular, el destino de esos personajes fascinantes que parecieron tenerlo todo para gobernar Venezuela, pero a quienes la silla presidencial siempre les esquivó el cuerpo. Siempre me ha llamado la atención cómo la política venezolana bendice a veces a figuras grises o improvisadas impulsadas por el mero azar, mientras deja en el camino a verdaderos titanes civiles que desbordaban intelecto y magnetismo popular.
Al revisar nuestro pasado, hay tres nombres que siempre me vienen a la mente y que sintetizan este enigma en épocas muy distintas: Antonio Leocadio Guzmán, José Manuel «El Mocho» Hernández y Jóvito Villalba. Hombres con el don de conmover a una nación entera a través de la palabra o el mito, pero que nunca lograron ceñirse la banda presidencial.
A mediados del siglo XIX, Antonio Leocadio Guzmán fundó el Partido Liberal y encendió a las masas empobrecidas con una elocuencia temible. A través de la imprenta, canalizó el descontento popular contra la élite conservadora. El pueblo lo idolatraba y las elecciones de 1846 parecían suyas. Sin embargo, en aquella Venezuela, los votos no pesaban frente a los fusiles. Fue arrestado, inhabilitado y sentenciado. Paradójicamente, fue su hijo, Antonio Guzmán Blanco, quien décadas después combinó el rango militar con el pragmatismo para gobernar con puño de hierro. El padre tenía el verbo; el hijo tuvo la espada.
Medio siglo más tarde, a finales del siglo XIX, emerge otra figura que siempre me ha parecido conmovedora: «El Mocho» Hernández. Este humilde carpintero revolucionó la forma de hacer política al importar las campañas modernas norteamericanas: mítines masivos, giras rurales y propaganda escrita. El fervor místico que despertaba en 1897 era incontrolable; encarnaba la esperanza civil frente a los caudillos corruptos. Pero la realidad militar lo aplastó en las mesas electorales mediante un fraude colosal perpetrado por el régimen de Joaquín Crespo. Su destino no fue el Palacio de Miraflores, sino las rejas de La Rotonda.
Ya en el siglo XX, nos topamos con Jóvito Villalba, quizás el orador más brillante y electrizante que ha parido nuestra tierra. Miembro de la mítica Generación del 28, Villalba logró la hazaña de derrotar en las urnas a la dictadura militar en las elecciones parlamentarias de 1952 bajo las siglas de URD. La respuesta del poder fue implacable: Marcos Pérez Jiménez desconoció el resultado y lo expulsó en un avión al exilio. Años más tarde, ya en democracia, la historia demostró que el carisma no basta si no se acompaña de una implacable maquinaria partidista. La elocuencia de Jóvito fue desplazada por el frío pragmatismo organizativo de Rómulo Betancourt al concebir el partido Acción Democrática y la constancia de Rafael Caldera.
Tras años de analizar estas trayectorias, llego a una conclusión que comparto a menudo con quienes debaten sobre el liderazgo: para ser presidente no se nace, sino que se coincide con una circunstancia histórica determinada. El carisma sirve para ganar elecciones o movilizar masas, pero el arte de gobernar o retener el poder exige destrezas radicalmente distintas: astucia, capacidad de pactar, manejo de la burocracia y, trágicamente en nuestra historia, el control de las fuerzas fácticas.
La historia de Venezuela no la escriben necesariamente los políticos más destacados, sino aquellos que saben leer el momento idóneo. Guzmán, El Mocho y Villalba nacieron con condiciones extraordinarias para el liderazgo, pero se estrellaron contra las murallas del caudillismo, el fraude institucional y la bota militar. Nos queda de ellos el testimonio de que la aclamación popular es un combustible poderoso, pero que en el tablero de la política, la Fortuna y la fuerza suelen tener la última palabra.













