Opinión
La transición se negocia sin el ciudadano
sábado 24 octubre, 2026
Carlos Casanova Leal
Pasamos de una democracia representativa a la ficción de una democracia directa y, finalmente, a una ciudadanía sin participación efectiva. El ciudadano quedó atrapado en el vacío, dejó de sentirse representado, los partidos políticos divididos, judicializados, otros sin tarjeta, todos debilitados, organizaciones excluidas y una sociedad convertida en espectadora del proceso que pretende definir el futuro de Venezuela.
El ciudadano venezolano no enfrenta solamente la ausencia de democracia directa o representativa; enfrenta la pérdida de su capacidad de intervenir en la política. Es reconocido como titular de derechos, que igual los violan, pero permanece excluido de las decisiones que determinan su presente y su futuro. El desafío de la transición no consiste únicamente en cambiar el régimen, sino en devolverle al ciudadano la condición efectiva de ser sujeto del poder.
La representación que participa en la mesa de negociaciones no parece orientada a establecer mecanismos de consulta, recepción de propuestas ni aprobación ciudadana. Sus integrantes actúan como si el mandato que alguna vez recibieron les permitiera decidir indefinidamente en nombre de una sociedad a la que ya no consultan.
Al considerarse legitimados por su condición de representantes, prescinden de la autorización efectiva de los ciudadanos y evitan conectarse con sus demandas, inquietudes y propuestas. Así, la mesa corre el riesgo de convertirse en una mesa de élites, un espacio cerrado donde se negocia el poder entre actores políticos, mientras la mayoría permanece excluida y reducida al papel de espectadora en medio de una crisis que aumenta y en nada mejora.
Nada indica que la participación ciudadana vuelva a tener espacio en las decisiones, la pregunta en consecuencia es: ¿Cómo quedara la participación ciudadana en la nueva Venezuela?
A lo que respondemos: el rumbo actual no garantiza el nacimiento de una nueva Venezuela participativa moderna. Puede conducir, más bien, a la restauración de un modelo representativo y centralizado, en el que los partidos vuelvan a ocupar el centro de la política sin recuperar necesariamente su conexión con la ciudadanía. El riesgo no es retornar a la representación, sino regresar a una representación sin representados, concentrada en Caracas y negociada por élites que hablan en nombre de una sociedad que no consulta.
Este es el reto que, desde ahora, los partidos tienen que presentar como propuesta. Venezuela no necesita escoger entre democracia directa y democracia representativa. Necesita una democracia representativa con participación ciudadana, descentralización efectiva y control social. Sin esos tres elementos, la transición solo cambiará a los ocupantes del poder, pero no cambiará la forma en que el poder se relaciona con la sociedad.
La legitimidad y la representatividad se construyen en el ejercicio diario, no solo en la narrativa del cambio. Si una fuerza política o institución como la AN 2015 se autoaplica el adjetivo de “democrática” o representa la alternativa al autoritarismo, su praxis debería reflejar los valores opuestos al régimen que cuestiona. La falta de mecanismos transparentes de consulta popular genera una paradoja. El ciudadano queda reducido a un espectador pasivo que solo es convocado para validar decisiones preconcebidas o participar en eventos puntuales, pero no para influir en la toma de decisiones estratégicas. Cuando las decisiones de alto nivel se concentran en cúpulas o cogollos partidistas, se sustituye el debate ciudadano por la componenda a puerta cerrada. Esto desestimula la contraloría social, aleja a la academia, a los gremios y a las comunidades organizadas, reduciendo la política a una disputa de cuotas de poder.
Finalmente, aproximarse a este cambio en el contexto actual requiere pasar del discurso a la acción mediante vías realistas de participación popular. En una Venezuela donde los canales institucionales están cerrados y el espacio público restringido, la dirigencia política está obligada a promover espacios seguros y descentralizados, desde asambleas comunitarias y asambleas locales orientados a resolver problemas concretos de la gente, hasta consultas ciudadanas digitales que incorporen de forma efectiva a los millones de venezolanos en el exterior. Habilitar mesas sectoriales con sindicatos, educadores, profesionales y movimientos vecinales para construir soluciones colectivas que no solo devolvería el protagonismo al ciudadano, sino que legitimaría cualquier negociación.
Reconstruir la confianza democrática exige demostrar hoy la vocación inclusiva que se promete para el mañana; solo sumando al ciudadano como sujeto activo y no como mero espectador se impedirá que la transición replique la opacidad y el centralismo que hoy paralizan al país.
Dios bendice a los venezolanos.











