Opinión
Las Huellas Ocultas del Valle: La Gestación Silenciosa de San Antonio antes de 1724
martes 1 septiembre, 2026
Alexis Balza
Centro de Estudios Históricos de San Antonio del Táchira
Hay una fascinante fascinación en escudriñar el pasado cuando se entiende que la historia de un pueblo no empieza con el trazo de una pluma sobre el papel sellado de una fundación. Para cuando San Antonio del Táchira emergió formalmente en 1724 bajo el calor de la erección eclesiástica y la voluntad de sus vecinos, el suelo que pisaban no era una página en blanco.
Mucho antes de que los libros parroquiales estamparan el nombre de nuestra villa, estas tierras ya latían con fuerza propia. Si rastreamos la memoria documental hasta las mismísimas actas coloniales del Cabildo de Pamplona del siglo XVI, descubrimos que este rincón fronterizo llevaba casi dos siglos gestándose en el trabajo cotidiano, en el transitar constante y en la labranza del campo.
Apenas tres años después de fundada la ciudad madre de Pamplona en 1549, la mirada de los primeros pobladores del Nuevo Reino de Granada ya se posaba fijamente sobre la cuenca de nuestro río. Así lo testifica un hallazgo histórico revelador: el Acta del Cabildo pamplonés con fecha del 2 de diciembre de 1552. En aquel lejano día de diciembre, los regidores concedieron formalmente a Juan Lorena una estancia de ganado mayor configurada “entre Cúcuta y… de una parte y otra del río”.
Aquella acta no es un simple dato desempolvado de un archivo; es una revelación profunda sobre nuestra esencia originaria. Demuestra que, desde mediados del siglo XVI, el río Táchira jamás fue concebido por nuestros antepasados como una frontera divisoria o una barrera natural, sino como el eje articulador y la arteria viva de una misma unidad territorial y productiva. El trabajo de la tierra y la crianza de ganado ya unían hermanadas las dos orillas del cauce, sembrando las primeras semillas de lo que con el tiempo se convertiría en nuestra comunidad.
Posteriormente, en las Ordenanzas de Minería aprobadas el 25 de mayo de 1553, el mismo Cabildo de Pamplona demarcó los confines de su jurisdicción extendiéndolos desde el río Sogamoso hasta los espacios que conectaban de forma natural con los valles del Táchira. Aquella trama administrativa no hizo más que institucionalizar lo que la geografía y la vida ya habían dictado: este valle era un paso estratégico, una encrucijada vital de caminos y asentamientos.
Por eso, la fecha de 1724 no representa una aparición repentina ni un nacimiento desde el vacío. Fue, en realidad, el fruto maduro de una larga y silenciosa gestación de 172 años. Una etapa donde colonos, encomenderos, mestizos e indígenas fueron moldeando la identidad, la resistencia y el carácter de esta comarca.
Reconocer estas huellas ocultas nos devuelve el orgullo de saber que nuestro gentilicio no comenzó por decreto, sino por la persistencia cotidiana de hombres y mujeres que entendieron este valle como su verdadero hogar. San Antonio del Táchira es el resultado vivo de una historia continua, de una frontera que nació para unir y de una herencia milenaria que nos exige seguir construyendo nuestro propio destino.
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