Opinión
Los museos de la memoria
miércoles 5 agosto, 2026
Osvaldo Barreto
Se suele pensar que los museos son lugares donde se guardan cosas viejas (antiguas). En nuestras sociedades modernas, occidentales y progresistas, lo viejo es visto con desdén. Vivimos obnubilados con la fantasía de la eterna juventud; hemos aprendido a temer a la vejez, y en eso hay mucho de imbecilidad. Esa misma actitud de fascinación por lo joven, por lo fresco, por lo actual, por la novedad, nos aleja, sin darnos cuenta, de la memoria, de la memoria a largo plazo, de la memoria histórica, de la memoria toda. No es aventurero decir que la humanidad ha llegado al nivel tecnológico actual gracias, precisamente, a la memoria. Porque como especie hemos sabido guardar el conocimiento y hemos implementado mecanismos sociales para transmitirlo de generación en generación; de no ser así, todavía estaríamos en cuevas cazando animales o ya nos hubiésemos extinguido.
Los lugares destinados a la memoria en las sociedades actuales son los museos y las bibliotecas. Estos espacios no son los más populares, y sus públicos han ido menguando con el auge de las redes sociales. Pero la memoria, que siempre buscará sobrevivir, ha entendido la dinámica de la digitalización, es así que también se ha mudado a la World Wide Web. Museos y bibliotecas se digitalizan; la memoria ahora se configura a partir de terabytes de información, se ha convertido en data inmaterial.
Antes, no hace mucho, la memoria humana reposaba en cosas materiales, en los vestigios arqueológicos de un museo, en las toneladas de papel de los libros, revistas y periódicos, en las obras de arte, en las esculturas, en las arquitecturas, en nuestra corporalidad. Pero nuestro cuerpo muere, a las arquitecturas las hacen trizas los terremotos; las esculturas, según el material, pueden durar siglos, pero requieren mucho cuidado y mantenimiento, al igual que las obras de arte y los libros e impresos se amarillean con los años y la humedad suele devorarlos; la misma finitud afecta los vestigios arqueológicos. Lo anterior remite a un anhelo de eternidad, a un querer seguir siendo pese a todo. Significa que valoramos nuestra memoria y que hacemos un esfuerzo gigantesco por preservarla.
Mientras más fuerte sea la memoria de una sociedad, más posibilidades tendrá de no repetir errores, de evitar tragedias, de lograr buena calidad de vida, de sobrevivir.
Esta memoria pareciera ser responsabilidad del Estado, de los gobiernos, de las instituciones, y sí, todos esos entes son responsables, pero… ¿y las masas?, ¿la gente?, ¿el ciudadano? Preguntémonos en un monólogo interior: ¿Cuál es nuestra relación con esa memoria humana que llamamos universal? ¿La forma en la que actuamos y lo que hacemos a diario tiene alguna relación con esa memoria? ¿Vamos a los museos o a las bibliotecas, propiciamos o deseamos encuentros con la memoria? ¿Consumimos algo de esa memoria por las redes sociales? ¿Entendemos que esa memoria también es nuestra responsabilidad?
No son pocos aquellos que piensan que no les compete, como si se tratara de algo lejano, un asunto de las grandes ciudades; tal pensamiento, además de falaz, es muy perjudicial para nuestras memorias locales. La memoria “universal” está incompleta sin las memorias locales, sin la memoria familiar, sin el artista del barrio, sin el artesano del mercado popular, sin el poeta al que llamamos “el loco de la familia”. No es algo exclusivo de universidades, filántropos, cronistas, historiadores o coleccionistas.
También es importante entender que la memoria no es una construcción de acero inoxidable, pensarla así es peligroso porque conduce a fanatismos y posturas intransigentes. Si se tratara de algún material, resultaría más apropiado decir que está hecha de plastilina, porque se puede moldear y su forma cambia constantemente sin endurecer.
Pensemos la memoria como sinónimo de: Origen, cultura, identidad, tradición, historia, civilización. Esa memoria que constituye el museo humano es algo que por necesidad vital debería contemplarse en el espejo diario.
*Grupo Bordes/ Cesta warao / 2026 / Palma de moriche y tintes naturales / Foto: Osvaldo Barreto












