Opinión
Los Orígenes Olvidados del Valle del Táchira: La Hazaña Colonial que dio paso al Gentilicio Primado
martes 25 agosto, 2026
Alexis Balza
Hay una verdad indiscutible que solo la paciencia y el rigor de la investigación documental logran desenterrar: la historia viva de un pueblo no comienza el día de su fundación oficial o cuando se erige el primer templo. La verdadera génesis se teje mucho antes, en las corrientes subterráneas del tiempo, en las rutas trazadas a lomo de mula y en la organización socioeconómica que, paso a paso, fue moldeando la geografía humana de un territorio.
Para comprender el nacimiento de San Antonio del Táchira en las entrañas del Valle del Táchira, es imprescindible desandar los caminos de la memoria y mirar hacia el siglo XVI, a partir de 1549. En ese año germinal, tras la fundación de Pamplona de Indias por Pedro de Ursúa y Ortún Velázquez de Velasco, la antigua provincia neogranadina se transformó en el gran corazón administrativo, minero y judicial de una vasta comarca andina.
Movidos por el inagotable deseo de desentrañar los orígenes profundos de nuestro Gentilicio Primado, hemos dedicado años a hurgar en los repositorios documentales más imponentes de la región: el Archivo Arzobispal de Pamplona, el Archivo de Colonias del Archivo General en Bogotá y los valiosos fondos notariales y de visitas del Nuevo Reino de Granada. Sin embargo, este camino de luz no habría sido posible sin el apoyo fraterno e institucional de la Academia Colombiana de la Historia y la Academia de Historia de Santander, al hacernos entrega el doctor Armando Martínez Garnica de dos tomos fundamentales con los archivos históricos de Tunja. Estos valiosos volúmenes nos han permitido encender una linterna de rigor científico sobre lo que realmente aconteció en nuestras tierras antes de que el mapa colonial terminara de dibujarse.
A partir de 1549, Pamplona extendió su influencia natural hacia los valles bajos y las cuencas del Táchira. Aquel proceso no ocurrió en el vacío; se estructuró a través del sistema de las encomiendas. Las huestes y vecinos pamploneses recibieron repartimientos sobre las comunidades originarias que habitaban estas geografías. A través de este mecanismo —que combinaba la tributación en oro de aluvión, mantas de algodón, maíz y servicios personales con la evangelización— el Valle del Táchira comenzó a integrarse en una red de producción y tránsito vital.
Las visitas de inspección colonial del siglo XVI demuestran que las tierras que hoy sostienen a San Antonio y Ureña no eran confines desiertos o aislados. Por el contrario, existía una intensa dinámica de pleitos por deslindes de tierras, mercedes reales, encomiendas vacantes y traspasos notariales. Aquella primera vertebración territorial tejió el cordón umbilical que unió indisolublemente a Pamplona, Tunja y Santafé con el Táchira.
A medida que el siglo XVI avanzaba y se consolidaba el XVII, la encomienda fue transformándose. Las cuadrillas de trabajo, las vías de comunicación y los asentamientos de producción agrícola en la campiña del Valle del Táchira crearon la base social y el poblamiento disperso que, con el correr de las décadas, demandaría una vida comunitaria propia. Fue precisamente en ese suelo trabajado, caminado y organizado durante más de un siglo donde terminó floreciendo, con hidalguía y dignidad, la villa de San Antonio del Táchira.
Revisar estos testimonios centenarios es una lección de orgullo y soberanía cultural. Nos demuestra que San Antonio del Táchira no surgió del azar ni fue una simple ocurrencia de paso; nació de una gesta de arraigo, esfuerzo y organización territorial de larga duración.
Hoy, al adentrarnos en estos infolios históricos gracias a la colaboración binacional entre nuestras academias, reafirmamos que la frontera jamás ha sido una línea de separación, sino la raíz líquida y compartida donde se escribió —y se sigue escribiendo— el destino grande de nuestra gente.
Destacados













