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¿Nos cansamos de ser fuertes?

Pedro A. Parra


“Valentía es recoger nuestros pedazos y reconstruirnos de nuevo”. “La vida es simultáneamente trágica y cómica, al mismo tiempo absurda y profundamente significativa” (Paul Auster).

Tenemos que tener un propósito de vida que contenga un resurgimiento, una esperanza, una nueva vida. Tomemos en cuenta “cuánto pesa una pluma”, y a través de ella, construyamos  tu historia,  la mía y  la de los otros. Todavía tenemos tiempo; son las piezas rotas de nuestros sueños, y lo más importante es mantener un real equilibrio espiritual,  una armonía del ser que contenga lo mental, lo emocional, lo saludable y lo espiritual.

¡Cuanto más gruesa es la armadura, más frágil es el ser que la habita! Ser una persona frágil supone tener una sensibilidad especial que vamos protegiendo mediante una coraza, añadiendo capas ante cada decepción.  Nadie sabrá las veces que has logrado mantenerte en pie aun sabiendo que estabas cayéndote a pedazos. Sólo tú sabes dónde se hallan las marcas de tus heridas, ésas, que has ido reconstruyendo muy poco a poco, con un hilo muy fino y la aguja de las decepciones. Porque, la valentía nunca es ausencia de sufrimiento o dolor, sino la fortaleza de seguir adelante a pesar del miedo… “No hay peor miedo que tener miedo del miedo” (aforismo árabe).

A menudo, los neurólogos y los biólogos nos recuerdan aquello de que nuestro cerebro está preparado evolutivamente para sobrevivir a todo tipo de adversidades. Ahora bien, cada vez que llaman a nuestra puerta la amargura y el sufrimiento siempre nos preguntamos eso de “¿por qué a mí”?. Cuando esto ocurra, intenta sustituir esa pregunta por otra mejor: “¿para qué”? Dicen que es de valientes sonreir mientras uno está hecho pedazos; pero, valentía es ante todo ser capaz de recoger cada retazo de esos sueños rotos y reconstruirnos de nuevo, para ser más fuertes, más dignos, más hermosos.

Pocos instantes vitales van a demandar tantos recursos internos como esos en los que de pronto sentimos como si todo nuestro ser se hubiera derrumbado por dentro y solo quedaran tristes escombros. Las depresiones, los traumas, las decepciones o las pérdidas son momentos de grandificultad; instantes en los que se pone a prueba la valentía personal; la valentía de renacer en fortalezas a partir de las debilidades.

Como dijo Ernest Hemingway, “la vida nos rompe a todos en algún momento, pero sólo unos pocos logran hacer más fuertes sus partes rotas”. Así pues, merece la pena integrar en nuestro ser esta sencilla pero maravillosa metáfora: Cuando algo valioso se quiebra, se rompe o se pierde; una forma de superarlo es no esconder nunca nuestra fragilidad, nuestra debilidad.  Porque esos vínculos lastimados pueden repararse gracias a la resiliencia (Capacidad que tiene una persona para superar circunstancias traumáticas, como la muerte de un ser querido, un accidente, etc. “La resiliencia potencia la felicidad”), a esa aptitud para sobreponernos de toda dificultad para sellar con oro- como la técnica ancestral en Japón llamada “Kintsugi” mediante la cual se reparaban objetos rotos de cerámica- cada herida, cada hueco, cada sueño roto, y alzarnos así como criaturas aún más fuertes.

Según nos explica la psiquiatra Rafaela Santos en su Libro “Levantarse y luchar”, a pesar de que la neurociencia nos diga que todos podemos ser “resilientes”, esta capacidad no parece tan sencilla de poner en práctica; de hecho, según sus propios datos citados en dicho libro, solo un 30% de la población logra, por ejemplo, superar un trauma. Recoger nuestros “pedazos rotos” no es nada fácil, pero no por ello imposible; el cerebro humano tiene cerca de 100.000 millones de neuronas que crean a su vez un billón de conexiones neuronales. Es algo maravilloso. Si aceptamos que todos, de algún modo, somos arquitectos de nuestros cerebros, también aceptaremos que somos muy capaces de encender nuestra valentía personal, nuestra fuerza y nuestro optimismo para favorecer el cambio.

El corazón de las buenas personas está hecho de lágrimas escondidas. Lloramos a escondidas lágrimas que nadie ve, desahogamos miedos y tristezas en rincones de penumbra porque nos cansamos de ser fuertes. ¿Por qué a mí? Somos arquitectos de nuestras vidas. ¡Si quieres ser valiente… sonríe!

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