Opinión
Notations/ Opus 31/ Coleccionismo de Arte II
viernes 28 agosto, 2026
“Soy un amante del arte que colecciona desde hace casi 50 años. Lo que me fascina es detectar las obras maestras del momento, descubrir a los artistas vivos que contarán el mañana, retener lo mejor de su trabajo y compartirlo con el mundo.” Francois Pinault/ Coleccionista de arte
Elvis Joan Suarez
La semana pasada en el artículo anterior, escribí sobre la palabra “Coleccionar” y anoté que es el acto de acumular objetos o piezas con el deseo de preservar la memoria o el impulso humano de cuidar objetos por su valor, su belleza u originalidad. Pasamos por el origen del coleccionismo en la antigüedad, tanto en Egipto como en Mesopotamia, y cómo ellos comenzaron por mantener colecciones de sus botines de guerra, que eran luego exhibidos en sus grandes palacios para denotar su poderío militar. Ya los griegos nos dejaron la palabra “Pinacoteca”, que era el espacio arquitectónico en el templo, que servía de depósitos de obras o para exponer piezas pintadas dedicadas a los dioses, hoy en día en la modernidad, es un espacio destinado a exponer obras pictóricas, en cambio la palabra “Museo” viene de un homenaje que los helenos querían hacer a las diosas del arte y que precisamente se les llamaba así a centros culturales dedicados a exhibir arte y en donde se discutía sobre filosofía, música y poesía. En Grecia se comienza con el culto al artista y su obra, la ponderación no viene dada a solo como está constituida la pieza o de qué materiales está hecha, fuera de oro o mármol, así comenzó a tener un gran valor la firma del artista, pero habría que esperar a la llegada del Imperio romano para que se inicie verdaderamente el comercio del arte. Los coleccionistas en Roma, principalmente fueron militares y emperadores, buscaban sobre todo comprar arte griego, era la moda, sencillamente buscaban arte aqueo para vanagloriarse de haber conquistado a los griegos. El emperador Julio Cesar compró dos pinturas por 80 talentos de plata, que equivalen hoy en día a alrededor de 6 millones dólares, del famoso pintor griego: Timómaco de Bizancio, las obras representaban a Medea y Ayax, las adquirió con el único propósito de exhibirlos en el templo de Venus. En todo el orbe romano se acostumbraba a realizar “Subastas” de arte cuya etimología proviene de palabra “Sub-hasta” que traduce “bajo la lanza”, en estas plazuelas eran habituales con permiso del Cesar, vender estos expolios, y se solía simbolizar su venta con la lanza sobre el botín, así se daba por entendido que fue adquirido por el mejor postor. A pesar que ya en Grecia y Egipto se venía haciendo estas ventas públicas, es en el Imperio romano donde se afianza con mayor hincapié la práctica de las subastas de arte, esto trajo como consecuencia que se originara la figura del “Marchante de arte” que en este caso se convierte en intermediario entre el artista y el coleccionista, y si el marchante sabía de arte griego, era tomado con más importancia porque los romanos se volvían locos por tener en sus casas arte griego que representaba la victoria del Imperio romano sobre los Aqueos. Entre los grandes coleccionistas de arte en Roma esta Adriano y Nerón, este último mandó a traer 500 estatuas para embellecer su palacio imperial. A la caída del Imperio romano alrededor del siglo V d.C, comienza la larga y oscura Edad Media, pero al igual que las etapas anteriores la posesión de objetos de valor seguía representando el poder, riqueza y prestigio. El coleccionismo medieval, estuvo en manos de reyes, la iglesia, sacerdotes o grupos de clérigos, y eran guiados por el valor material o el poder, así como también la devoción religiosa que simbolizaban los objetos, es decir existió un retroceso con respecto a la importancia que habían adquirido los artistas en Grecia y Roma, la firma de artista había pasado a un segundo plano, no importaba, solo ahora importaba al coleccionista “lo maravilloso” el poseer lo mágico, lo que simbolizara maravillas naturales, como es la época de las pestes, querían encontrar piezas que los protegiesen de enfermedades, como por ejemplo los cuernos de unicornios, que eran en realidad cuernos de rinoceronte o el colmillo de un narval que es una ballena ártica, en caso de los sacerdotes su búsqueda se basaba en objetos como relicarios que contenían restos de algún santo conocido o trípticos de marfil donde estaban talladas las imágenes de la Virgen o la crucifixión. Estas obras solo eran expuestas en ocasiones especiales, y lo que se había ganado en Roma de exhibir arte, en la época medieval prácticamente va a ser nulo. Uno de los grandes coleccionistas medievales va a ser Carlomagno, quien poseía una buena colección de joyas y piedras preciosas, así como también de restos arquitectónicos de monumentos de la antigüedad. Los príncipes y reyes utilizaban sus colecciones solo para demostrar o impresionar tanto a rivales como a socios. En esta época medieval se desarrolló un tipo de comercio de arte, cimentado en el robo de tumbas, sus objetos fueron muy demandados, pero provenían del saqueo y del pillaje. Al final de la Edad Media ya en sus últimos cien años, se da inicio a un nuevo perfil del coleccionista, uno que va a provenir de la nobleza y de la élite urbana, del pujante comercio europeo que personifica al coleccionismo burgués, no solamente serán reyes o sacerdotes ahora son familias, y ese modelo lo representaba la familia de los Médici, el objeto u obra de arte no representará una fórmula mágica o maravillosa de poder, volverán a presentar la obra de arte como sinónimo de estatus social e intelectualidad y conectar con el prestigio de la antigüedad clásica. “Cósimo el viejo” coleccionó esculturas romanas, bustos y monedas antiguas, juntaron miles de textos raros, latinos y griegos, contrataba a eruditos para la búsqueda de estos libros, también coleccionó rarezas naturalistas, mapas y globos terráqueos, unos de sus mayores logros serían: encargar obras a maestros como: Donatello, Botticelli y Miguel Ángel. Y no podemos dejar de nombrar al coleccionista mas apasionado y extravagante de la Edad Media, Juan de Valois conocido como el duque de Berry, quien reunió una biblioteca de 300 volúmenes, coleccionaba tapices, contrato a los mejore maestros del momento como los hermanos Limbourg, a quien ofreció generosos sueldos; la colección del duque de Berry, no solo buscaba el placer estético, sino proyectar su refinamiento intelectual y su devoción religiosa. Hasta aquí cerramos el coleccionismo clásico y medieval para el próximo artículo estaremos escribiendo sobre la Edad de Oro de las colecciones y de la cultura humanista.
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