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Inicio/Opinión/Notations/opus40/Centenario Mateo Manaure: Muralismo geométrico.

Opinión
Notations/opus40/Centenario Mateo Manaure: Muralismo geométrico.

viernes 30 octubre, 2026

Notations/opus40/Centenario Mateo Manaure: Muralismo geométrico.

“La selva está allí, y nos pertenece, porque de ella vivimos y a ella volvemos, porque es nuestra herencia, también porque es la génesis de nuestra tierra. La selva está allí deslumbrante como una esmeralda” Mateo Manaure/Suelos de mi tierra

Elvis Joan Suarez

Un joven de apenas veintiún años, va en el ferrocarril que lo llevará al puerto, su viaje durará alrededor de una hora y media, partió de la estación Caño Amarillo, hay diferentes olores entre perfumes caros y pachulis baratos, a pesar de las grandes ventanas del tren los olores se mezclan, hay gente de todos los estratos sociales, el olor a mar lo acompañará por todo el camino de rieles, además entre los sonidos de la locomotora y el de los pasajeros hablando en español, francés y por allí a veces se asoma el idioma inglés, lo aturden, pero esto no lo desconcentra del hermoso paisaje que vislumbra en las laderas de las montañas de la cordillera de la costa, ya bastante atrás ha dejado la  imagen de la capital, se acercan a una estación : “Peña Mora” la locomotora se detiene a recoger algunos pasajeros, unos cuantos con grandes baúles y otros con animales, pero a lo lejos, él solo mira en la distancia a los obreros que trabajan en una moderna carretera que conectará el puerto con la gran capital, los vagones se ponen de nuevo en marcha, se acercan a otra  estación, van dejando atrás uno de los largos  túneles, del el trayecto. Esta estación es la mas famosa de todas: Zigzag, y nota que las personas se sujetan más fuertes por el movimiento casi en forma de “S”que realiza el tren, pasado el susto y la incomodidad de los movimientos vislumbrará la casa Guipuzcoana y el puerto de donde zarpará a Europa. Al llegar, esperó que se bajaran algunos pasajeros, él solo llevaba un equipaje de mano, al descender del moderno transporte, notó muchos mozos que llegaban a buscar grandes equipajes, grandes baúles iban y venían, era una verdadera confusión, menos mal que el sol se estaba ocultando. Mateo se dirigió  hasta el puerto y logró ver el gran trasatlántico que lo llevaría por el mar Caribe y con el que cruzaría el mar  Atlántico, en el casco se leía: “De Grasse”, subió por la escalera, selló su boleto de segunda clase, que el gobierno le dio por sus recientes exposiciones en Caracas, Mateo, se ubicó en su camarote, ya su estómago le exigía alimento, el olor a lomo de buey asado inundaba el salón, por ello llegó justo a tiempo cuando ya en el comedor del barco la cena la servían, para luego zarpar del puerto de la Guaira. Esa noche, Mateo, subió a la cubierta para ver la luna y el mar, algunos pasajeros con guitarras en mano cantaban los tangos de Gardel, recordaría su pueblo donde nació Uracoa, aquel llano monaguense lleno de caños afluentes con morichales, patos ribereños y pájaros migrantes, del pueblo visualiza su cuadrado telúrico, su puente, la iglesia, el cementerio, sus gentes que se hablan de puerta a puerta, solo Mateo, sueña con tener allí una churuata con techo hecho de palma de temiche, ese espacio de arte estará a unos diez metros del río y que  llamará “Bora-Bora”, sembrará al lado de su esposa árboles de robles, naranjos, mangos, ciruelos y limoneros. Pero el trasatlántico sigue su lento andar, los guitarristas ya no cantan tangos, ahora cantan boleros para ahogar sus penas de algún amor dejado en Caracas, pero la noche es larga, Mateo decide ir a dormir en su camarote, tal vez mañana el “De Grasse” haga una pequeña parada en la isla de Martinica. Mateo se levanta de su camarote muy temprano como buen pintor quiere ver el amanecer, sube a cubierta, los músicos siguen allí, ya no cantan solo duermen, pero divisa en el horizonte una isla y le llama la atención el color de sus flores a pesar de la distancia, un amigo le contó que Martinica la llamaban la isla de las flores y que la flor favorita de los isleños era la rosa de porcelana, el barco por fin  llegó al puerto de Fort-de- France, donde Mateo con boleto de segunda clase podía visitar un momento la isla, allí disfrutaría de su arquitectura criolla y de su gran legado colonial de edificios como la catedral de San Luis y la famosa biblioteca Schoelcher creada por el arquitecto Pierre-Henri Picq, que luego de ser expuesta en la exposición universal de Paris en 1889 fue desmontada y llevada en barco a la isla, Mateo siguió caminando por la plaza Savane para luego volver al puerto donde se encontraba su barco. La ruta del barco está llegando a su fin, pasa por las islas Canarias, se detiene un momento en Tenerife, de allí solo le queda su última parada en la ciudad portuaria de Havre al norte de Francia. El “De Grasse” atraco después de varios semanas de viaje en un puerto con una infraestructura provisional, la ciudad fue devastada por el bombardeo de los ingleses para liberar a la ciudad de los nazis, Mateo, lleva su equipaje de mano, después de algunos minutos logra sellar su pasaporte, saco un cigarrillo, dio unos pasos lentamente, admirando así que todavía quedaban algunos escombros y algunos edificios totalmente destruidos, llego a la parada del ferrocarril, noto que era un poco más viejo que el de Caracas, el tren finamente se puso en movimiento, ahora pasaba bordeando lo que era la ciudad notando los estragos de la guerra, a pesar que el viaje duraría unas tres horas, Mateo, se dispone solamente a disfrutar del paisaje de la Ruán, los valles y meandros del Sena, además del paisaje de Normandía, pero el tren ruidoso está llegando a una villa, ahora su vista se concentra  en casas de ladrillo y piedra, que anunciaran la cercanía de la ciudad parisina  y la llegada del tren a la estación: Gare Saint-Lazare, Mateo se impresiona por lo animada y bulliciosa de la estación, pero Mateo Manaure ya estando en Paris, sentía  estar en otro planeta, lo conocido le parecía más bien sus recuerdos, su propia realidad negada, se perdió en la pintura y en paisaje recién descubiertos en Francia, vagaba por las calles, por los museos, era envuelto por los crudos colores del verano europeo, calló y huyo de otros, no pidió ayuda y nunca renegó, pero fue viendo la luz, a pesar que dos mundos se enfrentaban en él, el de Venezuela y el de Europa. Mateo Manaure, es el representante de la ruptura radical de la pintura figurativa del paisaje tradicional venezolano, quien convierte la superficie arquitectónica en dinamismo, la utilización del color de manera pura y formas ortogonales logran una verdadera integración entre la vibración óptica y concreto armado. En 1950 editará en Paris la revista “Los Disidentes” allí publicará un manifiesto contra el tradicionalismo y la necesidad de inscribir el arte venezolano en las corrientes internacionales como la Abstracción geométrica y el neoplasticismo de Piet Mondrian. Al regresar a Venezuela, encontró que podía materializar sus ideas en la Ciudad Universitaria de Caracas donde junto el arquitecto Carlos Raúl Villanueva formularán el concepto de la “Síntesis de las artes integradas”, donde el arte no solo es un adorno, sino que la obra debe crear una simbiosis directa con la estructura arquitectónica. El lenguaje de Manaure, en la fase muralista se fundamenta en principios estrictos de orden geométrico que, sin embargo, logran una vitalidad orgánica en el espacio urbano. Los murales del maestro Manaure emplean bloques de color puro, abandona el claroscuro, se vale para ello del mosaico veneciano, sus líneas diagonales rompen la pesadez de los muros de concreto, conectando con pasillos y jardines tropicales, entre sus murales podríamos destacar: el del hospital universitario de Caracas y  “Uracoa”  mural  de 3.000 metros lineales de longitud en honor a su pueblo, demostrando que la geometría no solo funciona para galerías y universidades, sino un lenguaje que podrían disfrutar los que transitan por la Av. Libertador, y eso es lo que busca el maestro Manaure, que el mural tenga un impacto urbano y sobre todo el de democratizar el arte, trasladar el arte de espacios elitistas hacia la calle, autopistas y universidades, transformando al espectador a un transeúnte activo que experimentara el ritmo, el equilibrio y la energía del color. Sus Murales definieron la identidad visual de la Caracas moderna y en donde la geometría abstracta se convirtió en un patrimonio cotidiano, comprobando que el entorno tropical podría dialogar con la luz y la arquitectura. Ahora el joven Mateo, sigue fumándose un cigarrillo Gauloises, mientras camina desde Montmartre hasta el barrio de Saint-Germain-prés se sienta en el café de flore y piensa: “La selva está allí, y nos pertenece, porque de ella vivimos y a ella volvemos”

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