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Inicio/Opinión/Ormuz: La materia, el poder y la ilusión moral

Opinión
Ormuz: La materia, el poder y la ilusión moral

lunes 27 abril, 2026

Ormuz: La materia, el poder y la ilusión moral

Antonio Sánchez Alarcón

Conviene empezar por una incomodidad: Las guerras contemporáneas no se explican por principios, sino por posiciones. Estados Unidos e Irán no se enfrentan por valores universales, sino por la administración de espacios concretos de poder. Todo lo demás —retórica, declaraciones, indignación selectiva— pertenece más al teatro que a la estrategia.

El estrecho de Ormuz es uno de esos lugares donde la geografía deja de ser paisaje para convertirse en destino. Por allí fluye una parte sustancial del petróleo mundial, es decir, una porción nada despreciable del sistema circulatorio de la economía global. Interrumpir ese flujo no equivale a ganar una guerra, pero sí a introducir una disrupción capaz de desordenar mercados, alianzas y prioridades.

Estados Unidos posee la capacidad militar para imponer, al menos de forma temporal, un control efectivo del estrecho. Pero esa capacidad encierra una paradoja: Ejercerla plenamente implicaría dañar el mismo orden económico que sostiene su influencia. Hay decisiones que, aun siendo posibles, resultan estratégicamente absurdas. Bloquear Ormuz de manera sostenida sería una de ellas: Una demostración de fuerza que erosionaría la arquitectura que esa misma fuerza pretende preservar.

Irán, en cambio, juega otra partida. No necesita controlar el estrecho en sentido clásico; le basta con hacerlo vulnerable. Su doctrina no es la del dominio, sino la de la perturbación. Misiles costeros, enjambres de lanchas rápidas, minas navales: Instrumentos modestos en apariencia, pero eficaces para introducir incertidumbre. Y en el tablero energético global, la incertidumbre es una forma de poder.

De ahí que el conflicto, más que un choque frontal, adopte la forma de una presión constante. Ataques indirectos, actores intermediarios, sanciones, respuestas calibradas. Una guerra que se despliega en capas y evita, con notable disciplina, el punto de no retorno. No por prudencia moral, sino por cálculo.

Quien espere una conflagración total entre Washington y Teherán, probablemente se equivoca de siglo. Lo verosímil es otra cosa: Una prolongación del desgaste, una tensión administrada que permite a cada actor mantener su posición sin precipitar un colapso general. Una guerra sin declaración formal, sin grandes batallas decisivas, pero con efectos acumulativos.

En este escenario, el control de Ormuz no es una cuestión binaria. No se trata de quién lo posee, sino de quién puede alterarlo en el momento oportuno. Y en esa capacidad de alteración reside buena parte del equilibrio —o del desequilibrio— regional.

Tal vez la conclusión más sobria sea también la menos reconfortante: No hay aquí héroes ni villanos, sino estructuras que se mueven según su propia lógica. Y cuando esas estructuras convergen en un punto tan estrecho como Ormuz, lo que se juega no es una causa, sino un cálculo.

Un cálculo que, por ahora, aconseja tensar la cuerda sin romperla. Pero la historia, si algo enseña, es que las cuerdas no siempre se rompen por exceso de fuerza, sino por acumulación de tensiones invisibles.

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