Opinión
Pecado nefando en la nao Victoria
domingo 18 octubre, 2026
Luis Fernando Ibarra*
Los primeros en dar la vuelta al planeta tierra fueron los castellanos, y de ellos, el noventa por ciento de los marineros pereció violentamente en esa heroica hazaña. El Almirante Fernando de Magallanes, no regresó. Murió en combate contra guerreros nativos Mactán en 1521, en territorio de la hoy Filipinas. Al igual que ocurrió con otros conquistadores, su cuerpo nunca pudo ser recuperado. Tras su muerte, para completar el regreso y la vuelta al mundo, el marino vasco Juan Sebastián Elcano asumió el liderazgo de la expedición.
Sin embargo, el primer muerto de ese maratón oceánico no cayó por sufrir escorbuto, ni por una tormenta, ni por una flecha, ni en accidente. Cayó por una sentencia gestada en juicio. El 20 de diciembre de 1519, en una bahía de la costa de Brasil, la expedición del insigne navegante Fernando de Magallanes ejecutó a Antón Salamón, maestre de la nao Victoria, por haber cometido lo que su época se llamaba el pecado nefando, es decir, tener sexo con otro hombre.
De los más de doscientos marinos que zarparon de Sanlúcar, y cinco naves, solo dieciocho hombres y una nave, regresaron luego de tres años de temeraria travesía por aguas desconocidas y peligrosas. Al regreso a la península, el 6 de septiembre de 1522, el planeta tierra le dijo al capitán Juan Sebastián Elcano: “Primus Circumdedisti Me”, “fuiste el primero en darme la vuelta”.
La historia hispana casi no recuerda esa hazaña, aunque España celebró su gloria de circunnavegación planetaria al cumplir sus quinientos años. Pero entre las primeras páginas de aquella odisea hay un incómodo episodio que obliga ir por algo más ilustrativo. A bordo de sus barcos y en las tierras que conquistaba en América, ¿cómo el mundo hispánico persiguió el deseo entre hombres?
Antón Salamón era albanés y vivía en Trapani, Sicilia. Su supuesto compañero era Antonio Genovés, grumete de la misma nave. Se sabe poco de ellos, pero su destino quedó registrado en la “Declaración de fallecidos en el viaje”, que aún se conserva en el Archivo General de Indias, en Sevilla.
El asiento contable expresa: “el martes 20 de diciembre de 1519 fue sentenciado a muerte Antón Salamon, maestre que fue de la nao Victoria, por somético”, y la sentencia se cumplió ese mismo día en el puerto de Santa Lucía, la actual bahía de Río de Janeiro. “Somético” era la forma popular de decir sodomita. El grumete sobrevivió cuatro meses más. El 27 de abril de 1520 se arrojó al mar desde la Victoria y se ahogó. El mismo documento atribuye su desesperación a la acusación que pesaba sobre él. Conviene asimilar este caso con detenimiento. Un maestre era el segundo al mando de una nave; un grumete solía ser un muchacho que aprendía el oficio. Las fuentes no registraron si hubo afecto, consentimiento o abuso entre ambos. Lo que sí revelan es que, para la ley de entonces, esa diferencia no importaba, el acto definía el delito, no el daño.
Un barco del siglo XVI era un sistema cerrado. Docenas de hombres convivían durante meses en unos pocos metros de cubierta, sin intimidad y sin mujeres. No es casual que la sodomía aparezca una y otra vez en los papeles de la navegación española. Es un fenómeno conocido en cualquier comunidad aislada de un solo sexo: barcos, cárceles, cuarteles, conventos, internados. Cuando una persona pasa largos periodos separada del sexo opuesto, pueden recurrir a relaciones con personas de su mismo sexo que fuera de ese encierro quizá no buscarían. Los especialistas lo llaman “conducta homosexual situacional”, y la distinguen de la orientación, porque lo que cambia es la conducta impuesta por las circunstancias, no necesariamente el deseo de fondo.
Las dos cosas convivían a bordo. Había hombres cuyo deseo por otros hombres era parte de su naturaleza, y otros a quienes el aislamiento les empujaba. Y había una tercera realidad que ha persistido en los siglos que involucra a los más jóvenes. Según un estudio publicado por el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México UNAM, los procesos por sodomía en la Carrera de Indias fueron registrados y se conservan en Sevilla tienen como protagonistas a grumetes y pajes de entre 11 y 15 años. En muchos de esos casos no se trata de amor ni de necesidad, sino de abuso de poder sobre muchachos.
La muerte de Salamón no fue un exceso del explorador Magallanes. Era la ley. En 1497, en lugar de la lapidación medieval, los Reyes Católicos firmaron un decreto que fijó la hoguera como pena para los condenados por sodomía, además de la confiscación de sus bienes. Felipe II la reafirmó en 1598 con otra disposición que facilitaba las pruebas contra los acusados. En los virreinatos americanos y en los barcos de la flota de Indias, los procesos correspondían a las audiencias.
Seis años antes del viaje de Magallanes, en octubre de 1513, Vasco Núñez de Balboa avanzaba por el istmo de Panamá rumbo al mar del Sur, lago español. En la comarca de Quarequá venció al cacique Torecha y entró en su poblado. Allí encontró a un hermano del cacique y a otros hombres vestidos de mujer.
Según el cronista Pedro Mártir de Anglería, Balboa mandó echarles los perros de guerra, que despedazaron a unos cuarenta. Mártir añade que otros pueblos de la zona acudieron después a entregarle a sus propios “afeminados”. Algunos historiadores dudan de la cifra y de si los españoles entendieron lo que veían, sobre todo porque en muchas culturas indígenas había hombres que vivían en roles femeninos con funciones sociales o rituales.
La acusación de sodomía se convirtió pronto en argumento de conquista. Cronistas como Pedro Cieza de León, en su “Crónica del Perú, (1553)”, describen con detalle qué pueblos andinos la practicaban y cuáles no; llega a elogiar a los incas por haberla perseguido. Presentar al indígena como pecador “contra natura” ayudaba a justificar la evangelización y el dominio. El caso más impresionante ocurrió en la capital de la Nueva España, hoy México. En septiembre de 1657, una lavandera mestiza, Juana de Herrera, sorprendió a dos hombres juntos en las afueras de la ciudad. La mujer reconoció a Juan de la Vega, un mulato libre que según la historia se hacía llamar Cotita de la Encarnación.
Los vecinos lo describieron ante el alcalde con jurisdicción del crimen, como un hombre de modales femeninos que recibía a jóvenes en su cuarto y los llamaba “mi alma, mi vida, mi corazón”. Los interrogatorios destaparon una red de más de un centenar de hombres de todas las castas, que se reunían en casas y vecindades de la ciudad.
El 6 de noviembre de 1658, Cotita y otros trece hombres fueron quemados en la hoguera. Un amante de Cotita de 15 años se libró por su edad; solo recibió 200 azotes y fue vendido como esclavo condenado por seis años. El proceso deja ver otra injusticia. Los inculpados nombraron a 26 españoles como cómplices, pero ninguno fue capturado. El virrey, duque de Alburquerque, escribió aliviado al rey que ningún hombre de bien había resultado implicado. El fuego del imperio de la Ley cayó sobre mulatos, mestizos e indios. De seguro, la discreción defensiva protegió a encopetados. Aunque había leyes, se sabe que éstas no son aplicadas por ángeles, y entre humanos en ocasiones surgen flaquezas y preferencias.
En esa época, una acusación de sodomía también servía de arma. En la expedición de Magallanes, el arresto del maestre Salamón desató el primer choque entre el almirante y Juan de Cartagena, veedor del rey. Según contó Elcano a su regreso, Magallanes apresó a Cartagena ese mismo día por discrepar sobre el caso y le quitó el mando. El conflicto continuó meses después en el motín de San Julián, en la Patagonia. Un amotinamiento contra Magallanes, liderado por Cartagena. Por orden de Magallanes, dos capitanes españoles fueron ejecutados; mientras que Cartagena fue abandonado en una isla con un poco de pan y agua. Nunca más se volvió a saber de él.
Medio siglo más tarde, en Quito, el presidente de la Audiencia, Manuel Barros de San Millán, en dos oportunidades fue acusado de ser un apasionado sodomita. Una tesis reciente sostiene que, para apartarlo de su carrera en Indias, el segundo proceso fue una trama política en medio de las enemistades que había acumulado. Sin necesidad de probar mucho, una acusación de pecado nefando podía destruir a un hombre
Pese a todo, la hoguera castellana nunca pudo apagar esa manifestación humana. Cinco siglos de leyes, perros y hogueras no desaparecieron el deseo entre personas del mismo sexo. Se mostró en la gloriosa nao Victoria, en una aldea del Darién, en las vecindades de México, y en los tribunales de Quito. Es una condición humana que atraviesa épocas, clases y razas. Aunque nadie lo nombre o recuerde, si se exploran árboles genealógicos a tres o cuatro generaciones atrás, muy pocas familias pueden presumir no haber tenido a alguien así entre los suyos. Solo cabe tolerancia y respeto. Esos registros históricos enseñan en la ley antigua se mezclaba en una sola palabra, “nefando”, la atracción entre adultos y el abuso jerárquico de un muchacho por parte de su superior. Las dos cosas no son iguales y nunca lo fueron.
La línea que una sociedad justa debe defender no pasa por la orientación de nadie, sino por el daño. El abuso a un niño o el acoso de un superior a un vulnerable es un crimen, así lo cometa quien lo cometa. Me inclino a pensar que Antón Salamón no murió por lo que era, sino por lo que parece lógico inferir hizo: usar el poder de su rango sobre un joven a su cargo, como lo hacen algunos pastores, entrenadores, curas, padrastros y otros que a veces asoman en denuncias públicas. El patrón mundial es recurrente, repetitivo. El abuso casi siempre viaja de arriba hacia abajo. Cinco siglos después, saber distinguir entre lo que alguien es y el daño que hace, sigue siendo un enigma por descifrar.
Fuentes
• El Español, «Ejecutado por tener sexo gay: la cruel historia del primer muerto en la vuelta al mundo de Elcano» (10 de diciembre de 2019), que cita la Declaración de fallecidos en el viaje, Archivo General de Indias.
• De la sodomía a la superstición: el pasivo activo y transgresiones corporales en la Nueva España, Cuadernos de Literatura, Pontificia Universidad Javeriana.
• La persecución de los perversos en el México novohispano, La Jornada, 2010.
• Proceso contra un grupo de sodomitas en la Ciudad de México (1657-1658), Mitologías Hoy.
• El pecado nefando en los barcos de la Carrera de Indias en el siglo XVI, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM.
• Mulatos, morenos y pardos marineros. La sodomía en los barcos de la Carrera de Indias, 1562-1603, revista Ulúa, Universidad Veracruzana.
• Los sodomitas ante la Inquisición, Rocío Rodríguez Sánchez, Mirabilia.
• The Daily Agenda: Balboa y los «hombres vestidos de mujer», 1513, Box Turtle Bulletin, sobre el relato de Pedro Mártir de Anglería.
• Sodomía y pecado nefando en la Crónica del Perú de Cieza de León, Pontificia Universidad Católica del Perú.
*Ingeniero de Sistemas. Profesor jubilado de la UNET. Master of Science in Industrial Engineering. Doctor of Management in Organizational Leadership.
Destacados












