Opinión
Pedro Rincón Gutiérrez sembró una semilla en Paramillo
lunes 5 octubre, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
Hay hombres que administran edificios y otros que imaginan ciudades que aún no existen. Pedro Rincón Gutiérrez perteneció a los segundos.
Cuando la Universidad de Los Andes comenzó su presencia en el Táchira, en 1966, aquello era apenas una extensión de la Escuela de Educación, dependiente de Mérida y dispersa en espacios prestados. Nueve años después alcanzaría formalmente la categoría de Núcleo Universitario.
Entre ambos momentos ocurrió algo más importante que un cambio administrativo: nació una visión.
Pedro Rincón Gutiérrez entendió tempranamente que llevar la universidad al Táchira no significaba simplemente abrir aulas en San Cristóbal. Había que echar raíces. Y una universidad que pretende echar raíces necesita tierra, edificios, bibliotecas, laboratorios y, sobre todo, horizonte.
Paramillo representaba ese horizonte.
Vista desde nuestro tiempo, cuando la palabra planificación parece a veces una extravagancia arqueológica, resulta difícil comprender la dimensión de aquella apuesta. La Universidad de Los Andes extendía su presencia más allá de Mérida y comenzaba a adquirir una dimensión verdaderamente regional.
Era también una concepción casi geopolítica de la universidad.
El Táchira no era cualquier periferia. Era —y sigue siendo— frontera, corredor comercial, lugar de encuentro y también de fricción con Colombia. Instalar allí una universidad pública fuerte equivalía a comprender que las fronteras no se defienden únicamente con alcabalas y cuarteles. También se defienden con profesores, estudiantes, libros y conocimiento.
La obra, naturalmente, no perteneció a un solo hombre. Pedro Rincón Gutiérrez dejó el rectorado en 1972 y correspondió a otras autoridades continuar el proceso. En 1975 aquella extensión alcanzó formalmente la categoría de Núcleo Universitario.
Eso también constituye una lección olvidada: hubo un tiempo en Venezuela cuando los proyectos podían sobrevivir a quienes los iniciaban.
En septiembre de 2004, el Consejo Universitario decidió que el Núcleo Táchira llevara el nombre de “Dr. Pedro Rincón Gutiérrez”. No fue simplemente un homenaje. Fue el reconocimiento de una paternidad intelectual.
Hoy, recorrer Paramillo produce una impresión bastante distinta a la que debieron imaginar quienes concibieron aquel proyecto. El deterioro acumulado durante años en buena parte de su planta física contrasta dolorosamente con la ambición de quienes alguna vez pensaron aquel espacio como la casa definitiva de la Universidad de Los Andes en el Táchira.
Algunas paredes vuelven ahora a recibir pintura y ciertos espacios comienzan a mostrar señales de recuperación. Bienvenido sea. Pero una universidad no se restaura solamente con pintura, como tampoco se construyó Paramillo únicamente con cemento. Recuperarla exige algo más difícil: devolverle proyecto, continuidad y ambición institucional.
Allí aparece nuevamente Pedro Rincón Gutiérrez.
Porque antes del concreto estuvo la idea. Antes de los edificios, la voluntad de imaginar una universidad capaz de permanecer durante generaciones en la frontera venezolana.
Quizás por eso la historia de cómo llegaron a ser de la ULA los terrenos de Paramillo resulta particularmente incómoda en estos días, sobre todo para quienes pretenden atribuirse gestiones que pertenecen a otros hombres y a otro tiempo. La memoria tiene esas impertinencias: suele devolverle a cada quien lo suyo.
Pedro Rincón Gutiérrez pensó en la universidad que existiría cuando él ya no estuviera, sin esperar reconocimientos ni apropiarse del trabajo ajeno.
Esa puede ser, finalmente, la verdadera medida de una gestión universitaria.












