Opinión
¿Qué es un verdadero lujo?
lunes 24 agosto, 2026
Hogan Vega
Escuchar un programa de Carlos Fraga sobre terapia de pareja permite comprender la importancia de valorar aspectos de la vida de cada pareja desde los sentimientos, el amor, el deseo y la pérdida de esas emociones que los llevaron a tomar la decisión de unirse en pareja o matrimonio, y luego de pasados cinco, diez, quince o veinte años juntos, manifestar que su pareja ahora es un monstruo. De ahí que, el psicólogo le pregunte: ¿Qué te atrajo a ti de ese monstruo? Donde la felicidad de cada uno debería ser un lujo.
Esta interrogante toca la fibra más profunda de las dinámicas relacionales y desmonta la posición de víctima o inocente pasivo. La pregunta “¿Qué te atrajo a ti de ese monstruo?” desmantela inmediatamente la narrativa del engaño o la mala suerte. Obliga a mirar hacia adentro: Revela que aquello que hoy distorsiona o molesta, muchas veces estuvo presente desde el inicio en forma de germen o sombra, pero fue ignorado, idealizado o proyectado; obliga a la persona a asumir la autoría de su elección inicial, donde nadie llega a la vida de alguien por accidente; elegimos desde nuestras necesidades, vacíos, virtudes o heridas del momento.
Con el paso de los años, la rutina y el cansancio pueden erosionar el vínculo. Cuando las emociones mutan, el afecto no resuelto suele transformarse en resentimiento. Ese monstruo rara vez aparece de la nada; es el resultado de años de silencios, falta de acuerdos y expectativas no cumplidas. En este escenario, la felicidad no puede ser un lujo condicionado a la conducta del otro, sino una responsabilidad personal e intransferible. La mirada terapéutica no busca culpables ni juzga la separación, sino que promueve la toma de conciencia: honrar el ciclo vivido, recuperar la soberanía emocional y comprender el camino sin necesidad de demonizar al otro para justificar el dolor.
Por su parte, la soberbia actúa como un velo que distorsiona la realidad y bloquea la empatía. Al posicionarse desde un pedestal de perfección, la persona pierde la capacidad de asumir sus propios errores, trasladando toda la falla al otro. Demonizar a la pareja se convierte en la forma más rápida de evadir la culpa compartida. Reconocer la propia fragilidad y la responsabilidad en el deterioro del vínculo es el único camino para desmontar a ese monstruo y recuperar la claridad mental.
En otras palabras, caer en la trampa de la superioridad moral, nublado por la soberbia, es entrar en la dinámica de pareja, uno de los integrantes (o ambos) se posiciona desde un pedestal de perfección: Al considerarse superior, la persona pierde la capacidad de mirarse al espejo y asumir sus propios errores, vacíos o contribuciones al deterioro de la relación; toda falla, conflicto o desgaste pasa a ser responsabilidad exclusiva del otro, lo que genera un juicio implacable y sin matices.
Por lo tanto, el monstruo muchas veces no es solo la persona que cambió con los años, sino la imagen distorsionada que la soberbia crea para defender el propio ego: Para sostener la narrativa de que yo soy perfecto, moralmente superior y no me equivoco, la única explicación lógica para el fracaso de la relación es que el otro se convirtió en un ser infame; demonizar a la pareja es la forma más rápida y más inmadura de evadir la culpa y liberarse del costo emocional de la falla compartida.
Al final, la soberbia no protege del dolor, solo aísla. Reconocer la propia fragilidad y la responsabilidad en el deterioro de la pareja es el único camino para desmontar a ese monstruo y recuperar la claridad mental y la paz interior. La soberbia impide ver los matices grises de la condición humana. Al nublar el juicio: Se olvida que la persona que hoy se rechaza es la misma con la que se compartieron sueños, vulnerabilidades y afecto; se invalida la historia común, reduciendo años de convivencia a una simple caricatura de victimario y víctima.
En cambio, elegir la paz como un territorio no negociable implica entender que nadie puede arrebatar la tranquilidad a menos que se le entregue el permiso de hacerlo. Esa es la máxima expresión de autodeterminación: gobernar la propia mente para servir de ancla y refugio, tanto para uno mismo como para quienes nos rodean. De modo similar, el verdadero lujo, lejos de medirse por el valor material o la ostentación, radica en la capacidad consciente de percibir, valorar y habitar el presente. Cuando la sociedad suele asociar la riqueza con la posesión y el consumo, redefinir el lujo desde la gratitud hacia lo cotidiano transforma por completo nuestra relación con la vida.
De modo similar, el verdadero lujo, lejos de medirse por el valor material o la ostentación, radica en la capacidad consciente de percibir, valorar y habitar el presente: Despertar y abrir los ojos cada mañana constituye el primer milagro cotidiano; apreciar la salud y el simple acto de respirar nos permite pasar de la mera supervivencia a una presencia plena; en la rutina diaria, la biología y la salud suelen darse por sentadas; tener la capacidad de pausar y disfrutar una quietud contemplativa es poder sentarse a ver una película, leer un libro o contemplar un paisaje sin la prisa ni la exigencia del rendimiento constante; es un privilegio de la mente serena. La cultura contemporánea prioriza la hiperproductividad, por lo cual el verdadero lujo reside en la libertad de disponer del propio tiempo para el gozo estético y el esparcimiento sin culpa.
Del mismo modo, la empatía y el lenguaje de la mirada son una conexión humana profunda; el poder observar el rostro de otra persona e interpretar sus emociones, reconocer la molestia, la alegría o las intenciones a través de su mirada, es la manifestación más pura de la empatía y la inteligencia emocional. La mirada transmite la vulnerabilidad y la verdad del mundo interno de un individuo, aquello que las palabras a menudo ocultan; decodificar estas señales permite construir puentes reales con los demás, respondiendo con compasión y fraternidad; en un entorno distante, conectar de mirada a mirada, descifrar emociones y responder con empatía constituye la forma más elevada de riqueza interpersonal.
En síntesis, reconocer lo simple y lo humano es reclamar la soberanía sobre la propia atención. El verdadero lujo no se compra; se cultiva desde la serenidad interior y la gratitud por la vida misma. Cerramos con un hermoso pasaje que corresponde a Proverbios 3:5-6 de la Biblia: “Confía en el Señor de todo corazón, y no te apoyes en tu propia inteligencia”. Nos invita a dejar el control personal y a poner toda nuestra fe en Dios, quien guía nuestros pasos con sabiduría y amor.













