Opinión
Repelencias 600
sábado 24 enero, 2026
Carlos Orozco Carrero
Lo que reflejaba una realidad dirigida a mis paisanos chácaros, donde se contaran las aventuras más hermosas de esta vida mordelona, se ha convertido en una sarta de comentarios aliñados con lo que uno escucha calle arriba y calle abajo realizados con cierta malicia para arrancar alguna sonrisa de ustedes, amigos lectores. 600 columnas que empezaron a construirse en casa de mis tíos Pulquería y Melquiades han sido entregadas con cariño para colaborar en el cultivo del lado bello de la vida. Intentamos apartar los temas escabrosos como son la política y la economía para que el que se interese en ello salga esmachetado a buscar en otras páginas más elaboradas por escritores super afilados. En esta columna han tenido espacio los fantasmas más desafortunados de estos cementerios santos. Algunos seres venidos de otros mundos con sus naves sorprendentes también se han retratado aquí. Los animales conversadores han dejado sus experiencias por estos senderos de tierra y sustos. El gran kalifa es testigo estrella de tanta aventura por esta vida que no se quiere borrar nunca. Por todo esto es que agradecemos la participación del flaco Elpidio, la señora Marucha. Eladio y el gordo Sósimo, quienes dan protagonismo a la lectura de estas líneas tan repelentes que poco se ven hoy día. En esas 600 entregas conversamos sobre la consolidación del Rey del Piconazo en El Centro Latino, la mejor liga de softball de la región andina. Algún guelefrito, amigo de los intelectuales del bodegón del Buen Estar de La Ermita, asoma temas filosóficos de realidad urgida para estos tiempos de desesperos profundos. Hemos tocado porros, valses, bambucos y musiquita de la nueva onda campesina en La Fundación y La Grita. Bautizamos libros y visitamos pueblos y comarcas para profundizar amistades. Es lo poco que podemos ofrecer a tantos visitantes a La Casa del Estanco en Pregonero donde preparamos cuchutes, caspiroletas, nonatos y currunchetes cada sábado festivo en celebración permanente. Son las Repelencias… Perdonen la mala letra, cariños.
El muchacho entró sigiloso a uno de los corrales de la vieja plaza de toros construida a principios del siglo pasado en Acirema. El verdadero poeta del Táchira, Don Antonio Mora, parece que observó al joven en su acción trepadora. No le dijo nada. Su complicidad le recordaba tiempos juveniles en algún potrero de La Cañabrava uribantina. Por eso el aficionado a los toros esperó la oscurana para escurrirse protegido por algo de esa lluvia antipática que amenazaba con echar a perder la corrida del aquel día a las 4 de la tarde. No se iba a quedar encaramado sobre el muro del corral a expensas de ser descubierto por algún vigilante celoso. Por eso decidió lanzarse al fondo sin saber qué le esperaba en aquel suelo que olía a bosta fresca. El golpe sobre un enorme cuerpo peludo le advirtió que había caído sobre un gigantesco toro. Una catedral de toro, como grita el pelón Espinoza. Nunca más se supo del muchacho enamorado de la fiesta brava en la comarca de los novillos que nacen para embestir. Cuando usted, amigo lector, vaya a una corrida en la plaza de toros de Acirema y sienta un empujón suave en la espalda y no vea a nadie detrás suyo, es el alma torera de aquel muchacho que desapareció una noche de presencia española y milenaria. En cada esquina una historia.











