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Opinión
Repelencias 607

sábado 14 marzo, 2026

Repelencias 607

Carlos Orozco

-Hay gente atulampada todavía, sobrino. -¿Por qué me dices eso, tío Melquiades? -Me comentó Raúl Contreras, el muchacho de la ferretería que está en la carrera 15, cerca de la Católica vieja, que  han pasado por su negocio algunas personas que vienen desde La Grita buscando equipos para localizar metales enterrados ahora por tiempos de Semana Santa. Un tal Pirulo y sus amigos, Hilarión y Melitón, insistieron mucho para conseguir esos aparatos. Parece que les contaron que en la pata del puente del callejón de San Francisco aparecen ciertas luces extrañas que denotan plata enterrada. -A estas alturas del juego hay ciertos personajes que creen en botijas, entierros y tesoros de plata blanca y oro y muy lejos de la vista de cualquiera, tío. -Eso es gente que no le gusta trabajar, comenta mi tía Pulqueria desde la salita de la casa limpiecita. Recuerdo que en Pregonero un trío de amigos inseparables esperaron un Viernes Santo a que las campanas de la iglesia de San Antonio dieran las tres de la tarde para ir por el viejo camino de El Molino a buscar entierros. Dicen que un muchacho los observó en actitud sospechosa y los siguió por el sendero que lleva al río Uribante y que tiene entrada una cuadra más arriba del bar El Tolima. Es un tiro largo como de 20 metros desde la calle hasta la curva que se pierde vía al sitio que precisaron. Cuando el muchacho apuró el paso para alcanzarlos, los tres amigos regresaban soltando madrazos y gritos contra un alborotado avispero que se encontraron aquel Viernes Santo de botijas y entierros.   

Estos calorones presagian las invierneras que nos arrugan los dedos en tiempos frescos de nuestra tierra. Aprovechemos para tapar algunas goteras ahora que lo techos están secos y Rafael Ángel Servitá está desocupado, cariños. Después que nos sorprenda un aguacero de madrugada es muy repelente mover las camas a altas horas de la noche para dejar que las goteras caigan en el piso de tierra del cuartico con techos de zinc.

El relato de Manuelito atrapó la atención de todos en el bodegón del buen estar de La Ermita. Empezó recordando sus años mozos allá, en su hermosa Bogotá y sus alrededores. En una escapada de la escuela, cosa que ocurría con regularidad debido a lo aburrido de sus clases, el pegote enfiló un recorrido por el terreno que ahora llaman La Calera. Unos toletes de pan con queso en su bolsillo para acompañar pedazos de panela contra el frio de la capital colombiana le servían para buscar entre las copas de los árboles algunos pajaritos para llevarlos a vender a la avenida séptima en una gran jaula hecha con madera seca. De repente, observó cómo una tortuguita intentaba escalar el tronco de un enorme eucalipto. Se quedó pasmado al ver que el animalito subía despacito hasta alcanzar una delgada ramita y buscaba balancearse hasta lanzarse en vuelo al aire fresco paramero. Manuelito nos dijo que se quedó pasmado al ver que la tortuguita cayó de platanazo contra el suelo lleno de hojas secas y quedó patas arriba. Como pudo, la tortuguita dio vuelta a su caparazón y se fue encaramando otra vez sobre el tronco de aquel enorme y perfumado árbol. Nuestro amigo lo observaba con la misma paciencia que le teníamos a su relato sabatino en el bodegón. Así ocurrió en varias ocasiones con el resultado nefasto del golpazo en el terreno bogotano. En la copa del árbol se escuchó un diálogo mínimo entre dos aves preciosas y de colores llamativos: -Amorcito, dijo la pajarita: -Dile a nuestro hijo que él es adoptado. Mejor no cuento más, terminó Manuelito ante sus íntimos complacientes. En cada esquina una historia.

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