Opinión
Repelencias 619
sábado 6 junio, 2026
Carlos Orozco Carrero
Estas maneras antipáticas que tenemos algunos venezolanos de pedir fiado en cualquier bodega que encontramos por la ruta nos hace particulares en la relación con vendedores por más rigurosos que sean a la hora de cobrar por algún producto. Cuando el señor le preguntó al dueño del abasto “Las Quince Letras” si tenían botas de caucho para trabajar el campo, recibió una respuesta positiva por parte de Erasmo Clavija. –¿Cuánto vale ese par que está colgando de la viga grande? –Esas grises están a 400 de los viejos, amigo. –Me quedan bien, caballero. Después de una revisión exhaustiva al calzado, el cliente le rogó a Erasmo: -Señor, no llego a esa cantidad. Apenas me alcanzan 250 y le puedo traer el resto el próximo domingo que baje de la aldea para la santa misa y venda unas chirimoyas que ya están de comer. –No se preocupe, amigo. –Llévelas y el domingo arreglamos. No tardó el campesino en salir de la tienda cuando la señora Marucha, esposa del bodeguero, le reclamó por la negociación hecha en sus narices: -¿Qué te pasa, Erasmo? -Tú conoces a ese hombre que se llevó las botas? –No lo conozco y es la primera vez que lo veo, respondió el tendero. –Entonces, ¿vas a perder esa plata? –No te preocupes, Marucha. El domingo viene con la plata y a cambiar las botas, porque se llevó el par del mismo pie. En cada esquina una historia.
El Giro de Italia nos dejó un sabor dulcito por la actuación de nuestro Orluis Aular en muchas etapas del evento itálico. Los que adoramos este deporte estamos pendientes de cada pedalazo y remates del yaracuyano de renombre internacional. Claro que lo vamos a ver en los podios de las grandes vueltas del mundo. Paso a paso los triunfos llegarán a granel, cariños.
Ya la poltrona está lista para disfrutar del Mundial 2026, señores. A falta de La Vinotinto, ligaremos a los países de este lado del planeta para darle emoción aliñadita y tener con quien celebrar a la hora de gritar un gol representativo de lo que estamos hechos los americanos. Mucho cuidadito con los cortes de electricidad por estos días, señores que tienen el poder de bajar la cuchilla y dejarnos como pajarito en rama. –Mermen algunas horas de oscuranas para que podamos disfrutar de las mejores jugadas del mundo.
El hombre sabía que yo lo perseguía para algo importante. Siempre me sacaba el cuerpo cuando veía que estábamos solos y al descampado. Una tarde lo agarré mientras compraba un kilito de alimento para pollos en una bodeguita de la carrera 9 con la calle 4 de La Grita. –Cuénteme, viejo. –Por Dios de mi madre santa que yo no le cuento a nadie, le juraba. –Nooo, Carretico. –Usted es muy charlón y no se queda callado nunca y es capaz de soltar la lengua y después quedo yo como un loco con zapatos. Le insistí y hasta le ofrecí un helado de ron con pasas, pero sin pasas, de los que venden más abajo de la panadería de Germán. Mientras lamía y chupaba el helado, me miró y dijo: -¿Qué es lo que quieres saber? –Usted sabe lo que yo quiero, le imploré. –Bueno, carretico. -Me habían dado la cola en una camioneta que bajaba de Sabana Grande para el pueblo. -Cuando llegamos al final de Venegara y empezaba la subida hasta El Pinar, lo vimos. -Yo no lo interrumpía y esperaba su historia con ansias. -Era como un enorme autobús gris oscuro. Suspendido, inmóvil y nos tapaba el sol que reflejaba la parte de arriba de aquel aparato. –Varios minutos de quietud y no pasó ningún carro por ahí para espantarlo siquiera. –En un instante. se elevó y desapareció, perdiéndose por encima del Alto Duque. –El dueño del carro estaba pálido y me obligó a jurarle que no le contaría a nadie. -Yo me bajé de la camioneta y me vine a pie hasta la casa. –Eso pasó hace muchos años y hasta hoy que le cuento a alguien sobre esa aparición tan arrecha, apreciado amigo. Yo creo que ya les había contado a muchos por la comarca. Se lo escuché a un músico de La Fundación en un velorio de angelito hacía más de 30 años. Por algo se lo pregunté y le aseguré discreción total.
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