Opinión
Repelencias 625
sábado 18 julio, 2026
Carlos Orozco Carrero
Hoy más que nunca me siento orgulloso de ser chacarita, tachirense y de pertenecer a La Universidad de Los Andes en estos momentos de urgencia humanitaria. La participación de todos en las colectas realizadas para ayudar a los necesitados de amor fraterno se ha comentado en todo el país debido a enorme ayuda que los tachirenses han llevado hasta nuestros hermanos venezolanos. El Santo Cristo de La Grita nos bendice siempre, paisanos.
Eso del Mundial de futbol es algo muy interesante para tener al planeta entero dedicado todos los días al mago con la cara de vidrio, como dijo Liendo. Todos pendientes de tantas cosas durante un mes y pico. Cada uno de nosotros tenemos mil y una opiniones sobre nuestros equipos y jugadores preferidos. Desde zagalejos hemos jugado con un balón para darle pata venteada y emular a nuestros deportistas mundiales. Por fines de año en Pregonero, el sacerdote Darío Mora, excelente deportista y hombre dedicado a la formación de los jóvenes del pueblo, nos convenció para organizar un juego de futbol nocturno, donde nos apartáramos de la rumba de año nuevo y jugáramos para recibir el año en el campo deportivo del pueblo. Se pusieron las antorchas hechas con trapos viejos y un poco de gasoil ofrecido por César pichirilo. En cada tubo una tea flameaba y alumbraba un espacio considerable para apreciar las jugadas esa noche. Dicho y hecho. Empezó el juego y todo marchaba al compás de la dicha y el sudor, como dijo el gaucho aquél. Al pasar lo minutos, las antorchas se fueron apagando y poco se veía en la grama. Llegó el momento que todos corríamos detrás del balón o alguna sombra rodante y lo que se escuchaban eran los quejidos por las patadas en las canillas del que se atreviera a correr en cualquier dirección. –Ese la lleva, gritaban todos y pata por las piernas. Llegamos a la fiesta de fin de año en el colegio Santa Mariana de Jesús y todas las muchachas nos preguntaban: -¿Qué les pasó? Del sacerdote amigo nunca más se supo, cariños. Desapareció esa costumbre para siempre en el pueblo más lindo. En cada esquina una historia.
Las películas de kung Fu marcaron hito en las preferencias de grandes y chicos por estos pueblos de Dios. En un paraje desolado aparecía un individuo con una vestimenta enorme. El lente de la cámara de filmación sufría un acercamiento bestial y en instantes salía un contrincante frente al primero. No hablaban. Se miraban y solamente unos alaridos y volaban para darse con todo y ni soltar una gota de sangre durante tanto tiempo en la refriega. Todavía no entiendo cómo hacían esas piruetas para terminar con la ropa limpia y ni un ojo morado durante casi dos horas de conaza callejera. En lo que piensa uno, señores.











