Opinión
Repelencias 636
sábado 3 octubre, 2026
Carlos Orozco Carrero
Las silletas de cuero nos han acompañado por estos senderos desde hace años, señores. No hay nada más cómodo para descansar y entablar una conversa que recostarse a cualquier pared, horcón o árbol y descargar sabiduría pueblerina con una voleada de chimú y un trago de mistela que nutren los acordes de un cuatrico afinadito por Teófilo Ramírez Méndez, mi compadre del alma. Es el poder convocante de las silletas de cuero para hacer de nuestra identidad algo superior en cada respiro que Dios nos proporciona.
El Pabellón Criollo le ganó al Ceviche peruano en el Campeonato Mundial de Comidas. Una competencia donde participaron miles de internautas y escogieron a nuestro plato criollo por encima de las demás opciones internacionales. Y eso que no jugó en este mundial la suculenta sobrebarriga asada, plato preferido por el gordo Caminos y solicitado en La Negritud, pensión atendida por gente noble y buena.
El peso colombiano nos trae del cogote, cariños. Los economistas pueden tener sus conceptos para defender la moneda colombiana o atacar sus consecuencias a la hora del cambio monetario en este país. Lo que si tenemos que decir los habitantes de este lado de Venezuela es que siempre salimos con las tablas en la porra a la hora de pedir algún condumio en bodegas, maras, emprendimientos y afines esparcidos por nuestra región fronteriza.
-¿Eso es manteca de puerco? –No, hijo. -Es mayonesa que trajo su hermana para hacer una ensalada el Día de la Madre, me respondió Anacelis. Tomó una cucharilla, abrió el frasquito, tomó un tris y me dijo: – Pruebe para que sepa a qué sabe. Un millón de sensaciones se abrieron camino en mi cerebro y yo sentí que aquel unto de mayonesa me llevaba a otros mundos. Llegó el dia de la preparación y todo el mundo en la casa preguntaba: -¿Dónde está la mayonesa? Un apargate traicionero delataba mi presencia debajo del catre de mi mamá. Claro que tenía el sobrante del aderezo en el frasquito con un asiento que se salvó de la escarbada con el dedo largo que buscaba los restos para una chupadita final. La correa de la dueña de nuestro hogar bendito se encargó de vengar el crimen culinario cometido por este niño inocente. En cada esquina una historia.










