Opinión
Sin instituciones sólidas no hay país, sin ciudadanía activa no hay República
sábado 19 septiembre, 2026
Carlos Casanoval Leal
Venezuela vive una crisis de sociedad desde hace algún tiempo, la cual se expresa en unas dificultades superiores a una crisis de gobernabilidad, toda vez que la primera dividió a la sociedad en tantas fracciones como partidos y candidatos existan para que luego la judicialización las volviera a dividir, las bases de esas organizaciones perdieron la cohesión social; al oficialismo le sucede exactamente lo mismo: divididos con una clientela que ya no saben qué son.
En democracia, el Pacto de Punto Fijo le dio estabilidad frente a la insurgencia guerrillera que buscaba el poder por la vía armada, así se consolidó la democracia y el país; los partidos hasta 1993 gozaron de vitalidad electoral y programática; luego sufrieron una hipertrofia, el cáncer de toda organización política hizo metástasis con el clientelismo, las cuotas de poder aparecieron sustituyendo a reales dirigentes por los impuestos, las cuotas en 27 años de revolución se disfrazaron de consensos, terminando de liquidar la trayectoria por el impuesto, y así somos víctimas hoy de la pérdida del oficio político sustituido por el oportunismo del cargo, multiplicando candidatos y partidos; estamos y es necesario admitirlo en manos inexpertas en la discusión y orientación en la representación nacional de la sociedad democrática.
Debemos aceptar igualmente que existe una pérdida de lo que se denominó la base partidista, lo que existe es un esqueleto institucional que por ahora sobrevive, con vacíos en el alma, se perdió la confianza popular, el estamento político vive hoy una disminución y un agotamiento peligroso, ya que, si no nos detenemos a corregir, los ciudadanos saldrán en masa a buscar otro héroe providencial como lo hizo con Chávez y de otros tantos que aparecen y luego desaparecen por falta de sustento.
La vacuidad es un problema hoy en razón de que ello explica la pérdida de conexión real con los ciudadanos, de donde las estructuras partidistas sufren la erosión de la confianza pública toda vez que no existe un relato, discurso o mensaje convocante que vaya más allá del mero rechazo al chavismo.
He sido político toda la vida desde mis tiempos de liceo e ininterrumpidamente lo ejerzo en reuniones de base o fijando la opinión pública, lo advierto porque esta reflexión la hago con propiedad buscando la reflexión que abandone las prácticas que nos mantienen como se describe.
Los partidos políticos no podrán rearticular la sociedad venezolana mientras sigan intentando operar como administradores de las ruinas desde las maquinarias oxidadas electorales; para renacer hay que abandonar el pragmatismo hueco, inmediato, la práctica de aliarse para evitar que el que debe llegar no llegue.
Tenemos que volver a la base, caminar con ellos y ofrecer una causa que exige disciplina, formación (que tampoco existe hoy) ética de servicio y una visión trascendente de país que convoque su construcción para defenderla más allá de la coyuntura electoral.
El análisis tiene que ser descarnado para que reaccione a la urgencia que nos convoca.
La sociedad atraviesa también un agotamiento y va mutando a la esfera moral, la ética del trabajo, la excelencia académica y la probidad administrativa pasaron a ser vistas por amplios sectores como “ingenuidad”. Décadas de hiperinflación, emergencia humanitaria y ruptura de la movilidad social basada en el mérito impusieron una moral de supervivencia inmediata. Se celebra al hábil, la viveza mal llamada criolla que elude la norma y se margina al respetuoso de la ley. La ciudadanía entera está agotada por la exigencia diaria de subsistir, corre el riesgo de perder el sentido de responsabilidad cívica colectiva.
La corrupción en Venezuela dejó de ser un mal funcionamiento del sistema para convertirse en el sistema mismo. La gravedad de casos como los de Alejandro Betancourt, Alex Saab o la trama PDVSA-Cripto estriba en que exponen la metamorfosis del Estado rentista en un mecanismo de extracción privada; los valores sustituidos por los antivalores, los valores sustituidos por el interés económico.
Aquí la necesidad de una oposición incorruptible con estatura moral que pueda tener acceso a instancias internacionales para que su voz llegue al Departamento de Estado y al Congreso de los Estados Unidos señalando que, si es necesaria la inversión privada en Venezuela, pero no con alianzas corruptas.
No podemos en nombre de la real política justificar lo injustificable, pero en nombre de la sociedad honesta de Venezuela sí construir un movimiento ético y moral sólido toda vez que la corrupción permeó todos los estamentos de la sociedad a donde la oposición no sale ilesa.
Los fundadores de la democracia se propusieron como proyecto una república y no un plan de gobierno, hoy necesitamos un nuevo proyecto de Estado Federal.
Dios con nosotros, Carlos Casanova Leal.













