Opinión
Socracia versus Democracia
domingo 27 septiembre, 2026
Luis Fernando Ibarra
En la Atenas de hace quinientos años antes de Cristo, el filósofo Sócrates observaba el sistema de gobierno ateniense con notoria incredulidad. En sus oratorias públicas criticaba el gobierno del pueblo resaltando la plasticidad de la naturaleza humana para ceder al engaño. Aunque Sócrates apreciaba la libertad, en su diagnóstico sobre el comportamiento humano cuestionaba la carencia de razón de las mayorías y su apego a dejarse llevar por la elocuencia de quienes persiguen el poder. Para el pensador, la democracia era concebida como un bien incondicional, un dogma casi sagrado. Sin embargo, criticaba el gobierno del pueblo aduciendo que la razón exige conocimiento, mientras que la mayoría acostumbra a aliarse al facilismo.
Para explicar el peligro inherente a la democracia sin contrapesos racionales, Sócrates recurría a una analogía magistral relatada por Platón en su obra “La República”. Se trata de la metáfora del barco: “Si fueras a emprender un viaje en alta mar, ¿a quién preferirías que tomara el mando del navío? ¿A cualquier pasajero elegido por votación popular, o a un capitán experimentado que conoce la navegación, los vientos y las estrellas?”
La respuesta debería resultar obvia. Navegar requiere un oficio, un saber técnico. Sócrates argumentaba que gobernar un Estado es una tarea infinitamente más compleja que pilotar una embarcación. Permitir que votantes desinformados decidan el destino colectivo es tan irresponsable como confiar el timón de un barco a la tripulación más ruidosa, en lugar de a quien realmente sabe navegar. Para Sócrates, votar no es un derecho insignificante. Es un privilegio racional que exige espíritu crítico y compromiso ético.
Para ilustrar esa desgastada creencia de que los pueblos no se equivocan, el filósofo previó la figura del demagogo. Planteó un dilema electoral entre dos candidatos hipotéticos: un médico y un pastelero. En la contienda votante, el médico promete medicina amarga, dietas estrictas, dolorosas intervenciones y esfuerzos necesarios para más adelante disfrutar de salud a largo plazo. El pastelero ofrece dulces a voluntad, banquetes inmediatos, además de gratificaciones sin sacrificio. En una asamblea regida por el deseo y la emotividad, el pastelero siempre ganará. El médico será acusado de infligir sufrimiento, mientras el embaucador aplaudido ofrecerá un veneno endulzado.
El sistema democrático bajo dominio del pastelero oferta goce inmediato. El político riguroso que advierte sobre sacrificios necesarios, disciplina fiscal o reformas estructurales será visto como el “médico cruel“; mientras que el demagogo que promete gasto desmedido y soluciones mágicas asume el rol del “pastelero”.
Sócrates explica por qué en un gobierno conveniente a todos, el conocimiento técnico debe primar sobre la popularidad. En sus libros, analiza la degeneración de los sistemas políticos y describe cómo la democracia, al priorizar la libertad sin disciplina, termina abriendo paso a la tiranía. Es claro que la democracia sin educación crítica premia la capacidad del orador para halagar los instintos de la multitud y ofrecer soluciones mágicas a problemas complejos. La demagogia no valora la verdad ni la sostenibilidad de las políticas. Solo se esmera en estafar las ilusiones del embaucado elector.
Sócrates pensaba que la democracia era peligrosa porque destruía el pensamiento crítico. En democracia se considera a todos los votantes iguales, se concede a todas las opiniones igual valía. Es decir, el voto de un elector desinformado pesa igual que el de un ilustrado. Una falencia de origen porque las masas tienden a votar por aquello que les promete beneficiar, no por lo que sea correcto. En sus discursos, los políticos timadores apelan al ego, al miedo o a la comodidad porque saben que las multitudes apoyarán lo que su habilidad les haga creer.
Podría pensarse que el peligro socrático es exclusivo de las masas populares sin acceso a la educación formal, pero la experiencia demuestra lo contrario. En ambientes donde se espera abunden individuos con mayor capacidad intelectual, como en los claustros universitarios, la dinámica de la popularidad imponiéndose sobre la razón se manifiesta con especial fidelidad. En elecciones académicas donde el padrón electoral está compuesto por votantes con maestrías y doctorados, se observa con frecuencia cómo el electorado desecha a docentes e investigadores de impecable trayectoria institucional y rigor científico, para inclinarse por el demagogo de turno. Este último, armado con discursos clientelares, promesas de prebendas internas y una retórica polarizante, logra manipular a una élite intelectual que, al momento de votar, actúa motivada por rencillas internas o ventajas por promesas de beneficio personal, demostrando que la alta formación académica no inmuniza contra la seducción populista ni garantiza el juicio socrático.
El colapso institucional y socioeconómico de Venezuela en el siglo XXI se erige como una demostración trágica de las advertencias de Sócrates. Un país con vastos recursos y una democracia formalmente establecida abrió las puertas a un orador magnético que explotó resentimientos legítimos, ofreció la inmediatez del “pastelero” populista y prometió atajos hacia la prosperidad. La mayoría, deslumbrada por la retórica y las dádivas de corto plazo, entregó el timón del Estado a un proyecto demagógico que desmanteló progresivamente las instituciones, destruyó la economía nacional y sumió a la población en la tragedia humanitaria más severa de la historia humana. El caso Venezuela demostró que cuando la masa prefiere la fantasía manipuladora sobre la severidad de la razón económica, el resultado inevitable es el barranco. El desastre venezolano es una fuente infinita de estudio para miles de científicos sociales, quienes tienen a disposición un espacio único para formular teorías inéditas sobre el desempeño y gestión gubernamental desastrosa. Una tragedia sin parangón en la historia de las naciones, porque el inmenso descalabro de un país tan rico en recursos naturales y tan débil en su accionar colectivo, demuestra la profecía socrática hecha realidad.
Sócrates pagó con su vida el atreverse a señalar los fallos del sistema. Fue condenado a muerte por un tribunal democrático ateniense que votó guiado por la desinformación y el prejuicio. Un ejemplo fundamental de cómo una asamblea democrática puede ser manipulada para tomar decisiones injustas. Su legado es un urgente llamado a entender que la libertad solo perdura cuando está cimentada en la educación, la búsqueda de la verdad, el pensamiento crítico y los valores morales. Sin estos pilares, la democracia se degrada en oclocracia. Es decir, el gobierno de una vengadora muchedumbre que abre de par en par las puertas a su propio verdugo.
*Ingeniero de Sistemas. Profesor Universidad Nacional Experimental del Táchira. Master of Science in Industrial Engineering. Doctor of Management in Organizational Leadership.
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