Opinión
Un coloso con órganos
lunes 19 enero, 2026
Antonio Sánchez Alarcón
No hay nada más moderno que el rechazo al imperio. La palabra huele a opresión, a cruzadas, a saqueo. Se invoca con desdén, como si el tiempo la hubiese superado. Pero esa imagen —romántica y mutilada— no resiste una mirada fría. Porque los imperios, más que monstruos del pasado, siguen siendo la forma superior de los Estados que no se resignan a ser satélites.
El imperio no es un accidente. Tampoco es solo una expansión militar. Es una estructura política, económica, cultural y militar que logra articular distintos territorios, pueblos e instituciones bajo un centro que impone orden y, sobre todo, proyecto. No por capricho, sino por capacidad. No por bondad, sino por fuerza. Porque la historia no se mueve al ritmo de los derechos, sino del poder.
A diferencia del Estado-nación, que finge ser autosuficiente, el imperio asume la complejidad de lo real. No intenta la homogeneidad. Administra diferencias. Integra lo diverso bajo un mando que no necesita pedir permiso. Su unidad no es la igualdad, sino la eficacia. No busca consenso, sino orden. Y en ese orden puede caber tanto el mestizaje como el vasallaje.
¿Ejemplos? Roma, desde luego. Pero también el islam de los califatos, el imperio español, el británico, y los tres que aún disputan el tablero actual: Estados Unidos, Rusia y China. Lo demás —el resto de los Estados— oscila entre la imitación, la dependencia o el resentimiento.
La filosofía que se toma en serio la política no condena automáticamente al imperio: Lo piensa como una forma histórica necesaria de organización del poder en ciertos momentos de desarrollo material y técnico. No hay imperio sin fuerza. Pero tampoco sin un aparato que mantenga la expansión: lengua, comercio, derecho, ideología, armas. No todo imperio es invasión. Algunos lo son por seducción, otros por asfixia, otros por la simple inercia de la superioridad.
Pero también hay imperios fallidos: Aquellos que intentan dominar sin estructura, o que creen que la hegemonía basta sin administración. El delirio imperial sin músculo se convierte en caricatura. Y el músculo sin proyecto degenera en violencia estéril. Por eso, un imperio real necesita órganos: Diplomacia, espionaje, industria, narrativa, burocracia, ciencia, arte. Y tiempo. Mucho tiempo.
Criticar al imperio como si fuera un error es una ingenuidad. Lo que debería criticarse es qué tipo de imperio se impone, con qué medios y con qué fines. Porque entre un imperio que impone bases militares y otro que exporta deuda o chips, la diferencia no es moral, sino estratégica.
En un mundo de más de 190 Estados, la mayoría de ellos débiles, fragmentados o colonizados informalmente, solo el imperio permite un grado de soberanía que excede lo local. Es decir: si existe algo parecido a independencia real, hoy, está en manos imperiales. Lo demás es coreografía diplomática.
A veces, los colosos no tienen pies de barro. Tienen órganos. Funcionan. Y el resto del mundo gira en torno a su metabolismo, aunque no lo admita.










